De mártires, adúlteros y uniones homosexuales

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–Ya iba siendo hora ¿no?

–Comencé a escribir este artículo antes del 6 de febrero, memoria de los mártires de Nagasaki, pero no me han dejado terminarlo hasta hoy.

San Juan Bautista, poco antes de la muerte de Jesús, sufrió el martirio por denunciar públicamente el adulterio del rey Herodes Antipas, a quien le decía «que no le era lícito tener a la mujer de su hermano» (Mc 6,17-18; cf. Mt 14,3-12; Flavio Josefo, Antigüedades XVIII,2). Podría Juan haber callado, como lo hacían aquellos sacerdotes y fariseos de su tiempo, que «filtraban un mosquito y se tragaban un camello» (Mt 23,24). Pero no quiso callar, por mantenerse fiel a Dios, que le había elegido como profeta para hablar en Su nombre, y como precursor de Jesús, que vino al mundo «para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Nada hay en este mundo tan peligroso como afirmar la verdad y combatir el error, o mejor, los errores, que siempre son múltiples. El que lo hace se enfrenta contra el Príncipe de este mundo, el diablo, «que es homicida, mentiroso y Padre de la mentira» (8,44).

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San Pablo Miki y compañeros mártires (+5-II-1597). El Señor les conceda leer en la Liturgia de las Horas la bellísima crónica de su glorioso martirio (www.gratisdate.org, pestaña Lecturas Espirituales de la Iglesia, Liturgia de las Horas). El testimonio de fe de aquellos 26 mártires de Cristo, varios de ellos hacía poco salidos del paganismo, es muy particularmente elocuente y conmovedor. Jesuitas y franciscanos, sacerdotes o coadjutores, catequistas, laicos artesanos o profesionales: adultos, jóvenes y también niños, como San Luis Ibaraki, doce años, que ríe y canta al Señor, crucificado, como lo estaban todos sus compañeros, que rezan salmos y otras oraciones, y se animan alegres unos a otros, a la espera de que una lanzada en el costado les traiga la muerte, es decir, la vida eterna…

¿Qué Evangelio, qué catequesis, qué ejemplo de vida habían recibido de los misioneros estos cristianos nuevos, tan recientemente sacados de las tinieblas del paganismo, en el que idolatría, abortos, adulterios, uniones homosexuales, concubinatos, eran normales?

San Francisco de Javier (1506-1552) inicia la evangelización del Japón en 1549, con permiso del daimyo de Kagoshima, Shimazu Takahisa. Predica en la calle, en alguna casa, e incluso llega a predicar en la corte de algunos jerarcas japoneses. El texto que sigue es de mi libro El martirio de Cristo y de los cristianos (Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2003, cp. 8, págs. 121-122).

«Estando en el Japón, pronto conoció los grandes errores y perversiones morales que aquejaban al pueblo, especialmente a los bonzos y principales. “A la poligamia se unía el pecado nefando [la sodomía homosexual], mal endémico, propagado por los bonzos, como práctica celestial, introducida desde China y compartida hasta en la alta sociedad públicamente y sin respetos… Los bonzos traían consigo sus afeminados muchachos… Los nobles principales tenían alguno o algunos pajes para lo mismo…” (J. M. Recondo, S. J., San Francisco Javier, BAC, Madrid 1988, 765).

«Así las cosas, estando Javier en Yamaguchi en 1550, se le da ocasión de predicar la ley de Dios ante numerosa y docta audiencia en la residencia del daimyo Ouchi Yoshitaka, personalmente adicto a la secta Zen. “Mientras el buen hermano [Juan Fernández, el intérprete] predicaba [leyendo del libreto preparado por Javier], Javier estaba en pie, orando mentalmente, pidiendo por el buen efecto de la predicación y por sus oyentes”. La predicación trataba primero de la Creación del mundo, realizada por un Dios único todopoderoso, y de cómo en aquella nación, el Japón, ignorando a Dios, “adoraban palos, piedras y cosas insensibles, en las cuales era adorado el demonio”, el enemigo de Dios y del hombre. En segundo lugar, denunciaba “el pecado abominable”, que hace a los hombres peores que las bestias. Y el tercer punto de que trataba es del gran crimen del aborto, también frecuente en aquella tierra (Recondo 762; cf. 765-766).  

