La “diplomacia de las mascarillas” de China: dos objetivos ocultos y la capacidad de quedar a un click de controlarlo todo.

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El régimen liderado por Xi Jinping busca reforzar su estrategia en países cuyas economías quedarán destruidas tras el paso del Sars-CoV-2.

Laureano Pérez Izquierdo

Infobae                                                                                    26 de abril de 2020

Xi Jinping durante un acto en Beijing posa con una mascarilla para protegerse del coronavirus

China experimenta una nueva forma de acercamiento con el resto de los países. Sobre todo con aquellos que no tienen recursos para enfrentar la pandemia por coronavirus. Lanzó la “diplomacia de la mascarilla o del barbijo”. Es simple, económica y eficiente para sus planes. Por un lado, le permite limpiar su imagen luego de haber ocultado el alcance del brote de la neumonía atípica que se desarrollaba en Wuhan mucho antes de lo que informó a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por otro, comprometer a la nación beneficiada para futuros planes.

Esa política exterior podría permitirle a Beijing en un futuro quedarse con explotaciones clave en diferentes puntos del planeta, sobre todo en aquellos donde la transparencia es un bien escaso administrado por unos pocos. América Latina y África encabezan la lista de debilidades.

Europa, más robusta y con instituciones plenas, ya advirtió sobre las intenciones ocultas de Xi Jinping de explorar en áreas de extrema sensibilidad. Fue la vicepresidente de la Comisión Europea, Margrethe Vestager, quien cree que los países del continente deberán invertir en sus empresas para evitar el desembarco chino. “Las personas son más que bienvenidas a hacer negocios, pero no a hacerlo con medios competitivos injustos”, dijo la danesa hace unos días. Hablaba de China.

Hasta hace poco, el continente veía al gigante oriental como un país por el cual no preocuparse y con el que podrían hacerse acuerdos de todo tipo. Tentada por su monumental mercado, la invitó a invertir. En lugar de ello, los empresarios estatales chinos llegaron y comenzaron a adquirir empresas y a copiar sus negocios. Los holandeses, los griegos y los belgas saben de qué se trata la particular movida. “Lo civil y lo militar siempre está conectado por completo”, explica preocupado un empresario que ve cómo la ola inversionista china se expandirá en los próximos meses. Es que, dice, todo desembarco corporativo en un país trae consigo una planificación que va mucho más allá del mero lucro.

Hasta hace pocos meses, antes de la pandemia que ya se cobró la vida de 200 mil personas en todo el planeta, la entrada a los estados pobres era mediante créditos directos. Esos voluminosos préstamos fueron siempre negociados entre Beijing y el país ahogado financieramente. Las tasas suelen ser altísimas, pero el dinero fresco permite salir de algún apuro de caja. También habrá algo que pocos leerán: la letra chica.

En caso de incumplimiento o default, esas cláusulas ocultas -lo sabe bien Venezuela- le facilitará a China adueñarse de sectores estratégicos. En tierra caribeña fueron pozos petroleros. Pero, cada país tiene algo tentador para ofrecer: puertos, gasíferas, centrales nucleares, hidroeléctricas, hidrovías, ferrocarriles, crudo, minería.

El régimen sabe que en los países desarrollados con democracias sólidas le será difícil desembarcar nuevamente hasta que no modifique varios de sus genes. La confianza que supo ganarse en los últimos 20 años fue dilapidada en pocos meses al conocerse cómo mintió al resto del mundo en algo tan básico como la salud.

Cuatro años atrás, en Bélgica, la Corporación Estatal de Red Eléctrica de China quiso quedarse con una compañía del mismo rubro, llamada Eandis. La operación estuvo a punto de concretarse. Sin embargo, una carta misteriosa llegó a las oficinas de varios ministros belgas. En ella advertían sobre las consecuencias de una transacción exitosa. Alertaban al gobierno de Bruselas acerca del peligro de quedar sin suministro ante una disputa bilateral con Jinping en un futuro. La nación quedaría a tan sólo un click de permanecer a oscuras. Ese click podía hacerse desde un ordenador en Beijing. La misiva, se supo luego, había sido redactada por el Servicio de Inteligencia Belga. La venta nunca se concretó.

“China irrumpe en todos lados de manera agresiva. Las empresas que compran en otros países tienen comisarios que supervisan cada paso que dan los trabajadores locales. Los tienen al lado todo el tiempo, observando y anotando todos los procesos. Luego copian las tareas y las llevan a su país”, relató a Infobae un importante hombre de negocios europeo cuya firma quiso ser comprada en varias oportunidades a precios dos veces superiores al de mercado. Prefiere el anonimato: tiene intereses en otras partes del mundo donde los gobiernos son más permeables a los llamados desde Beijing.

