La «luna de miel» entre China y la Santa Sede ya está en crisis.

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Luca Della Torre       Correspondencia Romana      16 12 2020

La «luna de miel» ficticia e ilusoria entre los gobiernos y las diplomacias de la República Popular China y la Santa Sede duró un abrir y cerrar de ojos: como hojas otoñales en los árboles. La cordial Entente tan deseada por el Papa Bergoglio con el régimen comunista chino –primero en el triste ranking mundial de las violaciones de los derechos humanos, según los informes de la misma ONU– la política de encantadores intercambios de cortesía entre el gobierno del dictador Xi Jinping y la Santa Sede mostró grietas peligrosas de inmediato, revelando el verdadero rostro del tiránico régimen comunista que domina China.

La política de acercamiento a China tan deseada por el Papa Francisco, de la que muchas veces nos hemos ocupado en los últimos meses en las columnas de Correspondencia Romana, culminó en el acuerdo secreto renovado el mes pasado por otros dos años -las Cancillerías internacionales continúan preguntándose con candidez por qué no debe ser de dominio público una negociación diplomática entre el gobierno de Beijing y la Santa Sede respecto a la cooperación pacífica y el desarrollo de las negociaciones sobre la libertad religiosa de los ciudadanos.

Los temas más destacados consisten de facto en el reconocimiento de poderes legislativos y administrativos a la autoridad política china para el nombramiento de los Obispos de la Iglesia Católica «clandestina» que permaneció fiel al sucesor de Pedro en Roma, para la supervisión de la actividad de la Iglesia Católica, para la limitación de todo actividad referida al culto, la predicación, la educación, el proselitismo en los espacios públicos a cambio del “ventilado” reconocimiento de la Santa Sede y de la autoridad del Pontífice como cabeza suprema de la Iglesia Católica en el mundo y por tanto también en China.

Un resultado muy miserable en términos del realismo de la política exterior y de las relaciones internacionales que la diplomacia vaticana ha obtenido, estigmatizado y expresamente criticado por voces autorizadas de analistas, chinólogos, religiosos del mundo católico.

De hecho, un sometimiento de la soberanía pontificia al poder político del Estado liberticida chino; un resultado aún más ruinoso si consideramos que el objetivo diplomático de la Santa Sede en las relaciones internacionales con otros Estados es muy claro, es decir, «la libertad de la Iglesia por un lado y la libertad de religión por otro para la salvación de las almas«, como ha reiterado recientemente el profesor Vincenzo Buonomo, rector de la Pontificia Universidad Lateranense y catedrático de derecho internacional, con motivo del discurso del Pontífice argentino ante el Cuerpo Diplomático.

Más allá de los panegíricos de fachada, de los vergonzosos elogios con los que la prensa oficial católica acogió la ratificación del tratado -el diario Avvenire, órgano de la Conferencia Episcopal Italiana en primer lugar- toda la diplomacia internacional, las Cancillerías de los principales global players del mundo, han mostrado muy poca confianza en los efectos de un supuesto proceso de apertura al diálogo, a la democratización y al respeto de la plataforma jurídica internacional de los derechos humanos por parte del régimen comunista: la Canciller alemana Merkel, en los días de la ratificación del acuerdo entre el Vaticano y la República Popular China, con motivo de la cumbre de la Unión Europea sobre el estado de las relaciones con el gobierno del Dragón, públicamente hizo hincapié en que sobre el futuro político de China no hay que hacerse ilusiones.

En un marco tan sombrío para la libertad de creencias religiosas y, más ampliamente, para la libertad de pensamiento y expresión en China, era demasiado fácil prever que la ingenua como burda expectativa de la Santa Sede sobre un arrepentimiento, sobre una conversión a los principios de la Rule of Law, del estado de derecho por parte de Pequín sería desmentida. Y así sucedió: en la primera oportunidad útil, la autoridad política comunista china dejó caer una baldosa muy pesada sobre la cabeza del Pontífice.

La ocasión útil fue dada por las recientes palabras que el Papa Francisco dedicó a una de las muchas «periferias económico-existenciales» objeto de su pastoral: el pueblo de los uigures, una minoría de fe islámica que reside en Xinjiang, una región del norte al oeste de la República Popular China, durante mucho tiempo objeto de violentas persecuciones, torturas, privaciones, asesinatos en campos de concentración chinos, el tristemente famoso Laogai, debido al desenfreno del proceso de chinización, que es la asimilación lingüística, cultural y el despojo de misma fe religiosa.