«La predicación de Javier, desde luego, a ninguno deja indiferente. Unos la oyen con admiración, otros se ríen, mostrando quizá compasión, o más bien desprecio. Pero va llegando un momento en que la situación se hace gravemente peligrosa. Había “mucha atención en casi todos los nobles, pero no faltaban quienes, recalcitrantes contra el aguijón, lo insultaban. Perdida la cortesía y las buenas maneras proverbiales, los nobles les tuteaban; entonces Javier mandaba a Fernández que no les diera tratamiento. ‘Tutéales –decía– como ellos me tutean’ […]” (ib. 763).

“Juan Fernández temblaba, y la emoción se acrecentaba cuando, tras los insultos, el noble samurai acariciaba tal vez la empuñadura de la espada. Horrorizado, confesaba [el Hermano Fernández] que era tal la libertad, el atrevimiento del lenguaje [parresía] con que el Maestro Francisco les reprochaba sus desórdenes vergonzosos, que se decía a sí mismo: ‘Quiere a toda costa morir por la fe de Jesucristo’. Cada vez que, para obedecer al Padre, Juan Fernández traducía a sus nobles interlocutores lo que Javier le dictaba, se echaba a temblar esperando por respuesta el tajo de la espada que había de separar su cabeza de los hombros. Pero el P. Francisco no cesaba de replicarle: ‘en nada debéis mortificaros más que en vencer este miedo a la muerte; por el desprecio de la muerte nos mostramos superiores a esta gente soberbia; pierden otro tanto los bonzos a sus ojos, y por este desprecio de la vida que nos inspira nuestra doctrina podrán juzgar que es de Dios’ ” (Ib., 763-764).                                          

«En aquella ciudad de Yamaguchi había un centenar de templos sintoístas y budistas, y unos cuarenta monasterios de bonzos y de bonzas. Las escenas que hemos evocado se produjeron a finales de 1550, y ya a mediados de 1551 se habían convertido y bautizado unos quinientos japoneses: y “eran sobre todo cristianos de verdad” (Ib., 784), como pudo comprobarse al paso de los años y de los siglos. Los mártires japoneses de Nagasaki (1597), por ejemplo, admirablemente valerosos, eran hijos o nietos del mártir Javier. La predicación fuerte del Evangelio engendra hijos fuertes de Dios en este mundo».

Cuando San Francisco de Javier parte del Japón en 1551, deja unos 2.000 cristianos, y la Iglesia sigue floreciendo tanto que ya en 1579 hay en el imperio del Sol Naciente unos 150.000 cristianos y 54 jesuitas, 22 de ellos sacerdotes.

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Los niños mártires de Tlaxcala, Beato Cristóbal (+1527) y Beatos Juan y Antonio (+1529), son en México igualmente unos testigos formidables del Evangelio primero que allí comenzó a predicarse. Este inicio de la fe en México puede referirse al año 1520, cuando los cuatro señores de Tlaxcala reciben el bautismo, apadrinados por capitanes de Cortés; o en 1524, «el año en que vino la fe», cuando llega el grupo de doce franciscanos, misioneros formidables. Pues bien, de ese tiempo procede esta historia, bien significativa, que re­fiere el franciscano Fray Toribio de Benavente (Motolinía) (1490-1569), uno de aquellos doce, en su Historia de los indios de la Nueva España [1541], Historia 16, Madrid 1985). Esta vez transcribo de mi obra Hechos de los apóstoles de América(Fund. GRATIS DATE, Pamplona 20033, 123-126).

Escribe Motolinía: «Como en el primer año que los frailes menores poblaron en la ciudad de Tlaxcallan recogiesen los hijos de los señores y perso­nas principales para los enseñar en la doctrina de nuestra santa fe, los que servían en los templos del demonio no cesaban en el servi­cio de los ídolos, y inducir al pueblo para que no dejasen sus dio­ses, que eran más verdaderos que no los que los frailes predica­ban».

