Argentina, entre el suicidio y el humanicidio

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Hemos asistido, en poco más de un mes –tiempo récord para un Congreso que permaneció dormido durante todo el año a la acelerada carrera legislativa para sembrar de más muerte y más destrucción de nuestro país.

Christian Viña                          InfoCatólica                          30/12/20

Con la legalización del aborto, el así proclamado gobierno de científicos -que ha demostrado su estrepitoso fracaso en la lucha contra el virus chino, y que está entre los primeros del mundo en la cantidad de muertos-, y buena parte de sus pretendidos opositores–que, en el fondo, piensan y actúan del mismo modo, en su común servicio al globalismo masónico y ateo- le acaban de propinar, en plena Navidad –como un acto de deliberado odio a la fe-, un golpe letal a la de por sí muy sufrida, saqueada e invadida Argentina.

Los mismos que, en los años sesenta y setenta del siglo pasado, sembraron de terror y muerte nuestro país, al grito –entre otros– de liberación o dependencia, vuelven ahora «legalmente», junto a sus sucesores, de abultadas billeteras, a derramar la más indefensa sangre ajena. Claro que, en esta oportunidad, con similar ideología, pero obviamente con mucho más dinero del mundialismo antinacional. Lo paradójico es que la plata ya no les viene de la hoy inexistente Unión Soviética, o de Cuba, sino de los multimillonarios que como Soros, o Bill Gates, y otros cómplices de sus sectas usurarias, anti-vida y anti-familia, tienen virtualmente a sus pies a entidades como las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, y Planned Parenthood, entre otras.

Hemos asistido, en poco más de un mes –tiempo récord para un Congreso que permaneció dormido durante todo el año– a la acelerada carrera legislativa para sembrar de más muerte y más destrucción nuestro país. Repetidamente, en ese contexto, se escuchó la palabra genocidio, para referirse al homicidio prenatal, o desaparición forzada de personas por nacer; y no está mal, obviamente. Aunque, en aras de una mayor precisión, el aborto es mucho más que un genocidio; definido éste por la Real Academia Española como exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad. Es un humanicidio, como bien lo caracteriza el padre Alfredo Sáenz, SJ; pues el blanco es la humanidad misma, sin diferencias de raza, etnia, religión, política o nacionalidad.

Es la lucha abiertamente desatada por el demonio contra el hombre, la única criatura a la que Dios amó por sí misma; y que fue creada a su imagen y semejanza. Baste decir, únicamente, que el aborto mata en el mundo, por año, a sesenta millones de personas; y que, tan solo en una década, asesina a 600 millones de personas, muchas más que todas las guerras juntas conocidas por la humanidad.

En agosto de 2018, pocas horas después de que el Senado Argentino rechazara la legalización de la matanza de inocentes, escribí en InfoCatólica, con el título, Aborto: Ahora, más que nunca, guerreros de la vida, que los resultados de la votación en el Senado –donde el líder de los abortistas llegó a confundir a David con Moisés-, entonces, hay que tomarlos como circunstanciales.

La aritmética legislativa –bien lo sabemos- con excesiva frecuencia no respeta las más básicas normas morales. Por eso, para ella, lo que ahora es bueno puede ser malo en cualquier momento; y lo que ahora es malo puede ser bueno en la próxima renovación legislativa. Especialmente si el verde del dólar hace sentir su peso; como quedó recientemente demostrado. Y agregaba que pasado este combate debemos comprender que la batalla continúa. Porque estamos, ni más ni menos que ante la batalla final (Ap 20, 7 – 10); que, como queda visto, tendrá como uno de sus principales blancos al matrimonio y a la familia.

En otro párrafo de aquel artículo, preguntaba: ¿No habrá llegado el momento de una auténtica revolución moral, que cambie las estructuras institucionales, y que coloque en el gobierno a los auténticamente virtuosos, que sepan defender en serio la vida y la familia; y, en consecuencia, ¿a la Patria? Ahí está la cuestión de fondo: o comienzan a gobernar nuestro país los mejores, los más íntegros y sensibles, e incorruptibles defensores del orden natural, o Argentina, secuestrada por esta caricatura perversa de la democracia –que, ciertamente, no es la de los griegos ni muchísimo menos- terminará extinguiéndose entre el suicidio y el humanicidio. ¿Estoy proponiendo la meritocracia? ¡Sí, por supuesto! ¿Y cómo se elegiría a los mejores? Con un sistema nuevo de gobierno; que pueda ser una síntesis, por ejemplo, entre monarquía, aristocracia y democracia.

