La guerra contra los padres de familia

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La Tercera                                                    por Andrés Allamand – 14/12/2014

Las desafortunadas frases del ministro Eyzaguirre han marcado la reforma educacional. La de quitarle los “patines” a la educación particular subvencionada quedó como un ícono de lo que es nivelar para abajo; la de tratar a los padres de “arribistas” quedó como el emblema de la descalificación al voleo.

La afirmación de la Presidenta Bachelet en cuanto a que el rechazo a la reforma se debía a una “campaña del terror” o a un problema “cultural”, también fueron un hito de cómo se puede interpretar mal la voz de la ciudadanía. Su frase de hace un par de días en cuanto a que “su primer sentido era partir (la reforma) por la educación pública” es, por una parte, demasiado parecida a la que antecedió a su desastrosa determinación de impulsar el Transantiago (su “intuición” era no hacerlo) y, por otra, la primera desautorización pública a su actual ministro de Educación.

Ahora hay que sumar otras expresiones que explican por qué la reforma va de mal en peor. Algunos académicos partidarios de ella argumentan que el Congreso debe elegir “entre la opinión de los padres y el interés general”, y afirman que de lo que se trata es “de ir en contra de la voluntad de muchos padres de clase media”. Otros van más lejos y han llegado a señalar informalmente que hay que “derrotar la dictadura de los papás y las mamás”. Algunos políticos piensan que “es una guerra que hay que ganar”.

Es el eterno error de las “vanguardias iluminadas”: creer que ellos sí saben mejor que las familias lo que les conviene en materia educacional. Asumir que son los dueños absolutos de la verdad.

¿Qué es lo que le molesta al gobierno de los padres y apoderados?

Muy simple: que los padres valoran la calidad, más allá que el colegio sea de una entidad de beneficencia, de alguna Iglesia o de una sociedad educacional; que los padres están seguros que el derecho a elegir el colegio de sus hijos es fundamental y que para ello deben poder conocerse (y no ocultarse) los resultados de los establecimientos educacionales; que los padres consideran que la disciplina y el ambiente de aprendizaje debe protegerse y que es absurdo que los directores no tengan facultades para aplicar los reglamentos internos; que los padres estiman que sus hijos deben poder acceder a colegios de excelencia -como el Instituto Nacional o los “Liceos Bicentenario”- por méritos y no por una tómbola; que los padres piensan que mientras la subvención del Estado sea tan baja (apenas $ 60.000, mientras que una educación de calidad requiere a lo menos el triple) deben poder aportar para que sus hijos reciban una educación mejor; que los padres piensan que es absurdo que no se puedan abrir nuevos colegios particulares subvencionados si el gobierno de turno no los acepta invocando necesidades de matrícula; en fin, que los padres valoran que los colegios tengan proyectos educativos con perfiles propios y están convencidos de que deben ser respetados y no torpedeados por el Estado.

Transformar la política en una guerra es siempre un error. Declarar una guerra contra la mayoría de los padres de familia es una gigantesca insensatez. Además, es una guerra que el gobierno sólo puede perder.

http://www.latercera.com/noticia/opinion/ideas-y-debates/2014/12/895-608559-9-la-guerra-contra-los-padres-de-familia.shtml

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