¡Complejos fuera: la VERDAD existe! Parte Iª

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Pbro. José Luis Aberasturi               InfoCatólica               5.06.20

Creo que deberíamos estar más que hartos -y rebelarnos: basta de silencio-, frente a todos estos insipiens, como los llama la Escritura Santa. Traducido a lo llano y directo: imbéciles; los que no saben nada de todo. Lo señala la propia Caridad de Dios, por cierto, que es Infinita.

Y no digamos frente a los que han creado un “sistema” -político, social y kultural- en el que la mentira “es” el sistema; y con ella, la corrupción y la violencia. Hablo de políticos, en primer lugar; pero también de periodistas, educadores e intelectuales en general…

De entrada, con la admisión de la mentira como referente único y exclusivo, toda corrupción está ya como mínimo incoada y, por tanto, admitida: tiene las puertas bien abiertas. Es más, se la desea “como agua de mayo”: por eso se miente. Y además, para lograrlo, se gastan los dineros que haga falta. ¡Será por dinero!

De salida, la misma mentira es también violencia, aunque no haya sangre, que es muy escandalosa; pero, indudablemente, mentir es faltar al respeto, ningunear y avasallar a los demás. No es ningún secreto que la violencia no es solo física: la hay también moral. Que es el caso.

Pero voy a centrarme únicamente en el ámbito de la cultura. Bien distinto del de la “kultura” o pseudo así, que tiene como característica esencial burlarse de lo que el hombre es: de su enorme dignidad, como no la hay en todo el mundo creado, en el que el propio hombre se halla inmerso: aquí tiene su vida terrena, su tiempo y su hacerse, personal y socialmente.

Dejando claro que este -el ámbito terreno- no es su único horizonte vital: luego está el “más allá”, el/lo “después”: algo tan innegable como evidente, y frente al que se tiene miedo, como mínimo. Un miedo que no se cura negándolo.

Este preámbulo viene a propósito de una Tercera de ABC (5-VI-20), muy desafortunada, como mínimo. Pero que, en mi opinión, incide en el terreno “insano” -intelectual y moralmente hablando- en el que se ha situado el famoso diario, de gran tradición y peso en España. Porque rompe, supongo que a sabiendas, con lo que sus fundadores quisieron hacer de él y con él. Pero ahora hay otros amos.

Una insalubridad, que es una auténtica plaga, especialmente el mundo de la educación, en el mundo cultural, y en el mundo de la ciencia y en todas las ciencias.

Para más INRI, hace bien pocos días, el mismo ABC hacía una defensa de la verdad como algo imprescindible en el mundo de hoy: “vomitivamente asfixiado” [la expresión es mía] de mentira, engaño y corrupción.

El nombre del autor de esta Tercera da lo mismo. No así sus “títulos” -¡será por títulos!-, pues son muy significativos de lo que es la “kultura” y dónde se sitúa, al uso y abuso del hoy, en España y en tantos otros sitios. Se firma: “profesor de filosofía en la universidad pontificia de Comillas y miembro de la academia [europea] de ciencias y artes”. ¡Toma ya!

Pues este buen señor -¡ten títulos para esto!- se marca lo siguiente: “Por elevadas que a veces se nos antojen nuestras aspiraciones filosóficas y religiosas, no podemos ocultar que somos seres naturales, productos de la evolución biológica. Estamos a merced de las fuerzas ciegas de la naturaleza, que ni nos diseñaron conscientemente ni velan por nuestro destino”.

O sea: ¡la vaca! Exactamente igual, por no decir, peor: ese es el nivel. ¡Sé filósofo para llegar a “descubrir” esto! Rajada que, por el contrario, no tiene desperdicio: es lo que debe pensar de lo parido por su pluma. Y se queda tan fresco, oyes. Que para eso tiene títulos. Por supuesto, no hace falta que compren el ABC para leer esa Tercera: con estas líneas que he reseñado tienen de sobra.

Pues, ¡complejos fuera!: ¡no se pueden decir más tonterías en menos líneas, ni con tantos títulos! Aparte, montones de libros publicados. Que así serán… Me da que se los pueden ahorrar todos y, de paso, se ahorran también unas perricas. Un auténtico ejemplar de insipiens. De manual. O sea: académico.

Vaya por delante que, si a día de hoy hay una ciencia degradada a nivel mundial es, precisamente, la Filosofía. Y todo, por obra y gracia de los que se llaman “filósofos”, pero que nunca han sabido qué era; y, si lo han sabido, lo han despreciado olímpicamente. Es uno de los motivos, y no pequeños, del por qué ha desaparecido prácticamente de los estudios, a todos los niveles. Me explico.

No hay ningún “matemático” que, si afirma que 3 + 3 = 33, le den un premio y lo hagan profe. Lo sacan de donde esté y le ponen a repetir la carrera, o a hacer algo útil en el mundo artesanal. Como no hay ningún médico que se indigne si alguien dice que, para ser médico, hay que saber leer y escribir. ¿Estamos de acuerdo?

