Iglesia y hombres de Iglesia

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La valerosa denuncia de escándalos eclesiásticos hecha por el arzobispo Carlo Maria Viganò ha suscitado el consenso de muchos, pero también la desaprobación de algunos, convencidos de que habría que cubrir con un velo de silencio todo lo que desacredite a los representantes de la Iglesia.

Este deseo de proteger la Iglesia es comprensible cuando el escándalo es excepcional. En ese caso se correría el peligro de generalizar achacando a todos el comportamiento de unos pocos. Pero es muy diferente cuando la inmoralidad es la regla, o al menos una forma de vida generalizada que se acepta como normal.

En este caso, la denuncia pública es el primer paso a tomar para reformar las costumbres. Romper el silencio es uno de los deberes de los pastores, como advirtió San Gregorio Magno: «¿Qué es para un pastor el miedo a decir la verdad sino volver la espalda al enemigo con el silencio? Si, por el contrario, se desvive por defender a la grey, levanta un baluarte contra los enemigos de la casa de Israel. Por eso advierte el Señor por la boca de Isaías: “Clama a voz en cuello y no ceses, cual trompeta alza tu voz” (Is. 58, 1).»

Con frecuencia, la raíz de un silencio culpable está en no saber distinguir entre la Iglesia y los hombres de la Iglesia, ya sean simples fieles, obispos, cardenales o el Papa. Uno de los motivos de esta confusión es precisamente la dignidad de las autoridades implicadas en el escándalo.

Cuanto más alta sea su dignidad, más se tiende a identificarlos con la Iglesia, atribuyendo el bien y el mal indiferentemente a una y a otros. En realidad, el bien sólo corresponde a la Iglesia, mientras que todo el mal se debe a los hombres que la representan.

Por eso la Iglesia no puede ser calificada de pecadora. «[La Iglesia] –escribe el P. Roger T. Calmel O.P. (1920-1998)– no pide perdón al Señor por los pecados que haya cometido ella, sino por los que cometen sus hijos por no haberla escuchado como a la madre suya que es». (Breve apologia della Chiesa di sempre, Editrice Ichtys, Albano Laziale 2007, p. 91).

Todos los hombres que pertenecen a la Iglesia docente o a la discente son hombres, con su naturaleza herida por el pecado original. Ni el bautismo vuelve impecables a los fieles, ni las órdenes sagradas a los miembros de la jerarquía. El propio Sumo Pontífice puede pecar y errar, excepto en lo atañe al carisma de la infalibilidad.

Es preciso recordar además que los fieles no constituyen la Iglesia, como si pertenecen en cambio a la sociedad humana, creada por los miembros que la componen y que se disuelve en cuanto éstos se separan.

Decir «somos Iglesia» constituye una falsedad, porque la pertenencia de los bautizados a la Iglesia no se deriva de su voluntad: es el propio Cristo el que invita a formar parte de su grey, y le dice a cada uno: «Vosotros no me escogisteis a Mí; pero Yo os escogí» (Jn. 15, 16). La Iglesia fundada por Jesucristo tiene una constitución humana y divina a la vez. Humana, porque un componente material es pasivo, formado por todos los fieles, ya sean parte del clero o del laicado. En cuanto a su alma, es divina y sobrenatural.

Tiene su cimiento en su Jefe Jesucristo, y su impulsor sobrenatural es el Espíritu Santo. Por consiguiente, la Iglesia no es santa porque lo sean sus miembros, sino que sus miembros son santos gracias a Jesucristo que la dirige y al Espíritu Santo que la vivifica. De modo que atribuir las culpas a la Iglesia es lo mismo que atribuírselas a Jesucristo y al Espíritu Santo. Todo lo bueno procede de ellos, es decir, «cuánto hay de verdadero, de honorable, de justo, de puro, de amable, de laudable, de virtuoso y de digno de alabanza» (Filip. 4,8), y todo lo malo de hombres de la Iglesia: desórdenes, escándalos, abusos, violencias, vergüenzas y sacrilegios.