Durante años, las principales organizaciones de protección de los derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, los líderes institucionales de la UE, los informes del Comité de Derechos Humanos de la ONU, los mass media denunciaron las persecuciones en curso en China contra la minoría musulmana de Uigures.

En el campo científico internacional, juristas y politólogos no han excluido la posibilidad de tipificar un caso de genocidio, crimen penal internacional, la Gross Violation más grave y repugnante que es sancionada por el derecho penal internacional. Pues bien, hace unos días el Pontífice Bergoglio utilizó explícitamente el término perseguidos para definir la condición de los fieles islámicos que viven en el noroeste de China.

Las palabras del Papa, en realidad, anticipan el contenido del libro escrito en colaboración con el periodista Austen Ivereigh, Ritorniamo a sognare (Volvamos a soñar), que saldrá en Italia el 1° de diciembre. El Papa, en un capítulo dedicado a las persecuciones de los pueblos islámicos, escribe textualmente: «A menudo pienso en los pueblos perseguidos: los rohingya, los pobres uigures y los yazidíes«.

La reacción oficial del régimen comunista de Pequín, naturalmente, no se hizo esperar: arrogante, en la misma línea tradicional de la política exterior de todos los regímenes marxistas, que se mantiene firme en la prohibición taxativa de injerencia en los asuntos internos de la República Popular China por parte de la Comunidad internacional. Y de hecho, las declaraciones del Papa Francisco, que definió como «perseguidos» a los musulmanes uigures en China «, están «completamente privadas de fundamento«. Es lo que declaró el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Zhao Lijian, el 24 de noviembre durante su cotidiana conferencia de prensa en Beijing.

Las palabras del Papa son inaceptables para Pequín, que rechaza las críticas internacionales sobre el tema como falsedad e injerencia. Una bofetada brutal a todo ese complejo, variado (y vacío) frente doctrinario liberal, progresista, políticamente correcto, en el campo de las ciencias políticas, de las relaciones internacionales, del derecho internacional, que aún no se ha dado cuenta del fracaso de la utopía de la democracia «globalitaria».

Pero sobre todo una bofetada brutal a la política exterior confusa y voluble de un Pontífice que hizo de la defensa y promoción de las «periferias existenciales humanas» económicas, geográficas y políticas su bandera de batalla, sin haber sido nunca capaz de incidir fácticamente en la condena y supresión de las doctrinas y prácticas políticas deletéreas que atentan contra la salus animarum de esas «periferias existenciales» que le son precisamente queridas.

¿Por qué el Pontífice dio su placet a una no ponderada geopolítica de apertura a un régimen que, por su naturaleza congénita, es intrínsecamente irredimible, no enmendable en cuanto totalitario, liberticida y ateo como el chino? ¿Por qué el Papa Francisco, un firme partidario del diálogo interreligioso, nunca quiso reunirse con el Dalai Lama para apoyar su causa del derecho a la libertad religiosa budista tibetana, desde hace décadas bajo el talón de la tiranía comunista china?

¿Por qué el Papa Francisco nunca ha prestado atención explícita a las graves violaciones de los derechos civiles y políticos, de la libertad de los ciudadanos de Hong Kong, donde el régimen comunista chino está imponiendo una cortina de hierro a sus súbditos? ¿Por qué el Papa no considera a Occidente como lo que realmente es, una «periferia existencial» religiosa y ética, y no centra la atención y la acción en el devastador proceso de descristianización y secularización que proviene precisamente de esas corrientes de pensamiento político y filosófico que hacen de la eliminación de la fe y de la libertad religiosa su objetivo estratégico?

¿Cuántas son las minorías cristianas y cuántos los seres humanos de fe cristiana que cotidianamente sufren la violencia de la persecución, de la tortura, de la muerte, a los cuales la diplomacia vaticana debería dedicar la mayor atención en defensa y promoción de la libertad religiosa?

Pensar que el diálogo de la Santa Sede pueda llevar la democracia a China es una pía ilusión: la lógica del realismo, de las relaciones internacionales y de la filosofía de la historia cristiana en este caso convergen paradójicamente: del mismo modo como convergen razonablemente las dudas sobre la no ponderada geopolítica del Vaticano en la época del Papa Bergoglio. Contradicciones, falta de estrategia, balbuceantes iniciativas en el campo de los grandes temas de la política internacional. Esto emerge de una lectura sine ira ac studio de las precarias acciones de los hombres de Iglesia en el campo de las relaciones internacionales.

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