Las cosas por su nombre

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“Tenemos la responsabilidad de defender un gobierno democráticamente electo que algunos, una minoría, quieren derrocar por la fuerza. Esto es inaceptable”. Así explicó el canciller chileno, Heraldo Muñoz, el sentido de la

misión de la Unasur que consiguió el martes instalar una mesa de diálogo entre el Ejecutivo liderado por el Presidente venezolano Nicolás Maduro y la oposición agrupada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD).

Hay que celebrar el logro de los cancilleres de la Unasur, al propiciar un diálogo directoComo ha dicho Muñoz, este es un paso que “puede constituirse en un hecho histórico”. Sin embargo, para que lo sea, hay que llamar las cosas por su nombre. Y ahí Muñoz y la Unasur se equivocan cuando actúan como si el gobierno venezolano fuera democrático.

 

Es difícil saber si Maduro fue “democráticamente electo”, pues nunca se hizo el reconteo de sufragios que pidió la oposición luego de impugnar el “triunfo” electoral del mandatario el año pasado (ganó por el 1,5% de los votos; la disidencia acusó fraude) ni se atendió el llamado de Unasur para realizarlo. Tampoco es tan claro eso de que exista una “minoría” que busque derrocar a Maduro por la fuerza. En lo que se refiere al uso de la fuerza bruta, la estadística hasta ahora es desfavorable para la oposición: la mayoría de los 39 muertos en las manifestaciones públicas que se registran desde febrero corresponde a opositores que han caído víctimas de balas aparentemente disparadas por grupos paramilitares cuya existencia es amparada desde el oficialismo. No es de extrañar que la MUD haya puesto como condición para el diálogo la desarticulación de esos “colectivos”.

 

Donde nadie debería tener dudas es sobre el hecho de que en Venezuela no hay una democracia, sino un régimen que carece de los pesos y contrapesos de un sistema constitucional, al extremo que el caso venezolano es usado por expertos y académicos como ejemplo de una “democracia iliberal” (el analista Fareed Zakaria), un “régimen semiautoritario” (la investigadora Marina Ottaway), o un modelo de “autoritarismo competitivo” (Steven Levistsky y Lucan Way, de Harvard).

 

En Venezuela, el poder se concentra en manos del gobierno, lo cual da pie a una larga lista de arbitrariedades: la permanencia en sus cargos más allá de la duración de sus mandatos de miembros del Tribunal Supremo, el Consejo Nacional Electoral y el contralor general (todos afines al oficialismo); la existencia impune de grupos paramilitares y parapoliciales integrados por partidarios del gobierno; el acoso a los medios de comunicación independientes; la persecución y el encarcelamiento de líderes opositores; la corrupción desatada en el aparato estatal, etc.

No es esperable que un gobierno que ha construido su plataforma de acción sobre la base del abuso haga ahora concesiones graciosas sólo porque se ha abierto un proceso de negociación. Como dice el ministro Muñoz, corresponde que los venezolanos resuelvan sus diferencias en el marco del diálogo. Sin embargo, también ayudaría que personeros extranjeros como nuestro canciller eviten entregar respaldo a un gobierno arbitrario y presionen de verdad para que Venezuela vuelva a la democracia. Para ello, un buen comienzo sería llamar las cosas por su nombre.

Juan Ignacio Brito Periodista

http://diario.latercera.com/2014/04/10/01/contenido/opinion/11-161851-9-las-cosas-por-su-nombre.shtml

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