Homilía del P. Cantalamessa, en Viernes Santo, en la Basílica de San Pedro ante el Papa Francisco

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Ciudad del Vaticano, 29 de Marzo de 2013 Párrafos finales

Tenemos que hacer todo lo posible para que la Iglesia se parezca cada vez menos a aquel castillo complicado y sombrío descrito por Kafka, y el mensaje pueda salir de él tan libre y feliz como cuando comenzó su carrera.

Sabemos cuáles son los impedimentos que puedan retener al mensajero: los muros divisorios, partiendo de aquellas que separan a las distintas iglesias cristianas, la excesiva burocracia, los residuos de los ceremoniales, leyes y controversias del pasado, aunque se han convertido ya en detritos.

En el Apocalipsis Jesús dice que está en la puerta y llama. A veces, como ha observado nuestro papa Francisco, no golpea para entrar, sino desde adentro porque quiere salir hacia las periferias existenciales del pecado, del dolor, de la injusticia, de la ignorancia, de la indiferencia religiosa, de toda forma de miseria.

Ocurre como con algunos edificios antiguos. A través de los siglos, para adaptarse a las necesidades del momento, se les llenas de divisiones, escaleras, de habitaciones y cubículos pequeños. Llega un momento en que se ve que todas estas adaptaciones ya no responden a las necesidades actuales, sino que son un obstáculo, y entonces hay que tener el coraje de derribarlos y llevar el edificio a la simplicidad y la sencillez de sus orígenes.

Fue la misión que recibió un día un hombre que estaba orando ante el crucifijo de San Damián: “Ve, Francisco y repara mi Iglesia”.

“¿Quién está a la altura de este encargo?”, se preguntaba aterrorizado el apóstol Pablo frente a la tarea de ser en el mundo “el perfume de Cristo”, y he aquí su respuesta que vale también hoy.

No porque podamos atribuirnos algo que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios, quien nos ha dado el don para que seamos los ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida (2 Cor. 2, 16; 3, 5-6).

Que el Espíritu Santo, en este momento en que se abre para la Iglesia un tiempo nuevo, lleno de esperanza, reavive en los hombres que están en la ventana a la espera del mensaje, y en los mensajeros, la voluntad de hacérselo llegar, incluso a costa de la vida.

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