Sin embargo, los indios neo-cristianos eran muchas veces los más apasionados para destruir aquellos ídolos y templos bajo cuyo engaño opresivo habían servido al Diablo; pero los casos de persecu­ción sangrienta de los ministros indígenas, fueron muy infrecuentes. Mucho más frecuente fue el martirio de los misioneros cristianos. Todas las órdenes misioneras de América adornan su historia con una numerosa corona de mártires. Fueron pocos, en cambio, los martirios de indios neo-conversos; pero aun así se dieron casos realmente conmovedores, como el que narra el padre Motolinía: el martirio de los tres niños tlaxcaltecas (ob. cit. III, 14, 412-421). También está referido por Fray Gerónimo de Mendieta, OFM (1525-1604), que vivió en México desde 1554, en su Historia eclesiástica indiana, lib. V, que trata de los Frailes menores que han sido muertos por la predicación del Santo Evangelio en esta Nueva España.

El Beato Cristóbal (+1527) era hijo de Acxotécatl, noble de Tlaxcala, que «tenía sesenta mujeres, y de las más principales de ellas tenía cuatro hijos», el mayor de los cuales, el más querido de su padre, se hizo cristiano a los doce o trece años de edad, gracias a la evangelización, catequesis y ejemplo que recibió en la escuela de los franciscanos. Y era un cristiano tan de verdad, que predicaba a los otros niños, a los mayores, y «al mismo padre decía que dejase los ídolos y los pecados en que estaba, porque todo era muy gran pecado, y que se tornase y conociese a Dios del cielo y a Jesucristo su Hijo, que le perdonaría, y que esto era verdad porque así lo enseñaban los padres que sirven a Dios». El padre se enfurecía al oírle, y un día acabó por matarlo dándole patadas y palos, mientras el niño rezaba por él, y echándolo finalmente al fuego y apuñalándolo.

Los Beatos Juan y Antonio (+1529), dos años después, quisieron acompañar a unos dominicos que habían solicitado a Fray Martín de Valencia, guardián de los franciscanos, la ayuda de algún niño para un viaje de evangelización. Advertidos por el guardián franciscano de la peligrosidad de su misión, respondieron: «Padre, para eso nos has enseñado lo que toca a la verdadera fe. Nosotros estamos aparejados para ir con los padres». Ellos conocían la lengua, y por ser niños solían ser respetadas sus vidas. Pero en este caso los dos niños fueron muertos por los que querían defender sus ídolos. Antonio era nieto de Xicotencatl, uno de los cuatro primeros señores de Tlaxcala que recibieron el bautismo. Todos lloraron sus muertes, y especialmente Fray Martín, que había autorizado su aventura, y que, por otra parte, «se consolaba en ver que había ya en esta tierra quien muriese confesando a Dios».

¿Qué Evangelio, qué catequesis, qué ejemplo de vida habían recibido de los misioneros estos cristianos nuevos, incluso siendo niños, tan recientemente sacados de las tinieblas del paganismo, en el que idolatría, abortos, adulterios, uniones homosexuales, concubinatos, eran normales?

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San Carlos Lwanga y otros veintiún mártires católicos de Uganda murieron por su fidelidad a Cristo en la hoguera (+1886). El rey Mwange, siendo príncipe heredero, mostró cierto aprecio por los misioneros cristianos; pero cuando llegó a reinar los persiguió con gran saña. Por influjo de sus amistades árabes, Mwanga se aficionó al ejercicio de la homosexualidad, en general reprobada totalmente en las culturas de África. Al sufrir la denuncia de los cristianos, se volvió contra ellos, especialmente contra los que siendo pajes de su corte se negaban a sus deseos lujuriosos. Ésa fue una de las causas por las que en 1885 mandó desmembrar y quemar a cuarenta y cinco miembros de la comunión anglicana. Y en 1886 hizo matar en la hoguera al que había sido su favorito, Carlos Lwanga, con otros veintiún compañeros católicos. Todos ellos no quisieron guardar su vida, sino que amaron más a Cristo que a su propia vida, y por nada del mundo querían separarse de Él. Fueron canonizados por Pablo VI en 1961.