Desde la democracia recuperada, en 1983, con evidente demagogia, se repite casi hasta espasmódicamente que con la democracia se come, se cura, y se educa. Lo cierto es que, 37 años después, en nuestro país, en otro tiempo conocido como el granero del mundo, los hambrientos se han multiplicado geométricamente, con niveles escandalosos de pobreza, miseria e indigencia, en más de la mitad de la población; la salud pública –con o sin plandemia– está en un estado calamitoso, con poco o nulo acceso para los más vulnerables; y la educación brilla por su ausencia, con una disparada sistemática de analfabetos funcionales, que serán los nuevos esclavos de las décadas por venir… ¡Los que prometieron, una y otra vez, a voz en cuello, justicia social, solo hicieron crecer exponencialmente las desigualdades más atroces! ¡Vendedores de humo, con el dolor y el sufrimiento sostenido de las capas populares!

Pero los países no desaparecen absolutamente, podrá objetarse. Desaparecerá, sin duda, de seguir así, esta Argentina que aún conserva, aunque de modo raquítico, algo de sus raíces cristianas. Será otro país, desmembrado, desgarrado e invadido por las viejas y nuevas potencias imperiales; con sus ideologías anticristianas, y por lo tanto antihumanas. ¡Si hasta tuvimos que soportar, en este debate del aborto, la descarada presión de Aministía Internacional; servil organización del país (Inglaterra), que usurpa nuestras Islas Malvinas –con excepción de aquellos gloriosos días entre abril y junio de 1982-, desde 1833!

El aborto nunca es solución para nadie: no lo es para la madre, que arrastrará toda su vida el síndrome postaborto; no lo es para el padre, si estuviese informado de él, y mucho menos si tuvo la cobardía de buscarlo y hasta de imponerlo; no lo es para quienes lo practican, a los que nunca les alcanzarán sus pingües ganancias, para acallar la voz de su conciencia; y, obviamente, no lo es para el niño por nacer, que paga con su muerte, el egoísmo y la insensibilidad de los adultos. Tampoco lo es, claro está, para los países donde se legaliza; pues se aceleran, así, con tintes dramáticos, sus procesos de autodemolición.

Según datos de las autoridades «sanitarias» españolas, en 2019 debieron nacer en la Madre Patria, 459.766 niños. En ese año, 99.149 vidas de niños concebidos terminaron en abortos. O sea, el 21,6% de los niños por nacer en España acabaron, descuartizados, en un tacho de residuos. Ello significa que más de uno de cada cinco niños no nació, por decisión de alguno o de ambos padres. Puro y duro invierno, o peor aún, infierno demográfico, en una sociedad que por sus perversos gobernantes –de uno u otro signo- ha decretado, en la práctica, su progresiva extinción; y que acaba de legalizar, por si fuera poco, la eutanasia.

Es la solución final de los nuevos exterminadores seriales, con una combinación escalofriante: aborto para que los padres maten a sus hijos; y eutanasia para que los hijos maten a sus padres. A este ritmo, y con la embestida musulmana, España y otros países europeos, por caso, dejarán de ser en breve lo poco que les queda de occidentales y cristianos… ¿Harán falta, luego, otros ocho siglos para la Reconquista?

El ejemplo de lo que está sucediendo en la península ibérica debiera servirnos a todos los iberoamericanos, o sea a los españoles de ambas orillas del Atlántico, de crucial llamado de atención. Nuestras naciones pueden aprender de tamaña carnicería; y, por ejemplo, seguir profundizando la cooperación entre los referentes del movimiento pro vida que, gracias a Dios, se están multiplicando por todo nuestro continente. Nunca será mucho lo que les agradezcamos a nuestros hermanos mexicanos, peruanos, colombianos, brasileños, paraguayos, y de otros países, todas sus oraciones, todo su apoyo e, incluso, las manifestaciones que realizaron, en estos tiempos, ante las embajadas argentinas, en sus naciones.

Una y otra vez se ha dicho, en estos meses, que el aborto es un tema científico, y no religioso. Está claro que cualquier científico, sin prejuicios ideológicos, que conozca lo elemental de embriología, reconocerá que la vida humana comienza con la concepción. Ni que hablar si apela, por caso, a los avances que lograra Jérôme Lejeune, célebre genetista francés, que descubrió la trisomía 21, causa del síndrome de down. Y cuya manifiesta militancia pro vida, le granjeó el odio de los círculos progresistas; que le birlaron, por caso, el premio Nobel de Medicina.

