El Concilio: ¿un mito que se desmorona?

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Roberto De Mattei       Correspondencia Romana       15/07/2020

 

Cuando yo tenía veinte años -era el fatídico 68- ni en el colegio ni en la universidad se podía poner en tela de juicio la Revolución Francesa. Era un tabú histórico. Algo así como lo son el Italia la Reunificación y la resistencia antifascista. En aquellos años triunfaba la categoría de progreso. La historia parecía seguir un rumbo lineal de ascenso y perfeccionamiento, y la Revolución Francesa, la Reunificación Italiana y la Resistencia eran etapas irreversibles de dicho ascenso histórico.

Después del iluminismo y del idealismo de Hegel, el marxismo era la filosofía que planteaba de forma más eficaz este concepto progresista de la historia. La Revolución Rusa y el nacimiento de la Unión Soviética eran la prueba viviente del triunfo de la filosofía de la praxis sobre la del ser y la contemplación. Los marxistas, los liberales iluministas y todos los que al interior del mundo católico aceptaban este concepto de la historia se autocalificaban de progresistas.

Para los progresistas, el Concilio Vaticano II significaba lo mismo que había supuesto la Revolución Francesa en el terreno de lo laico. Todo el que se oponía a esta mitología era marginado, ridiculizado y demonizado. Más tarde, a finales de los años noventa, algo cambió.

Mientras en los países del este europeo se efectuaba la Perestroika, en Occidente, con ocasión de su bicentenario, se emprendió la revisión histórica de los sucesos de 1789.

Han transcurrido treinta años, y el mito de la Revolución Francesa ha tenido el mismo destino que la Unión Soviética: se ha hecho añicos, aunque la disolución de la Unión Soviética y del mito de 1789 no ha supuesto la desaparición del comunismo ni del espíritu revolucionario, que sobreviven de otras maneras. Pero los tabúes cayeron.

Sólo sobrevive un mito, si bien comienza a mostrar los primeros síntomas de hundimiento inminente: el dogma del Concilio Vaticano II, el superconcilio que se celebró en Roma entre 1962 y 1965, el que debería haber eclipsado a todos los anteriores para inaugurar una nueva primavera de la fe. Lo compararon con una ventana que se abría en el edificio de la Iglesia para que entrara aire puro.

Actualmente la Iglesia Católica atraviesa una crisis que no tiene precedentes en la historia, y esa crisis la desencadenó el Concilio Vaticano II. En el sagrado templo de Dios no ha entrado el aire puro de una fe renovada, sino el mortífero humo de Satanás. Fue Pablo VI quien lo dijo desde los años setenta. Por eso hay que recibir con gratitud la labor de algunos eminentes prelados como el arzobispo Carlo Maria Viganò y el obispo Athanasius Schneider, que han comenzado a poner en entredicho el Concilio.

Es cierto que no han sido los primeros. Desde fines de los años setenta, o sea hace medio siglo, el arzobispo Marcel Lefevbre, había dado a conocer sus críticas a la revolución conciliar. Pero Lefevbre, al igual que los cardenales Ottaviani y Bacci, que habían protestado contra la nueva Misa de Pablo VI, eran tildados de anticuados.

A todo el que criticaba el Concilio le colocaban la etiqueta de tradicionalista, presentando al tradicionalismo como un fenómeno que sería irremediablemente superado por la historia. Han pasado cincuenta años, y sin embargo la historia no ha superado al tradicionalismo sino al progresismo. Hoy en día ya no existen progresistas; mejor dicho, existen como hombres apegados al poder pero faltos de principios e ideas. En cambio, obispos como Viganò o Schneider no proceden en modo alguno del tradicionalismo; son simplemente auténticos católicos que buscan la verdad en el confuso horizonte de nuestro tiempo.

El mito del Concilio se cae, y eso es bueno porque en nombre de ese mito se han llevado a cabo algunos de los peores actos vandálicos en la teología, la liturgia y la moral en toda la historia de la Iglesia. La Iglesia necesita una reforma que llegue a su cúpula, una reforma que transforme las mentes y corazones de los hombres que la dirigen. Humanamente se trata de una empresa imposible, pero con la ayuda de Dios todo es posible. Sólo Dios puede salvar a la Iglesia, que es suya, no nuestra. Pero queremos ser instrumentos suyos en esta labor cada vez más necesaria y urgente. Que la Virgen del Carmen, cuya festividad celebramos el 16 de julio, nos ayude.

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