¿Qué Evangelio, qué catequesis, que ejemplo de vida habían recibido de los misioneros estos cristianos nuevos, tan recientemente sacados de las tinieblas del paganismo, donde tantos y tan variados pecados contra la castidad eran normales?

Actualmente la mayoría de los ugandeses son cristianos. Y Uganda ha sido, significativamente, el país africano que más ha empleado los medios honestos para frenar eficazmente la epidemia del SIDA. Por otra parte, marcada la Iglesia en Uganda por sus orígenes martiriales, puede suponerse cuál es la actitud de sus Obispos y de sus fieles en contra de un reconocimiento en la Iglesia católica de las uniones homosexuales o de la institución en la comunión Anglicana de homosexuales activos como obispos y pastores, sean hombres o mujeres.

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La Beata Isabel Canori Mora (1774-1825), esposa santísima, que sufrió a un marido absolutamente sin-vergüenza, sin ceder nunca a sus amigos y familiares, que le aconsejaban separarse o divorciarse de él, puede ser para nosotros un caso admirable de martirio incruento. Ella sufrió durante años un verdadero martirio por defender en su vida la indisolubilidad del vínculo conyugal. Su marido, infiel a ella una y otra vez, llegó en alguna ocasión a llevar a su casa a su amante. Isabel tenía que quedarse en algún rincón de la casa y, llegado el caso, servirles como si fuera la empleada doméstica. Conocemos su vida con todo detalle gracias a las informaciones escritas por su hija religiosa.

Después de la muerte de Isabel, no antes, su marido Cristóbal, vencido por la santidad de su difunta esposa, se convirtió de su pésima vida libertina, se hizo terciario trinitario (1825), ingresó como hermano lego en los franciscanos (1834), donde más tarde fue ordenado sacerdote. Y murió en 1845 con fama de santidad. A la Beata Isabel le dediqué un capítulo de mi libro Evangelio y utopía (Fund. GRATIS DATE, Pamplona 1998, 149-152).

El amor de Dios establece en la Nueva Alianza un vínculo de amor conyugal indisoluble entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. Este vínculo de amor resiste inquebrantable, aunque tantos pecados e infidelidades (adulterios) se dan en quienes integramos la Iglesia. Pero no se rompe el vínculo: sigue vivo porque Dios es fiel a sus propios dones y su misericordia permanece siempre activa por los siglos, y hasta el último momento de nuestra vida nos está llamando con la puerta de su gracia siempre abierta, dispuestos a perdonarnos y acogernos.
Así es el vínculo conyugal indisoluble que une al esposo y la esposa. Un amor que, si se produce la infidelidad, el desamor, la ofensa, incluso el adulterio, por parte de uno de los cónyuges, como en el caso de la Beata Isabel Canori Mora, «aguanta» firme por parte del cónyuge fiel, que no quiere abandonar a su suerte al cónyuge pecador e infiel, para colaborar así con Dios en su salvación, participando de la pasión de Cristo. Ése fue el amor de Isabel por Cristóbal, que permaneció siempre vivo y fiel sostenido por el amor de Cristo Esposo, que en su providencia los había unido para siempre.

¿Qué Evangelio, qué catequesis, que ejemplo de vida habían recibido de los sacerdotes trinitarios que les dieron formación y guía espiritual tanto la Beata Isabel como su amiga la Beata Ana María Taigi (1769-1837)?

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–Una «pastoral radicalmente nueva». En la preparación del Sínodo de la familia (2014-2015) hemos sido escandalizados con frecuencia por algunos teólogos, Obispos y Cardenales que están promoviendo con gran empeño unos cambios radicales en la pastoral católica, de tal modo que puedan lograr los homosexuales activos un cierto «reconocimiento» de la Iglesia, y sea posible para los que viven en adulterio el acceso a la comunión eucarística.

Unos y otros, gracias a esta pastoral nueva –realmente nueva, porque siempre ha sido condenada en la historia de la Iglesia– podrán persistir en su situación de pecado con buena conciencia. Dicen que de este modo, aquellos cristianos que está «institucionalmente» en situaciones irregulares, no se sentirán «excluidos» de la Iglesia. Comprobarán que la Ella es madre bondadosa, que acoge a todos sus hijos, sea cual fuere la vida que lleven. Con lo cual se verán libres de muchos sufrimientos, y sin salir del pecado, vivirán con dignidad en la paz.

