Nuestro dilema constitucional

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Lo dicho explica la importancia que Michelle

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Bachelet   otorga  al  problema  constitucional.  Sin  la  eliminación de los cerrojos

institucionales que  impiden a las  mayorías  alterar  lo impuesto  por una  minoría

hace tres décadas, será  muy difícil que  nuestra sociedad abandone un modelo de

sociedad cuya radicalidad neoliberal

                                             Alfredo Joignant. Javier Couso Universidad Diego Portales

(…) Lo complicado es que la persona que resulte electa deberá lidiar con una institucionalidad que hará extremadamente difícil alterar las matrices fundamentales del modelo actual, que se ha revelado a muchos chilenos como una versión especialmente extrema de la ideología neoliberal, por su fe ciega en las “soluciones privadas a los problemas públicos” (que ha redundado en una verdadera “privatización de lo público”) y por su adhesión a la idea de que todo lo importante (la educación, la salud y la protección contra las inclemencias de la vejez) se debe adquirir en el mercado, de acuerdo al poder adquisitivo.

Para los observadores de derecha, los cerrojos constitucionales que podrían impedir llevar adelante un mandato popular de reformas profundas al modelo representan un aspecto virtuoso de nuestra institucionalidad, puesto que evitarían que “mayorías ocasionales” alteren las reglas básicas que han prevalecido en las últimas décadas. Dado que quienes impusieron la Constitución de 1980 representaron una “minoría ocasional”, se busca legitimidad arguyendo que en 1989 más de un 90% de los chilenos aprobaran las reformas constitucionales negociadas entre la dictadura saliente y los sectores democráticos. Lo que ese ensayo de justificación omite, es que entonces la oposición no tuvo más remedio que aceptar las graciosas concesiones ofrecidas por el régimen militar, so pena de que una carta aún más autoritaria siguiera en pie. Lo mismo corre para cada una de las reformas constitucionales que siguieron: no hay una sola coma de la Constitución de 1980 que no haya sido modificada sin la anuencia de los “herederos políticos” del régimen militar (los que se pueden identificar, aun hoy, por su dificultad en pronunciar la palabra “dictadura”).

Lo dicho explica la importancia que Michelle Bachelet otorga al problema constitucional. Sin la eliminación de los cerrojos institucionales que impiden a las mayorías alterar lo impuesto por una minoría hace tres décadas, será muy difícil que nuestra sociedad abandone un modelo de sociedad cuya radicalidad neoliberal ha sido incluso denunciada por una publicación ubicada en la derecha del espectro ideológico, el diario británico “Financial Times” que, en meses recientes, resumió con estas palabras la problemática de nuestro país: “La oligárquica economía de laissez faire de la tortuosa dictadura de Augusto Pinochet fue mantenida en gran medida por sus sucesores elegidos. Se ha producido un crecimiento que ha reducido drásticamente la pobreza, pero no ha corregido las fisuras socioeconómicas profundas que dividen la sociedad chilena”.

Sería alentador que nuestra derecha se alineara con sus pares menos ideologizados de otras latitudes. Acceder a terminar con los cerrojos constitucionales heredados de la dictadura sería un buen comienzo. La demanda de una nueva Constitución es un reclamo que se origina en que todos sintamos lealtad hacia la norma básica que rige nuestra vida en común. http://diario.latercera.com/2013/08/26/01/canal/opinion/11.html

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