“No nos pertenecemos” ¡Somos de Dios!

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Pbro. José Luis Aberasturi InfoCatólica 3 de julio de 2019

La cita, de san Pablo es más rica, por más extensa, de lo que he puesto en el título. Y -lo digo de intento, pues sirve exactamente para rezar– reza así: ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no os pertenecéis? Porque habéis sido comprados a gran precio? (I Cor 6, 19-20).

Antes de seguir adelante, una aclaración: escribo desde la Palabra de Dios y, en primer lugar, para los católicos de cualquier pelaje; pero más en particular para los que, reconociéndose como tales, quieren sacar adelante, seriamente y con fidelidad, su carácter y su vocación de hijos de Dios en su Iglesia; para los que, aunque estén bautizados desconocen ya lo que eso significa realmente; e incluso para aquellos que teniendo una práctica religiosa más que aceptable, no llegan al “compromiso vital” que eso supone, de tal manera que su vida de piedad va por un lado, y su vida real va por otro… y coinciden solo malamente, o por casualidad, o en algunas cosillas. Como diría aquel: “son muy liberales”, por poner un poner.

Volvemos a san Pablo. Está exponiendo clarísimamente la primera verdad que, en el orden práctico, es decir, en el orden moral, se le plantea a todo hombre, sea católico o no: el amor a Dios y, en el extremo opuesto, el pecado. Dos realidades -el misterium amoris de Dios Padre a nosotros, y el misterium iniquitatis, o sea, la respuesta malvada del hombre a Dios: el pecado-; las dos están ahí de modo patente e innegable, ciertamente; pero que, como lo dice el mismo Jesús, son de suyo absolutamente incompatibles: No podéis servir a dos señores.

Y aquí viene el tema que quería abordar, y que ya apunté en mi anterior post… pero dándole una nueva vuelta de tuerca: porque no podemos cohonestar con la ofensa a Dios ni con las estructuras de pecado: que las hay y fortísimas; más fuertes cuanto más débil se hace la misma Iglesia, empezando por su Jerarquía, evidentemente, y también más fuertes cuanto más se descristianizan las conciencias y la misma sociedad, con todo lo que la compone. No podemos admitir nada de eso -nada que diga razón de pecado- en nuestra vida personal, ni en nuestra vida social o en la misma vida eclesial.

Y esto viene de lejos, de muy lejos si abrimos la Biblia, pues, ya desde sus primerísimas líneas, se aborda frontalmente la problemática: Pondré enemistad entre tí y la mujer, entre tu descendencia y la suya, y ésta te aplastará la cabeza 

Así habla Dios a la serpiente en presencia de Adán y Eva. Por tanto, así habla también Dios, y con las mismas palabras, a ellos y a su descendencia. Es decir: aquí se nos cita sin posibilidad moral de pretender no haber oído nada, o sin el escapismo de pretender meter la cabeza en un agujero, en plan avestruz: el Señor Dios se dirige a todos nosotros y, por tanto, a esto se nos convoca. Pondré enemistad… Es decir, y para que nos enteremos bien: estamos llamados vocacionalmente por Dios mismo a combatir, en una lucha sobrenatural -a lo divino-, y con las armas que el mismo Jesús nos ha dejado: su Palabra y su Gracia, contra las asechanzas del demonio -sus pompas y sus obras, como se pronuncian los católicos en la Iglesia. Lo entendamos o no, lo queramos o no. Pero es Palabra de Dios: yo no me invento nada; por tanto, si alguien quiere discutir, que lo haga con Él, que “yo me llamo andana”.

Pero todo esto, como cualquiera puede también entender, nos compromete y mucho. Ciertamente. No solo nos compromete: es que nos pide que seamos unos héroes, sin miedo -o con él, pero enfrentándolo y venciéndolo- a que nuestra vida como hijos de Dios y de su Iglesia, a veces, haya de ser realmente heroica, nos juguemos lo que nos juguemos, incluso la misma vida. Cierto también al cien por cien.

Exactamente esta ha sido la verdadera vida -la única y verdadera Historia- de la Iglesia Católica, desde sus inicios hasta hoy mismo.

Y esto no es nada extraordinario. La misma vida, a veces, nos pone en condiciones de ser auténticos héroes… en favor, por ejemplo de nuestros semejantes. Ahí están los ejemplos de tantas personas que han dado su vida por salvar las de otros: desde un policía en la playa de La Coruña, que se ahogó tratando de salvar a una persona en apuros; o los bomberos de Nueva York que, sabiendo que las Torres estaban condenadas y podían caer sobre ellos, entraron en ellas a salvar a todos los que pudieran: y perecieron.

Ni todos los policías estuvieron en esa tesitura, ni todos los bomberos en la otra. Pero a los que sí estuvieron o tuvieron que obedecer una orden, sí. Y lo asumieron.

En la vida católica, en nuestra condición de hijos de Dios, imitadores de Cristo y obedientes a su Espíritu Santo, sí se nos pide. A todos se nos pide, de parte de Dios mismo, esta disposición. Luego, las circunstancias de la vida hará que tenga que ejercitarse o no: pero hemos de estar dispuestos a ser los “héroes de Dios”. Normalmente, en el ámbito de lo cotidiano: y ahí ser heroicamente fieles. Y otras veces en situaciones que, de suyo nos sobrepasan: son absolutamente extraordinarias; pero para las que tenemos toda la gracia de Dios, toda la fortaleza del mismo Cristo y toda la audacia del Espíritu Santo para ser mártires, si  falta hiciere. Desde la entrega total de los Apóstoles hasta el martirio de los católicos en Siria, en Irak o en la India, pasando por san Agustín, santo Tomás Moro, los cristeros o los miles ya de mártires beatificados de la guerra civil española.

Lo contrario, no es católico ni de católicos. Como la cobardía no es de hombres: hay hombres cobardes, pero esa no es la condición del hombre; como hay hombres corruptos y corruptores, pero esa no es la condición del hombre; como los hay apóstatas y herejes, pero esa no es la condición del católico; como los hay que somos pecadores: pero no estamos hechos para el pecado sino para la santidad: este es el hombre nuevo, redimido por Cristo y santificado por el Espíritu Santo.

Por tanto, la “ligereza” o la frivolidad a la hora de enfocar las cosas como católicos, no es católica. El enfoque católico de las cosas y de las situaciones, es decir, de las resoluciones que hemos de tomar ante ellas para enfrentarlas como hijos de Dios, llamados a ser santos y a manifestarnos como tales, es tan seria…, que nos jugamos la vida eterna. Porque al Cielo van los santos. Y nadie más.

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