Según estas enseñanzas, que han sido causa de confusión y de muy grande sufrimiento para no pocos católicos, los cónyuges de matrimonios fracasados tienen derecho a rehacer sus vidas en unas nuevas nupcias, tienen derecho a ser felices, a intentarlo al menos; en una palabra, tienen derecho al adulterio. De modo semejante, las personas de clara y persistente inclinación homosexual tienen también derecho a ser felices, estableciendo uniones estables, que deben ser respetadas en la Iglesia, como lo son en la sociedad civil. De otro modo, la sociedad sería madre, en tanto que la Iglesia sería madrastra hostil. Etc., etc., etc. Oigamos las voces de algunos altos eclesiásticos que se pronuncian públicamente en esta dirección y propugnan una pastoral de la familia radicalmente nueva, contraria a la que la Iglesia ha tenido siempre y en todo lugar.

El Arzobispado de Friburgo de Brisgovia, Alemania, en septiembre de 2013 publica un texto de su equipo pastoral en el que parece considerarse más respetable el adulterio cuanto más larga y públicamente se haya mantenido: «la segunda comunidad conyugal debe, durante un tiempo prolongado, haber dado muestras de una voluntad decidida y públicamente manifestada de vivir juntos de manera permanente, según el orden establecido del matrimonio, como realidad moral»… Estas parejas «en razón de los valores humanos que realizan conjuntamente, y sobre todo por su disponibilidad a tomar la responsabilidad del uno por el otro de manera pública y jurídica, merecen un reconocimiento moral». Seguidamente, se describe la celebración «litúrgica» en la que con solemnes oraciones se bendice a estas parejas, comenzando por encender una vela en el santo Cirio pascual. Y se propone también un rito, que eventualmente puede ser celebrado, para la bendición de sus familia y de sus casas…

R.P. Adolfo Nicolás, S.J. Superior General de la Compañía de Jesús

http://www.scu.edu/scm/winter2010/shapingfutureintroduction.cfm

 

El padre Adolfo Nicolás, S.J., superior general de la Compañía de Jesús, declara en una entrevista (10-VII-2014), a propósito del Sínodo que pronto se iba a iniciar, que «puede haber más amor cristiano en una unión canónicamente irregular que en una pareja casada por la Iglesia». ¿Y en cuanto a la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar?, le preguntan. «No se puede impedir que el Sínodo discuta al respecto, como habrían querido algunos. Los obispos no fueron convocados para insistir en ideas abstractas a golpe de doctrina, sino para buscar soluciones a cuestiones concretas»…

El Cardenal Walter Kasper, desde los años 70 del siglo pasado, propugna que, al menos en algunos casos, se dé la comunión eucarística a personas que viven en adulterio. En su Ponencia del Consistorio de Cardenales (Roma 20-II-2014), preparatorio del Sínodo de octubre de ese año, dijo ya en sustancia lo mismo que expuso en el discurso de apertura del propio Sínodo: «Muchas personas abandonadas por su pareja dependen para el bien de sus hijos de una nueva relación y de un matrimonio civil, que no pueden volver a disolver sin imputarse una culpa. Muchas veces, después de haber tenido anteriormente experiencias amargas, experimentan en estas uniones la felicidad, un regalo del cielo» (ponencia publicada en Verlag Herder, 10-III-2014, Evangelium von der Familie, pg. 55)…

En tales casos, dice Kasper en el aludido Consistorio sobre la familia  (también publicada en Il Foglio y editada en la Queriniana), no se debe negar la comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar, alegando que «precisamente la no participación en la comunión es un signo de la sacralidad del sacramento […] ¿No es tal vez una instrumentalización de la persona que sufre y pide ayuda si hacemos de ella un signo y una advertencia para los otros? ¿La dejaremos morir sacramentalmente de hambre para que otros vivan?»… Darles acceso a la comunión viene exigido incluso por el bien de los hijos. «Efectivamente, cuando los hijos de los divorciados vueltos a casar no ven a sus padres acercarse a los sacramentos, normalmente tampoco ellos encuentran el camino hacia la confesión y la comunión. ¿No tendremos en cuenta que perderemos también a la próxima generación y, tal vez, también a la siguiente? ¿Nuestra praxis consumada no demuestra ser contraproducente?»…

