El perro del hortelano

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Nos enfrentamos a un difícil escenario, en el que grupos ambientalistas se apropian de legítimas demandas que instrumentalizan según su ideología; se han opuesto y se opondrán a numerosos proyectos de inversión. (…)

El presidente de Icare ha dicho que “el gran desafío que tiene este país es el tema energético”, agregando que “los kilowatts no tienen ideología”. Pero no hay que olvidar que los opositores a los proyectos sí la tienen y por eso buscan su paralización.

La campaña “Aysén sin Represas” conducida por algunos de los grupos más radicales, con una propuesta anti-desarrollo muy nítida, rechaza la construcción de centrales en La Patagonia -que producirían 2.750 MW- por su envergadura. Pero poco sabemos de las campañas en contra de la central hidroeléctrica de pasada Añihuarraqui, en Curarrehue (9 MW) o del proyecto hidroeléctrico Pangui (9 MW), y podemos agregar el proyecto hidroeléctrico río Huichahue en Cunco, el de El Rincón en el río Truful-Truful (11 MW) o Río Caren (6 MW), por citar algunas de las decenas que están en proyecto con una fuerte oposición.

Se decía no a centrales como la de la Patagonia por ser megacentrales. Ya están paralizadas termoeléctricas e hidroeléctricos más grandes e incluso un proyecto eólico. Ahora van tras pequeñas centrales de pasada. El ex Presidente Alan García de Perú califica esta ideología como “la filosofía del perro del hortelano”. No nos equivoquemos en cuanto al objetivo de muchas de estas campañas: éste no es la sustentabilidad, es la nada. Es un no deliberado al crecimiento.

Para entender este fenómeno nada mejor que un libro publicado por la Fundación para la Ecología Profunda (financista de Patagonia sin Represas) Energy: Overdevelopment and the Dilusion of Endeless Growth. Ahí está descarnadamente la ideología que hay tras esto: ni eólicas, ni solares, ni gas, ni hidro, ni mareomotriz. Ni renovables ni tradicionales. Todo ello es crecimiento. Y este es malo para la naturaleza. Se sostiene en dicha obra que ninguna energía es benigna y todas, en menor o mayor grado, reducen la belleza del paisaje y la biodiversidad. El fundamento de fondo es un rechazo al desarrollo, y para eso hay que trabar el motor del crecimiento, que es la energía. Tener como medida ética la belleza y no el bien común, me parece, es un camino peligroso y discutible.
En esa misma línea me atrevo a aventurar que la minería es el otro sector que recibirá una fuerte embestida. Entre otras estrategias, está la de indigenizar los proyectos para paralizarlos. Habrá que ver los resultados del trabajo que hace el relator de Naciones Unidas para los pueblos indígenas, Fernando Anaya, sobre “Pueblos indígenas e industrias extractivas”. Seguramente se convertirá en un nuevo instrumento ideológico.

Carlos Martínez
Cientista político

NOTA ORIGINAL LA TERCERA

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