Contrabando de gasolina desde Colombia, una “salvación” en región petrolera de Venezuela

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La Patilla                                                       9 de septiembre de 2020

Colombia se alimentó durante años de gasolina traficada desde Venezuela, pero las cosas cambiaron y el contrabando se ha invertido debido a una escasez tan dramática que Roger, habitante de la frontera entre ambos países, lleva meses sin ver “gasolina venezolana”.

Hombres ofrecen gasolina a la venta en las calles de Maracaibo, estado Zulia, Venezuela, el 25 de agosto de 2020, en medio de la pandemia del coronavirus COVID-19. – En el estado productor de petróleo de Zulia, florece un mercado negro de gasolina traída de Colombia.

“La gasolina colombiana es una salvación, de no ser por eso aquí nadie rodaría”, narra a la AFP Roger, un vendedor de frutas de 37 años residente en Santa Cruz de Mara, población cercana a Maracaibo, capital del petrolero estado venezolano de Zulia. El país con las mayores reservas de petróleo pasó de ser exportador a importar combustible de lugares tan remotos como Irán. Y quienes antes se llevaban la gasolina más barata del mundo en caravanas clandestinas, como Marco, nombre ficticio para proteger la identidad, ahora hacen el recorrido “al revés”.

“Los funcionarios (militares y policías) nos informan el día que pueden dejarnos pasar”, relata este hombre que traficó con gasolina venezolana durante 10 años. El itinerario es guiado por “las moscas”, como llaman a los informantes que previamente entregan sobornos a funcionarios de la aduana. “Arrancamos de Maicao (Colombia) cuando nos dan luz verde, hay muchos caminos, pero la ruta la decide la ‘mosca’, según la información que le suministren”, añade.

La gasolina ingresa a Venezuela por los mismos pasos ilegales, usados hasta hace meses para sacarla, bien sea por tierra o por ríos binacionales. El contrabando ha prosperado durante la pandemia de covid-19, luego del fugaz respiro que significó la llegada, entre mayo y junio, de cinco buques con 1,5 millones de barriles de gasolina iraní.

Pese al confinamiento decretado desde marzo, el desabastecimiento se ha recrudecido, y en Caracas, única ciudad a salvo tras las importaciones iraníes, la escasez ha vuelto. Algo paradójico cuando “el mundo está ‘nadando’ en gasolina debido a un superávit” por la caída de la demanda durante la pandemia, observa el economista José Manuel Puente, del Centro de Políticas Públicas del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA).

Mientras transita en su séptimo año consecutivo de recesión, Venezuela vive el peor desplome en la producción de crudo en siete décadas, y sus refinerías, con una capacidad para producir 1,3 millones de barriles de combustible por día, están en el piso. Algo que expertos y sindicalistas achacan a la corrupción y a la mala gestión.

El gobierno del presidente socialista Nicolás Maduro puso fin a su política de prácticamente regalar el combustible y en junio el litro de gasolina aumentó a 0,50 centavos de dólar, aunque mantuvo un alto subsidio mediante una tarjeta electrónica llamada carnet de la patria. Pero los suministros fueron insuficientes y el país caribeño “pasó de tener la gasolina más barata del mundo a tener la más cara”, asiente Puente.

Esto por un mercado negro donde un litro oscila entre 2 y 3 dólares, mientras que en Colombia, un galón -3,7 litros- promedia unos 8.000 pesos, equivalentes a 2,15 dólares. El gobierno atribuye el colapso a sanciones financieras y “bloqueos” de Estados Unidos.

Decenas de envases plásticos llenos de gasolina inundan las calles de un empobrecido barrio de Maracaibo. En una suerte de caótico mercado, hombres, mujeres y niños, algunos sin tapaboca, de uso obligatorio en Venezuela por la pandemia, tratan de llamar la atención de compradores con carteles que agitan al borde de la vía.

Escrito en pequeños cartones se lee un número que indica el precio del “punto”, como se identifica en la jerga de los vendedores el equivalente a 20 litros de gasolina: 25, 28 o 30 (dólares), según sea la oferta y la demanda de la jornada. Una vez en el sitio, “te brincan más de 20 personas para echarte gasolina”, describe Fernando, un taxista de 43 años que acude temeroso al barrio donde están las “caletas”, como se le conoce a los escondites de la gasolina.

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