NO a reformas socialistas, SI a mejoras

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El qué y el cómo

“Cuando se hacen reformas tan profundas, es tanto más recomendable ir de a poco, con mucho estudio y mucho consenso…” 28 de noviembre de 2014
David Gallagher

 

Un gran logro de Michelle Bachelet es el de haber convencido a una mayoría de chilenos de la importancia para el país de todo un conjunto de objetivos nuevos. Por ejemplo, que haya más igualdad de oportunidades, porque es no solo injusto, sino ineficiente que no florezcan los talentos que hay repartidos por Chile. Que por tanto hay que mejorar drásticamente la educación. Que hay en especial que tener una floreciente educación pública, y que hay que recaudar más en impuestos para lograr estos fines.

Si muchas de estas ideas parecen hoy obvias, es mérito de la Presidenta. ¿Por qué entonces -si está implementando las reformas correspondientes- le va tan mal en las encuestas? ¿Por qué hay tanto desconcierto?

El problema está en los medios escogidos para lograr los objetivos señalados. La reforma tributaria -ideada nadie sabe por quién- es tan enredada que sólo los expertos tributarios más diestros dicen entenderla, aun cuando aseveren que no se va a poder implementar sin cambios. Todo esto en un mundo en que lo racional es ir a un sistema tributario simple, que por serlo es imposible de evadir. La reforma educacional hasta ahora se concentra en destinar el enorme esfuerzo tributario, no a inversiones que mejoren la calidad, sino a pagar compensaciones y a sustituir copagos. Si bien esos pueden ser objetivos deseables en el largo plazo, cuesta creer que son prioritarios frente al colosal desafío de levantar la educación pública. En cuanto a la reforma laboral, poco sabemos todavía de ella. En la Enade ayer, el ministro de Hacienda dijo, como para consolar a su audiencia, que iba a entrar en vigencia de a poco, lo que me pareció inquietante, ya que eso sugiere que él mismo la considera nociva para la inversión. Todo indica que la prioridad va a ser aumentar el poder de negociación de los sindicatos, y que van a ser ignorados los dos millones de ciudadanos que podrían entrar a la fuerza de trabajo si se permitieran contratos laborales más flexibles. Ése sí sería un medio eficaz para reducir la desigualdad, porque multiplicaría en un hogar a las personas que pueden trabajar. En cuanto al fin de la selección por aptitud en la enseñanza media, el resultado puede ser que la única élite que nos quede sea la educada en colegios privados pagados.

Digo “puede ser” porque hay mucho que nadie sabe en estos temas. Por eso cuando se hacen reformas tan profundas, es tanto más recomendable ir de a poco, con mucho estudio y mucho consenso. Era como lo hacía la Presidenta en su primer mandato, cuando hizo una reforma como la previsional. Esta vez ha permitido que alguna gente le idee engendros legislativos que, por irracionales, nos tienen perplejos, aún más porque, en vez de someterlos a una sana discusión, tildan de desleales a quienes piden debatirlos. Exigir lealtad incondicional de esa forma es de sectas, no de gobiernos democráticos. El resultado es que muchos en la Nueva Mayoría no se atreven a ventilar las críticas constructivas que se les van ocurriendo.

Insisto en que es un mérito de la Presidenta haber instalado en el país estos objetivos. En cuanto a los medios propuestos, hay quienes afirman que es ella misma quien exige imponerlos. Me cuesta creerlo. Estoy convencido de que en alguna parte -no sé dónde- hay gente poco profesional en que ella ha tenido que confiar, que le ha confeccionado medidas que, en el mejor de los casos, desvirtúan los objetivos buscados.

Es incómoda la sensación que deja esta gente no electa que no se conoce y no se ve. Felizmente hay ministerios en que se trabaja con profesionalismo y transparencia. Estos constituyen una sólida base sobre la cual la Presidenta podría construir un segundo tiempo productivo, como el de su primer mandato.

http://www.elmercurio.com/blogs/2014/11/28/27242/El-que-y-el-como.aspx

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