Pues con la “filosofía” [lo pongo con minúscula, porque “esta” de la que hablo ahora no merece más] no pasa así, sino todo lo contrario: “el que la echa más gorda” se lleva más aplausos y más reconocimientos. La prueba: el chico este de los títulos. Y me explico, yendo a esas líneas que he citado.

De entrada, nos sitúa, a los hombres, a la persona humana, como “seres naturales, productos de la evolución biológica”. No sé si a este -“filósofo”- se le podrá aplicar lo del chiste: -“Mamá, mamá: papá dice que venimos del mono. -Bueno, hijo, no te preocupes, que eso es cosa de su familia”.

Para rematar la faena, y no dejarse ningún resquicio, añade a continuación: “Estamos a merced de las fuerzas ciegas de la naturaleza, que ni nos diseñaron conscientemente ni velan hoy por nuestro destino”.

“¡Habló Blas, punto redondo!”. Dicho que, dicen los eruditos, se remonta a la época medieval.

Pues este señor, nada más ni nada menos que quiere hacernos creer que somos un “producto”, un “hijo”. ¿De quién? De la “ciega” naturaleza. Que, además de ciega, es una auténtica “cabr…a”, porque -lo dice él-, “ni nos ha diseñado conscientemente” y ni siquiera “vela por nuestro destino”.

Total, que nos ha parido por qué sí -ni sabe cómo se ha quedado embarazada: será por “las fuerzas ciegas de la naturaleza”- y, encima, “ya te apañarás. Que ahí te quedas”: fuerzas ciegas y crueles, “que no velan por nuestro destino”. ¡Toma ya, viva la naturaleza! Si es que por algo está de moda…

Esto no es una madre, esto es una madrastra pero mala, mala. Vamos, que ni en La Cenicienta. Y, “a reclamar, al maestro armero”.

¿Hay que creerse esto? ¿O esto se escribe para hacer bonito -supuesto que a alguien se lo parezca-, o para que nadie se lo crea, o para entretener a las neuronas que tan graciosamente nos ha concedido la “naturaleza”, que ni las tiene -las neuronas- ni sabe lo que son ni para qué están?

¿Todo esto puede ser verdad? ¿Alguien puede tener las tragaderas suficientes para creérselo?

Pero hay más precisiones que hacerle a este buen señor. ¿Cómo es posible que seamos el producto más “acabado” de la naturaleza, y nazcamos sin estar preparados para vivir ahí, para manejarnos; necesitando, como ningún otro ser “natural”, la protección de la familia por largos años?

Por cierto: ¿también “la familia” es “producto de la naturaleza? ¿Y el “matrimonio”? ¿Y el aborto procurado? ¿Y las leyes que lo “legalizan?

Por tanto, hemos de preguntarnos: ¿de dónde viene todo esto? No hay más lugar que el pudridero de los prejuicios, de las ideologías y de los autoengaños: materias todas ellas en las que los hombres somos auténticos maestros… porque hemos dejado voluntariamente de pensar: nos hemos “emancipado” de la Filosofía [ahora sí con mayúscula], que es la ciencia más excelsa y maestra de todas las demás, y nos hemos quedado ciegos. Sacándonos los ojos, claro.

Porque vamos a ver, alma de cántaro: ¿desde cuándo de lo material estrictu sensu, puede salir lo inmaterialestrictu sensu también? ¿Puede diseñar “lo inconsciente”, lo que es “consciente” sí o sí? ¿”Lo no-inteligente” -la naturaleza-, puede producir “lo inteligente”? ¿Las “fuerzas ciegas” a lo que ve y entiende? Y ¿por qué no sigue pasando? Y ¿por qué se nos señala como si estuviésemos ocupando un lugar que no es el nuestro, si somos lo más de lo más de los seres naturales, fruto de la evolución biológica?

En definitiva, y en contra de toda la experiencia personal y ajena -o sea: contra toda evidencia-, ¿puede “algo” dar lo que no tiene? Si ni siquiera lo puede hacer “alguien”, ¿cómo lo va a hacer “algo”?

Curiosamente, las contradicciones de “los sabios” -ahora un filósofo, nada menos-, cuando no respetan la realidad de las cosas son patentes, por aberrantes.

¿Cómo es posible que afirme que tenemos “aspiraciones filosóficas y religiosas” -lo dice obligado porque es evidente: nosotros, las tenemos; las vacas, no- para, a continuación, ponernos “en nuestro sitio” -él dice que es ese: yo no- y que no nos creamos esas ínfulas: somos “seres naturales”? ¿Desde cuándo un “ser natural”, hace filosofía y vive la religión?

Porque no conozco a ninguna vaca que lo haga. Ni los monos. Ni nada inferior al hombre. Luego, el hombre es “otra cosa”, y está  a otro nivel: el nivel de lo humano que no ha podido recibirlo de lo que está por debajo de él, en todos los órdenes. Como uno que no sabe leer no puede enseñar al que tampoco sabe.

La “solución” a todas estas cuestiones, y alguna otra, para la próxima entrega. Que me he alargado. Pero quédense tranquilos, que no venimos del mono, ni del yeti; y, por tanto, tampoco hemos tenido que bajar del Everest: mucho menos tenemos que subirlo; lo que no deja de ser un alivio.

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