Iván Duque, un presidente en su laberinto

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Recién posicionado, quizá hasta recién elegido, el presidente de Colombia, Iván Duque, se ha visto ante una disyuntiva que sufren todos los políticos y empresarios con buenas intenciones de Latinoamérica: o reparten y dan comisiones, o los corruptos no les aprueban una sola ley y obra pública, ni les otorgan un solo contrato. Duque recibe, además, un Congreso muy malcriado, empalagado de lo que en el gobierno anterior llamaban “mermelada”, que no es otra cosa que la repartición del dinero de la nación.

Pero no nos digamos mentiras, con buenas intenciones son muy pocos los políticos y empresarios. La hidra de la corrupción está repleta de fauces hambrientas y ya no es solo una costumbre en la que nadie, ni el funcionario más nimio, mueve un dedo sino le dan una tajada, sino toda una cultura. Todos pagan, todos reciben, todos se reparten, todos roban. Si acaso, cuando alguno es sorprendido por el brazo de la justicia, cumple sentencias cómodas y cortas, en las que el peor castigo no es un calabazo, sino quedar inhabilitados por una temporada para aspirar a cargos públicos, es decir, a más robo. Pero de castigo social, nada. Ya sean hijos de estirpes políticas, o empresarios cuyas inmensas fortunas se gestaron robándole al pueblo, estos delincuentes se pasean por los mejores clubes sociales y son venerados en la alta sociedad.

Es de admirar y aplaudir que el presidente Duque quiera acabar con esta maldición. Las cifras más cautelosas señalan que Colombia pierde al año 50 billones de pesos por corrupción y el país ocupa el puesto 90 de los 176 que evalúa transparencia internacional. Si lo logra, al tiempo que consigue ejecutar nuevas obras y leyes, se ganará un puesto entre los mejores presidentes de las historia. Y será el que nos sacó del peor de los laberintos.

Porque actualmente éste es el escenario: si los congresistas, seguramente dolidos porque no les llega dinerito, se sublevan y le niegan todo al presidente, la falta de resultados del gobierno Duque le dejaría la pista despejada a Gustavo Petro, quien fue su contrincante en la anterior elección. Y si Duque cede y les reparte para poder cumplir con sus promesas de campaña, la gente, aburrida, cansada, hastiada, asqueada, de la corrupción, lo más seguro es que también vote por Petro, que se ofrece como la alternativa a la ladrona clase política tradicional (nada más falso, sus días en la alcaldía de Bogotá así lo demuestran, pero de eso posa, y esa pose se la tragaron sus millones de votantes).

Pero quizá no haya una persona más indicada para superar esta prueba que el presidente Duque, no solo por su preparación, sino porque, a diferencia de tantos, no tiene rabo de paja. Hasta ahora, si una garantía tiene el pueblo de Colombia, es un presidente que no es corrupto y que no ha cometido delitos en su carrera.

Sin embargo, repito, la tiene difícil. Como las culturas milenarias de maestros de artes marciales o budismo, el corrupto ha aprendido y perfeccionado su oficio a lo largo de la historia. Ha aprendido a ocultarse cuando viene un chaparrón en forma de un líder que se apresta a combatirlos y jugar con la impaciencia del político que necesita mostrar resultados. Sabe esperar con la paciencia de un yogi la vuelta al poder de algún secuaz, para desquitarse del que osó perseguirlo, y se mimetiza con astucia y sabiduría como un luchador de los intereses del pueblo, demonizando a empresarios y políticos honestos por igual.

Se viene la guerra más dura de todas las que ha vivido Colombia. ¡Apoyemos al presidente!

https://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article218375065.html

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