Pero –y esto lo debemos decir con firmeza, y sin ningún tipo de resquemor- es, sobre todo, un asunto religioso. No matarás (Éx 20, 13) es el Quinto Mandamiento que da el Señor al pueblo de la Antigua Alianza; y que en el cristianismo halla su ratificación plena. Además, en el relato del crimen de Abel, cometido por su hermano Caín, Dios le dice a éste: La sangre de tu hermano grita hacia mí desde el suelo (Gn 4, 10). Y Cristo, al desenmascarar la hipocresía de los fariseos, y advertirles que perseguirían hasta la muerte a sus apóstoles, les anunció: Así caerá sobre ustedes toda la sangre inocente derramada en la tierra, desde la sangre del justo Abel, hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, al que ustedes asesinaron entre el santuario y el altar (Mt 23, 35). ¡Solo Dios sabe cuántas desgracias, cuánta sangre caerá, por este crimen abominable, sobre esta generación malvada y adúltera (Mt 12, 39)…!

Quiero concluir con dos experiencias personales, que también hacen al fondo del asunto. Como sacerdote que ha vivido casi todo su seminario, y estos ocho años de ministerio, en barrios obreros y villas de emergencia, estoy indignado por la utilización que se ha hecho de los pobres en todo este debate.

En las villas, gracias a Dios, toda vida es vista como una bendición, y no como una maldición. Tengo infinidad de ejemplos para ilustrarlo: por caso, la llegada de Clara Belén, tercera hija de pobrísimos inmigrantes paraguayos, que acaba de nacer, antes de Navidad. En esas horas, una prima suya, Milagros, de trece años, que también vive en Villa Tranquila, salvó milagrosamente su vida; luego de deambular, con su papá y su mamá, por tres hospitales a causa de una neumonía, no provocada por el virus chino. Si hubiera estado embarazada, y deseaba abortar, se le hubiesen abierto todas las puertas que, en esta oportunidad, se le cerraron. Ellas, como otro anciano, a quien estoy asistiendo, y que está intentando -por ahora, en vano- que alguien lo atienda de su cáncer, no necesitan de más muerte. Necesitan de agua corriente, cloacas, alimentos, medicinas, y educación. Los pobres no necesitamos que nos eliminen, ni eliminarnos entre nosotros mismos. Necesitamos más trabajo, más seguridad, más cuidados; y menos desprecio y descarte…

La otra experiencia conmovedora, que me tocó vivir, está vinculada con las marchas en defensa de las Dos Vidas. He asistido a casi todas ellas; y pude comprobar la gran cantidad de sacerdotes –la mayoría jóvenes, y muy jóvenes- que acompañó a sus hijos en esta patriada celeste. Y ante ese espectáculo admirable, de una auténtica Iglesia en salida, junto a sus hijos más necesitados, puedo reiterar lo que también escribí en aquel artículo de agosto de 2018, la ola celeste llegó para quedarse. Hoy ha tomado carta de definitiva ciudadanía entre nosotros. Que ese celeste, que la Virgen María regaló a la Argentina, brille para siempre en nuestro suelo. Ver, también, a tantas religiosas, a tantas familias numerosas, y a tantos y tantos jóvenes en esas multitudinarias manifestaciones, me ha hecho derramar abundantes lágrimas. ¡Qué honrado estoy de ser Sacerdote; y de los hijos que Dios nos ha dado!

¿Cómo sigue nuestra lucha? Con más y mejor combate; para derogar cuanto antes esta ley inicua, y todas las demás leyes anti-vida y anti-familia. Y, sobre todo, para recristianizar Argentina; que hoy ha mostrado, una vez más, lo que realmente es: un país de misión.

¿Que esta es una lucha perdida, en Argentina y en el mundo? ¿Quién puede, en verdad, afirmarlo? ¿Además, de dónde vendrá nuestra ayuda? ¡La ayuda nos viene del Señor, que hizo el Cielo y la Tierra (Sal 120, 1-2)…! Él nos dice, claramente: ¡Felices los que lavan sus vestiduras para tener derecho a participar del árbol de la vida y a entrar por las puertas de la Ciudad! Afuera quedarán los perros y los hechiceros, los lujuriosos, los asesinos, los idólatras y todos aquellos que aman y practican la falsedad (Ap 22, 14-15). ¡Nuestras, entonces, son la batalla y sus heridas! La Victoria, ya asegurada, es de Cristo Rey…

+ Padre Christian Viña

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