A tomarse la Iglesia

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El 11 de agosto de 1968 -50 años atrás-, un grupo de nueve sacerdotes, tres religiosas y doscientos laicos entró en la catedral de Santiago hacia las 4 de la mañana de ese domingo y permaneció ocupando el templo durante 14 horas.

Presididos por imágenes del Che Guevara y de Camilo Torres, los hermanos Parra cantaron el Oratorio para el Pueblo, se celebró la misa para los ocupantes y se emitieron las consabidas declaraciones que pretendían justificar la toma por el viaje de Paulo VI a Colombia, por su reciente encíclica Humanae Vitae sobre la anticoncepción y por la construcción del Templo Votivo de Maipú. Un lienzo instalado entre las torres de la catedral resumía los propósitos de los ocupantes: “Por una Iglesia junto al pueblo y su lucha”.

Se cumplía, además, el primer aniversario de la toma de la casa central de la Universidad Católica. Entre los ocupantes de la catedral figuraban, justamente, quien había sido presidente de la FEUC en 1967, Miguel Ángel Solar, y el antiguo presidente de la CUT Clotario Blest.

Era el comienzo -afirmaron los manifestantes- de la Iglesia Joven.

Ahora, en 2018, y solo pocos días atrás, un conocido sacerdote instaba por televisión a los laicos a “tomarse la Iglesia”. Su llamado no se refería precisamente a la parroquia tal o al santuario cual, sino a la institución en sí misma. El objetivo detrás de esa arenga es ciertamente mucho más sutil que el invocado por los ocupantes de hace medio siglo. Si aquellos querían abiertamente sumar la Iglesia a la construcción del socialismo, hoy el propósito aparece más difuso, expresado por ahora en ese genérico “que se vayan todos”, con que algunos laicos han manifestado sus deseos en relación con la jerarquía católica de Chile. Si los de hace 50 años querían alinear al catolicismo con el socialismo, ¿qué buscan hoy los que están siendo llamados a “tomarse la Iglesia”?

Por ahora, son evidentes dos cosas.

En primer lugar, se busca instalar un concepto de laicado muy diferente del promovido por el Concilio Vaticano II. Si esta asamblea proclamó la grandeza de la vocación laical en virtud del bautismo, insistiendo en que ella se expresa en la vida común y corriente de cualquier persona, para el grupo que hoy declara su rechazo a la jerarquía, la condición laical es propia solo de quienes asumen unas determinadas posturas, las suyas, por cierto. Esa es la razón por la que al autodenominarse nunca se ponen adjetivos: ellos simplemente son “los laicos de tal o cual lugar”, sin que los otros católicos de a pie de esa localidad o región -por el solo hecho de pensar distinto- puedan sentirse incluidos o considerados. (Hace unos años, un pequeño grupo de profesores se autodenominó “Académicos UC”, como si quienes no participábamos de su organización no lo fuéramos).

Le segunda dimensión es más delicada aún. Se trata de la pretensión de constituir al laicado en gestor y rector de la Iglesia Católica, al margen del sacerdocio y de la jerarquía. No hace falta buscar mucho para encontrarse con declaraciones -incluso de sacerdotes chilenos- que proponen la “celebración” de los sacramentos por parte de los laicos y, por cierto, el desarrollo de una democracia plena en la elección de sus pastores.

Ambas, qué duda cabe, son claras manifestaciones de un curioso fenómeno: el clericalismo laical. ¿Sintonizan con esos “espacios de comunión y participación” -o sea, todos unidos y formando parte de la Iglesia- que el Papa Francisco ha pedido generar?

Por ahora, sabemos que se trata, entonces, de una eventual Iglesia de los hombres en que poco importará “lo que opine Dios”. Pero más adelante ya sabremos qué opinan concretamente sobre el orden social estas personas que aspiran a dirigirla.

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