La mujer de Lot

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Uno de los pasajes con mayor simbolismo de la Biblia es el de la huida de Lot y su familia desde Sodoma. Como recordarán, en el Génesis se relata que los ángeles dijeron a Lot que saliera de la ciudad, junto a su mujer y sus hijas, pero no miraran hacia atrás; sin embargo, su mujer desobedeció la orden, se dio vuelta y quedó convertida en estatua de sal. Una metáfora acerca del efecto que tiene, en algunas personas, la incapacidad de seguir adelante y quedar presos de su pasado, inmovilizados al punto de convertirse en verdaderas estatuas, desperdiciando inútilmente el futuro.

El 11 de septiembre de 1973 provoca en la sociedad chilena, o al menos en su clase política, el efecto que Sodoma produjo en la mujer de Lot: incapaces de dejar de mirar el pasado los paraliza y anclados en él se convierten en una suerte de estatuas de sal. El pasado importa, conocerlo y aprender de él es fundamental para vivir de mejor manera el presente y el futuro, y no volver a cometer los mismos errores, pero no para quedar cegados por aquello que ya ocurrió y que nunca podremos cambiar.

Cuarenta y cinco años es mucho tiempo, a pesar de lo cual estamos muy lejos de tener una visión común casi de nada: ni de las causas que llevaron al golpe, ni de la naturaleza del gobierno de Allende, ni de las responsabilidades, ni del rol de los distintos sectores políticos, ni siquiera acerca de las violaciones a los derechos humanos. Mientras unos gritan ¡dictadura!, otros responden ¡contexto! Memoria o historia se han convertido en dos conceptos divididos por una frontera. En fin, pareciera que, en la medida que el tema interesa realmente a un grupo más pequeño, se concentra en intensidad.

Mientras tanto, la prensa informa que seiscientas mil familias saldrán de la Región Metropolitana en auto, el aeropuerto se prepara para una avalancha de viajeros, Santiago quedará en calma y será una ciudad agradable por una semana. Hay algo en este frenesí de vacaciones que nos recuerda que, más allá de la superestructura, la “modernización capitalista” -en el decir del rector Peña- ha echado raíces y los chilenos parecen huir, cual Lot, en sus automóviles japoneses de la ciudad del estrés y el pecado. Pero los políticos, como aquella mujer bíblica, no resisten la fuerza que los obliga a seguir mirando hacia atrás, repiten una y otra vez las querellas de antaño, se reparten culpas, mientras los medios de comunicación actualizan reportajes sobre aquel martes de hace 45 años.
Conmemoraciones separadas, exégesis del discurso del Presidente Piñera, interpretaciones de las interpretaciones, nos muestran que nuestra clase política, un mes al año, se convierte en estatua de sal.

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