Pero no sólo a los inversionistas complican. Dependiendo de la robustez institucional del país, los sindicatos cumplen más o menos con sus obligaciones. Los ejecutivos chinos se exasperan cuando son llamados a respetar las normas básicas de seguridad para los trabajadores. Se sienten más cómodos con la precarización laboral que sería la envidia de cualquier “capitalista salvaje”.

Tampoco respetan estándares medioambientales. En Brasil, por ejemplo, las operaciones en Puerto de Açu, a 300 kilómetros al norte de Rio de Janeiro, fueron calamitosas en el sector del dragado. Allí trabajaban bajo la supervisión de Anglo American que decidió echarlos tras la deficiencia en el servicio. Pero la decisión debió ser revisada. Se cree que Dilma Rousseff, quien era entonces presidenta, recibió un llamado desde la embajada china en Brasilia. No está claro qué fue lo que le dijeron, pero funcionó. La representante del Partido de los Trabajadores no reparó en el daño y presionó a la compañía inglesa para que recontrate a sus huéspedes pese al default ecológico provocado en la costa. Temía que China no le compre más acero ni alimento.

“Todas las obras y las inversiones que promueven tienen un objetivo geopolítico”, aclara un empresario holandés preocupado por lo que pueda suceder a partir de la crisis que causó el COVID-19 y la vulnerabilidad de los países con economías raquíticas. También insiste con la idea de quedar a merced de la presión del régimen: en la actualidad, todas las operaciones pueden definirse desde una oficina en Beijing, desde la desconexión eléctrica, pasando por la interrupción del suministro de agua, por el cierre de un puerto, un black out informático o el apagado de algo tan sencillo y clave como el balizamiento digital de un río. En cada una de estas áreas podrían fijar tarifas a su antojo, ya que cada actividad está vinculada con otro sector de vital importancia para el país anfitrión. La queja de una administración tendría como respuesta un nuevo llamado. Y a volver a empezar.

En países de América Latina, la “diplomacia de la mascarilla” o barbijo ya comenzó. Presentan generosos envíos de insumos -defectuosos en muchos casos- para poder después desembarcar con otras intenciones. En algunos intercambios ya se deslizó la posibilidad de tener facilidades en licitaciones futuras. ¿Una condición a cambio de la ayuda sanitaria? Habrá que esperar a que sucedan esas adjudicaciones para recordar esta “política de la generosidad”, como la definió Josep Borrell, jefe del Servicio Europeo de Acción Exterior.

Pero además de esos elementos para combatir al coronavirus, el régimen tiene a tiro otros planes mucho más tentadores. En la región latina, China extiende sus brazos desde hace algo más de una década. Siempre con la misma táctica: préstamos blandos y dinero fresco. Y lo hace con una única estrategia en mente que es la de intentar apropiarse de los tentadores e infinitos recursos naturales. Venezuela, Bolivia, Perú, Ecuador y Argentina, por ejemplo, fueron algunos de los países donde hicieron pie a fuerza de yuanes convertibles. Desde 2005 alrededor de 141 mil millones de dólares descendieron como maná. Las hipotecas eran transferidas desde el Banco de Desarrollo Chino y el Banco de Exportaciones e Importaciones de China. El visto bueno era dado por el Partido Comunista Chino (PCC).

La dictadura conducida por Nicolás Maduro, por ejemplo, es un gran socio y deudor. De acuerdo con la Base de Datos Financiera de China y América Latina, los créditos que desembarcaron en Caracas en los últimos diez años alcanzaron unos 62 mil millones de dólares. Hasta el momento, aún tiene que pagar más de un tercio de esa suma. Lo hace con barriles de petróleo a precio de usura para el golpeado pueblo venezolano. Los préstamos no son controlados por ningún organismo ni regidos por el derecho internacional. Quien lo suscribe queda en manos de la voluntad del PCC. Y por lo general son muy difíciles de cumplir.

Desde hace semanas, se coordinó un puente aéreo entre la capital caribeña y Beijing. Los insumos y la “diplomacia de la mascarilla” parecen aterrizar allí también. Máscaras y kits de COVID-19 por petróleo y oro, un negocio impar. La ecuación se repite en la mayoría de las naciones que acuerdan en la desesperación.

En ese contexto, China quedaría en excelente posición para quedarse con el tendido de la red 5G en regiones que se muestran ansiosas con su ayuda. Huawei, que depende de su diplomacia más que nunca tras un primer cuatrimestre con malos resultados, será alfil en América Latina y África. Europa y Oceanía ya encendieron las alarmas sobre su participación en la nueva tecnología. Sus instituciones son más transparentes. Su respeto por los derechos humanos, también. Pero sobre todo, no quieren quedar a un click de Beijing.

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