«Por eso –escribe el teólogo pasionista Enrico Zoffoli (1915-1996), que ha dedicado algunas hermosas páginas a este tema– no tenemos el menor interés en disimular las culpas de los malos cristianos, los sacerdotes indignos, los pastores viles e ineptos, deshonestos y arrogantes. Sería ingenuo e inútil defender su causa, atenuar su responsabilidad, reducir las consecuencias de sus errores, recurrir a contextos históricos y situaciones singulares para luego explicarlo todo y absolverlos a todos» (Chiesa e uomini di Chiesa, Edizioni Segno, Údine 1994, p.41).

Hoy abunda la inmundicia en la Iglesia, como dijo el entonces cardenal Ratzinger en el Vía Crucis del Viernes Santo de 2005, que precedió a su ascenso al pontificado: «¡Cuánta poca fe hay en tanta teoría, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta inmundicia hay en la Iglesia, incluso entre quienes, en el sacerdocio, deberían pertenecer por entero a Jesús!»

El testimonio de monseñor Carlo Maria Viganò es digno de elogio, porque saca a luz esa inmundicia, hace más urgente la labor de purificar la Iglesia. Tiene que quedar claro que la conducta de los obispos y sacerdotes indignos no se inspira en los dogmas ni en la moral de la Iglesia, sino que los traiciona, porque supone una negación de la ley del Evangelio.

El mundo que acusa a la Iglesia de sus culpas la acusa de transgredir un orden moral; pero, ¿en nombre de qué ley y qué doctrina moral pretende el mundo acusar a la Iglesia? La filosofía de vida que profesa el mundo moderno es el relativismo, según el cual no existen verdades absolutas y la única ley del hombre es carecer de ley; su consecuencia práctica es el hedonismo, para el cual la única felicidad posible está en la satisfacción del placer personal y de los propios instintos. ¿Cómo se atreve el mundo, tan falto de principios como está, a juzgar y condenar a la Iglesia? La Iglesia tiene el derecho y el deber de juzgar al mundo porque posee una doctrina absoluta e inmutable.

El mundo moderno, hijo de los principios de la Revolución Francesa, desarrolla de modo coherente las ideas del libertino marqués de Sade (1740-1814): amor libre, libertad para blasfemar, plena libertad para negar y destruir todo bastión de la fe y de la moral, del mismo modo que en tiempos de la Revolución Francesa se derruyó la Bastilla, donde estaba preso el infame marqués. La consecuencia de todo aquello ha sido la disolución de la moral que ha destruido las bases de la convivencia civil y ha convertido a los dos últimos siglos en la época más tenebrosa de la Historia.

La vida de la Iglesia es igualmente una historia de traiciones, de defecciones, de apostasías y de no corresponder a la gracia divina. Pero esa trágica debilidad se acompaña siempre de una extraña fidelidad: las caídas, aun las más horrorosas, de tantos miembros de la Iglesia, se entremezclan con la virtud heroica de tantos de sus hijos.

Del costado de Cristo brota un río de santidad y corre profusamente a lo largo de los siglos: son los mártires que se enfrentan a las fieras en el Coliseo; son los ermitaños que abandonan el mundo para hacer vida de penitencia; son los misioneros que se entregan llegando hasta los confines de la Tierra; son los intrépidos confesores de la fe que combaten cismas y herejías; son las religiosas contemplativas que sostienen con sus oraciones a los defensores de la Iglesia y de la civilización cristiana; son, en fin, todos los que de maneras diversas han ajustado su voluntad a la de Dios. Santa Teresita del Niño Jesús habría querido reunir todas estas vocaciones en un supremo acto de amor a Dios.

Los santos son muy diferentes entre sí, pero todos tienen en común la unión con Dios. Esa unión, que nunca decae, hace que la Iglesia antes que ser una, católica y apostólica, sea ante todo santa. La santidad de la Iglesia no depende de la santidad de sus hijos; es ontológica, porque depende de su propia naturaleza. Para que pueda llamarse santa a la Iglesia no es necesario que todos sus hijos vivan santamente: basta con que, gracias al flujo vital del Espíritu Santo, una porción de ella, por pequeña que sea, se mantenga heroicamente fiel a la ley del Evangelio en tiempos de prueba.

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