La santificación de Chávez

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“Es correcto respetar las manifestaciones de dolor de los seguidores de Chávez. Perfectamente cabe un minuto de silencio por su muerte y también las críticas que merece su gestión…”
Columnistas Sábado 09 de marzo de 2013 Hernán Felipe Errázuriz

Todos los muertos son santos -decía Thomas Carlyle-, sus maldades se atribuyen al entorno. Así sucede hasta con Hugo Chávez. Incluso en Chile le han brindado homenajes desproporcionados y pocos se han atrevido a criticarlo. Se impuso por decreto tres días de duelo nacional. Mismo plazo fijado con ocasión de la trágica muerte del presidente Kennedy e igual trato que al fallecimiento de Juan Pablo II, que medió para evitar una guerra fratricida con Argentina. Chávez, en cambio, intentó inmiscuirse y dividir la política interna chilena y repetidamente insultó y les faltó el respeto a dirigentes políticos e instituciones nacionales y a más de un presidente de la república. Igualmente por tres días la bandera chilena ha flameado a media asta y se han suspendido celebraciones oficiales. Se puede cumplir con los protocolos sin caer en excesos: un día de duelo habría sido más que suficiente.

Es correcto respetar las manifestaciones de dolor de los seguidores de Chávez. Perfectamente cabe un minuto de silencio por su muerte y también las críticas que merece su gestión. Hay cinismo en los homenajes a Chávez con la negación de sus abusos de poder y con la omisión de las pésimas condiciones en que queda Venezuela después de 14 años en la presidencia. Homenajearlo y silenciar esas realidades es agraviar a los millones de venezolanos que sufren de los ultrajes del régimen chavista.

Dilapidó trillones de dólares petroleros situando a Venezuela en una crisis económica, con un significativo déficit fiscal, alta inflación y desabastecimiento. Privó a su pueblo de miles de millones de dólares que destinó a comprar la solidaridad internacional y a satisfacer su egolatría. El control férreo de la justicia y de las fuerzas armadas y policías lo utilizó para perpetuarse en el poder en vez de mantener la seguridad interna: la tasa de asesinatos de Caracas es superior a la de Bagdad. Instrumentalizó la constitución bolivariana para controlar todos los poderes del Estado. En el campo internacional fue un reconocido antisemita; dio refugio a terroristas de ETA y de las FARC y hasta último momento se asoció con Gadafi, Assad, Saddam Hussein y con los regímenes extremistas de Irán y de Corea del Norte. En Latinoamérica, causó fuertes divisiones que han obstaculizado la integración regional. Con su inmenso poder fue incapaz de dejar el legado de los grandes hombres de estado: instituciones sólidas que trasciendan, para un mundo mejor.

Los partidarios de Chávez tienen tanto derecho a rendirle homenajes como tenemos sus detractores para criticar el aberrante culto a su personalidad, al que se concurre callando los daños y perjuicios que causó y su lamentable legado.

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