Mons. Darío de Jesús Monsalve, Arzobispo de Cali, Colombia, declara en una entrevista (15-X-2014): «¿Es posible una apertura de la Iglesia frente al tema de las parejas del mismo sexo? […] Esas parejas expresan algo constructivo y positivo de lo humano, que es el afecto. Una sociedad no puede ser violenta con personas que expresen afectos distintos a los institucionales que tiene la sociedad para organizar la vida de hombres y mujeres. En ese sentido, la Iglesia puede ayudar a entender esas manifestaciones como válidas, es decir que se dan, y ayudar a las personas a construir sus vidas. No debemos crear conflicto con esas relaciones, porque ya bastantes conflictos tiene la humanidad como para convertir en problemático algo que debería ser aceptado»…

Mons. Víctor Manuel Fernández, Arzobispo, rector de la Universidad Católica de Buenos Aires, declara en un periódico argentino (21-X-2014), comentando el Sínodo, que «muchos han insistido en las segundas uniones que llevan muchos años, que viven con generosidad y que han tenido hijos. La mayoría considera que sería cruel pedirles que se separen, provocando un sufrimiento injusto en sus hijos. Por eso seguimos pensando en la posibilidad de que puedan comulgar»…

Mons. Santiago Agrelo, OFM, Arzobispo de Tánger, en una entrevista de Radio Huesca (16-XI-2015), responde así a una pregunta sobre la posible comunión eucarística de los divorciados vueltos a casar: «Imagínate, ¡cuántos conozco yo! Personas que en el matrimonio han vivido un infierno y que divorciados, como se suele decir, han rehecho una vida, y lo han hecho seriamente, lo han hecho en profundidad, humanamente; es decir, esa segunda oportunidad que se presenta en la vida de las personas; un crecimiento, un desarrollo… ¡un acercamiento personal a Dios! ¡Estoy seguro de ello! ¡Un acercamiento personal a Dios! ¿Cómo no lo voy a comprender yo como obispo, cómo no lo voy a acompañar? No en nombre de principios, ¡qué va! Yo con los principios, en ese sentido, no sé qué hacer.  Lo importante son las personas que tengo delante. El Señor no me dijo que tenía que hacerme defensor de principios, en ningún sitio. Sí que me ha pedido acompañar a las personas, acompañarlas en su camino, en su vida»…

Mons. Johan Bonny, Obispo de Amberes

http://gloria.tv/media/rJPHakruwz4

Mons. Johan Bonny, Obispo de Amberes, Bélgica, colaborador en Roma del Card. Kasper durante varios años, dice en una entrevista del diario flamenco «De Morgen» (27-XII-2014): «Debemos buscar en el seno de la Iglesia un reconocimiento formal de la relación que también está presente en numerosas parejas bisexuales y homosexuales. Al igual que en la sociedad existe una diversidad de marcos jurídicos para las parejas, debería también haber una diversidad de formas de reconocimiento en el seno de la Iglesia […] Todo el mundo quiere vivir su propia vida en lo referente a las relaciones, amistades, familia y educación de los hijos […] Demasiada gente ha sido excluida [de la Iglesia] por mucho tiempo»…

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Comentario mío final. No he hecho crítica de esas declaraciones porque ya en InfoCatólica han sido ampliamente refutadas, especialmente en el blog de Bruno Moreno, en la serie Polémicas matrimoniales. En todo caso, apunto dos ideas.

