La droga destruye los individuos, la familia y la cohesión social.

0 229

El 12 de julio publiqué en esta misma página y en colaboración con Anneliese Dörr, Ph. D., un artículo sobre los efectos que produce la marihuana en el cerebro, particularmente de los jóvenes, y el peligro que significaría la legalización de esta droga (y no de todas), por el mensaje implícito de una supuesta inocuidad. Pocos días después se conocieron las nuevas estadísticas del Senda, que mostraban un dramático aumento del consumo en los escolares durante los últimos diez años: alrededor de 100% en los alumnos de tercero y cuarto medio, 200% en los de segundo, 300% en los de primero, y 400% en los de octavo básico; vale decir, el consumo ha crecido más en aquellos escolares cuyo cerebro está más expuesto a los daños que esta droga produce. Ahora bien, si se analizan los datos en detalle, se puede observar que gran parte de este aumento se produjo a partir de 2009, lo que coincide con la campaña por legalizar la marihuana y la consecuente disminución de la percepción de riesgo.
Sin que esto signifique olvidar estas preocupantes cifras, la pregunta que quisiéramos plantearnos hoy es, sin embargo, otra: ¿hay alguna relación entre el masivo consumo de drogas que se está observando en el mundo, y en particular en Chile, con el tipo de civilización que estamos construyendo? Porque ocurre que el uso ocasional de sustancias que sacan al hombre de su estado de conciencia normal ha existido siempre. Lo vemos en Noé al bajarse del arca (Génesis 9, 18), en las fiestas dionisíacas, en el período que precede a la Cuaresma durante el Medievo, en los poetas malditos del siglo XIX, etcétera. Pero si esta búsqueda de un “estar fuera de sí” se transforma en una conducta habitual, y la ciencia ha demostrado en forma incuestionable el daño cerebral que estas drogas generan, nos encontramos frente a un severo problema de salud pública.

En nuestra opinión, la posmodernidad ha creado ciertas condiciones que favorecen esta conducta. Antes de intentar una caracterización de esta época, es necesario aludir aunque sea en forma breve a la época previa, la modernidad. Ésta nace a comienzos del siglo XVII con la experiencia de la duda -desconocida en las sociedades teocéntricas- la que se hace patente filosóficamente en la “duda metódica” de Descartes y literariamente en la figura de Hamlet. La separación absoluta entre el cuerpo y el espíritu postulada por el mismo Descartes va a conducir a la desacralización del cuerpo y de la naturaleza, lo que permitirá su estudio a través del método científico, elaborado y perfeccionado luego por Galileo, Newton y Leibniz.
De la duda y la aplicación del método científico va a surgir el extraordinario progreso de la ciencia y de la técnica durante los últimos siglos. Nuestra posmodernidad tiene en común con la modernidad la cosmovisión científico-natural, el imperio de la técnica y la sobrevaloración del trabajo y del rendimiento. Sin embargo, no todo este desarrollo ha sido positivo, y así es como Martin Heidegger ha denunciado el peligro que encierra el dominio sin contrapeso de la técnica en el mundo moderno (1954).

Pero la posmodernidad tiene también características propias, como la pérdida del sentido religioso, el predominio de la imagen sobre la palabra y la cosa (Heidegger dijo en una oportunidad: “El reemplazo de la realidad por su imagen: eso es la modernidad”), la hiper-comunicación, la obscenidad (en el sentido de hacerlo todo visible), la indiscreción y lo que yo he llamado con el neologismo “presentización” (1980). Esto último alude a la tendencia imperante a vivir sólo y lo más intensamente posible en el presente.

Así se observa, por una parte, un progresivo desprecio hacia la tradición y la autoridad, mientras los mitos que nos han sostenido por siglos van cayendo en el olvido, y, por otra, la incapacidad del mundo posmoderno de proyectarse hacia el futuro al no dimensionar, por ejemplo, lo que puede significar la destrucción de la naturaleza y la ruptura de los equilibrios ecológicos: nada menos que un suicidio colectivo a corto plazo.

Jean Baudrillard sostiene que una de las características fundamentales de la posmodernidad es la búsqueda desesperada del éxtasis, y que la necesaria consecuencia de ello sería la inercia (1984). Ahora bien, el consumo de drogas representa el caso extremo de este proceso y podría llevar incluso a la pérdida de la condición histórica de la existencia -la que, junto con el lenguaje, nos diferencia de los animales- al desaparecer en el éxtasis tanto el pasado, con sus responsabilidades, como el futuro con sus proyectos. Es el “fin de la orgía”, del que habla el mismo Baudrillard. Una sociedad con el alto consumo de drogas que tiene la nuestra, está condenada entonces a olvidar su historia y a que su futuro se transforme en posibilidades vacías.

Otto Dörr Academia de Medicina del Instituto de Chile

Centro de Estudios de Fenomenología y Psiquiatría UDP

http://www.elmercurio.com/blogs/2014/08/24/24631/Drogas-y-posmodernidad.aspx

Ayúdenos a llegar a miles de personas como usted.