En la actualidad y antes de cualquier cosa, lo más necesario es una mejoría en la calidad de los profesores.

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Calidad de la educación

Juan de Dios Vial: “Adoptemos la decisión de preparar a cinco años plazo una nueva generación de maestros constituida por profesionales con la más alta formación cultural, con un estatus social y económico equivalente al del médico, el abogado, el ingeniero…” Martes 15 de julio de 2014

Estamos ante una gran tarea nacional, una obra de verdadera significación histórica: instalar en el país un sistema educativo del más alto rango. Hay motivos para alentar la esperanza de crear un régimen de educación nacional capaz de generar una cultura que transforme este país nuestro, hoy fuerte, pero desanimado.

No es de ninguna manera una extravagancia ni una ilusión. Lo reclama con fuerza nuestra sociedad; reiteradamente le ha sido asignada a esta tarea primera prioridad entre las políticas públicas; es un problema que afecta por igual a naciones del más alto nivel de cultura, como España o Francia, y a muchas otras en desarrollo; tenemos a la vista el testimonio de países de nuestro tamaño que han hecho con mucho éxito experiencias originales en este terreno.
No obstante, estamos ante el riesgo de no darnos cuenta de la magnitud del asunto y, lo que es peor, de ahogarlo con ataduras ideológicas. A la luz de la discusión en curso pareciera que la cuestión no fuera otra sino el conflicto entre Estado docente y libertad del individuo.
No, el problema es otro. En la historia universal de la cultura, geniales educadores han instalado por siglos diversas modalidades de educación arraigadas en esas culturas. “La República”, el gran diálogo de Platón, fue tanto un tratado de política como de educación que imperó en el mundo clásico hasta el Renacimiento. Las grandes religiones monoteístas forjaron poderosas instituciones educativas. Francia, Inglaterra y Alemania, modernamente, diseñaron instituciones educativas realmente maestras, como el liceo y el gimnasio. De todo eso nos queda un maravilloso tesoro. Pero expuesto hoy a una grave crisis tanto por razones intelectuales como sociales y económicas.

Hoy por hoy, el saber, el conocimiento humano, las ciencias y las disciplinas humanas y sociales, el corpus de un sistema educativo actual, es un universo en expansión que se renueva con velocidad creciente por todos sus costados. En él hay que educar a miles de millones de seres humanos bien diversos, dentro de una estructura globalizada, con muy dispares recursos económicos y a la vez con inéditos recursos entre los que descuellan la televisión y una gran diversidad de medios de encuentro y comunicación humana de que hoy dispone la sociedad universal.
Hay que tener bien en claro lo que es posible hacer y lo que nosotros somos capaces de realizar, sin achicarnos, sin andar a tontas y a locas, sin hacer de la educación nacional un reñidero político, sin perder el tiempo y malgastar un destino real.

Creo que hay que instalarse en terreno concreto. Con espacios y tiempos bien definidos. Con tareas realizables que no sean parches ni meras aventuras. En especial, que no sean pretextos, jugadas ocasionales con cartas marcadas. En definitiva, con una concepción clara no hecha de conceptos, sino de procesos vivos bien diseñados.

Permítaseme ilustrar esas ideas. Es importante el punto de partida, el primer gol. Hay algo que concita, probablemente, el más universal acuerdo: la figura del profesor. Adoptemos la decisión de preparar a cinco años plazo una nueva generación de maestros constituida por profesionales con la más alta formación cultural, con un estatus social y económico equivalente al del médico, el abogado, el ingeniero, y el compromiso de servir de por vida en la formación del niño y del adolescente chileno, en términos de que lleguen a ser gratuitos y alcancen a todos por igual.

Para ello, apóyese a la universidad que se disponga a asumir la tarea y la responsabilidad de formar a ese profesor. Y, para esto, comiéncese por diseñar el plan de estudios de la facultad que haya de formarlo. Este plan, naturalmente, ha de estar concebido en función del plan y programa de estudios constitutivos de la educación nacional.

Por consiguiente, dicho en breve, desencadénese el proceso de reforma de la educación por el diseño, dentro del plazo de un año, del plan de estudios que ha de seguir la educación nacional y del currículo de una nueva facultad de educación que las universidades quieran crear, con apoyo del Estado, sin más condiciones que las de atenerse rigurosamente a las severas exigencias del plan.

En otras palabras, el punto de partida está en el diseño de un plan de estudios que comprenda las materias y labores que deban realizarse, de las modalidades de trabajo y de los diversos medios que hayan de emplearse. Esta tarea ha de confiarse a una comisión reducida de personalidades con la más alta calificación en la materia de la que se trata, no se olvide: de la calidad de la educación.

El correspondiente proyecto ha de presentarlo el Gobierno a la aprobación por el Parlamento. Quedar definido dentro de los términos de este gobierno y alcanzar plena vigencia en los cuatro años siguientes.

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