Mala doctrina. Es de notar que nada de lo que esos altos eclesiásticos enseñan y propugnan tiene base alguna en Escritura, Tradición y Magisterio apostólico. Más bien es patentemente contrario a esa triple fuente, que mana en Cristo el agua viva divina, la única que comunica al hombre el pensamiento y la vida de Dios. Toda consideración doctrinal católica, como señala el concilio Vaticano II (Dei Verbum 10), ha de brotar de esas tres fuentes complementarias. Cuando se ignoran, o más aún se contrarían Escritura, Tradición y Magisterio de la Iglesia, todo lo que se diga y argumente son palabras vacías, falsas, que no valen nada; no son realmente teología, sino pensamientos puramente humanos. Menos aún, no llegan a ser pensamientos: son pensaciones, esto es, sentimientos que operan como si fueran pensamientos; o si se quiere, pensamientos que no proceden de la razón, y menos de la fe o de la ratio fide illustrata, sino meramente del sentimiento o/y de la voluntad: sit pro ratione voluntas [Mi voluntad sírvame de razón] (Juvenal). Quienes así hablan piensan como los hombres, no como Dios (Mt 16,23).

Evitación de la Cruz y amistad con el mundo. Los que autorizan a los fieles a eludir la Cruz con buena conciencia rechazan la enseñanza de Cristo, que «decía a todos [no sólo a un grupo de ascetas o de vírgenes consagradas]: el que quiera venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque quien quiere guardar su vida la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa, la salvará» (Lc 9,23-24; y Mt 16,24-25; Mc 8,34-35). Esto significa que quienes autorizan a rechazar la voluntad de Dios cuando toma forma de cruz, son «enemigos de la cruz de Cristo, y su término será la perdición» (Flp 3,18-19). Quienes permiten e incluso recomiendan a los fieles a que guarden su vida en este mundo, les ayudan a corromperla y perderla. Quienes enseñan a soslayar la Cruz se hacen amigos del mundo y se ganan su alabanza, sin tener en cuenta que «la amistad con el mundo es enemistad con Dios» (Stg 4,4). Quienes evitan el Evangelio cuando se hace camino estrecho, conducen a su rebaño por el camino ancho, y lo llevan a las tinieblas y a la muerte (Mt 7,13-14). Por eso el destino de las Iglesias locales que rechazan la Cruz y procuran la amistad del mundo es la extinción.

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Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) (1891-1942), alemana, explica toda la descristianización actual de Occidente por el rechazo de la Cruz de Cristo. En su meditación Exaltación de la Cruz, escrita en esa fiesta litúrgica (14-IX-1939), el día en que su comunidad renovaba los votos, escribe:

«El Crucificado nos mira y nos pregunta si aún seguimos dispuestas a mantenernos fieles a lo que prometimos en una hora de gracia. Y no sin razón nos hace esta pregunta. Hoy más que nunca la cruz se presenta como un signo de contradicción. Los seguidores del Anticristo la ultrajan mucho más que los persas cuando robaron la cruz [en la batalla de Hattin, 1187]. Deshonran la imagen de la cruz y se esfuerzan todo lo posible para arrancar la cruz del corazón de los cristianos. Y muy frecuentemente lo consiguen, incluso entre los que, como nosotras, hicieron un día voto de seguir a Cristo cargando con la cruz. Por eso hoy el Salvador nos mira seriamente examinándonos, y nos pregunta a cada una de nosotras: ¿Quieres permanecer fiel al Crucificado? ¡Piénsalo bien! El mundo está en llamas [cf. Sta. Teresa, Camino Perfección 1,5], el combate entre Cristo y el Anticristo ha estallado abiertamente. Si te decides por Cristo, te puede costar la vida».

Todas las enseñanzas de Cristo sobre la Cruz, expresadas en su palabra y en su vida, tal y como siempre han sido enseñadas por la Iglesia, fueron entendidas perfectamente por Juan Bautista, por Esteban y Pablo, por los mártires de Nagasaki, los niños mártires de Tlaxcala, los mártires de Uganda, la Beata Isabel Canori, por todos los santos de la historia de la Iglesia, cada uno siguiendo el camino de su vocación propia. Todos pensaban como Dios, no como los hombres. Todos tomaron la cruz para seguir de cerca a nuestro Señor Jesucristo, sin rechazarla o eludirla. Puede esto comprobarse en la serie La Cruz gloriosa, que se halla en este mismo blog (137-158).

Per crucem ad lucem.    José María Iraburu, sacerdote

 

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