El otro modelo

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Carlos Peña: “Se trata de un libro que merece ser discutido. Pero tiene flancos débiles. Desde luego, afirma con gran énfasis una premisa (una cierta concepción del interés general) sin detenerse a demostrarla; algunos de sus conceptos acusan un antiliberalismo casi teológico…” Tribuna  Martes 16 de julio de 2013

(…) El Chile de hoy -la fisonomía que el país ha llegado a tener- deriva de lo que se ha llamado neoliberalismo: una compleja formación ideológica y cultural cuya matriz proviene, en lo fundamental, del modelo neoclásico: la convicción de que los individuos se mueven por incentivos que apelan a su autointerés y que el conjunto de los procesos sociales, desde la política a la educación, serán mejores cuanto más se acerquen a un proceso de mercado: a una suma de preferencias bajo un sistema de precios. Esa idea -que un puñado de intelectuales logró hacer hegemónica en casi todas las esferas de la cultura- orientó las políticas públicas de las últimas décadas. Cuánto de bueno y de malo tiene el Chile de hoy se debe a esa idea orientadora.

¿Es posible desafiar intelectualmente ese modelo?

Los autores del libro “El otro modelo” (Santiago, 2013), Fernando Atria, Javier Couso, José Benavente, Alfredo Joignant y Guillermo Larraín, piensan que sí, que es posible. La imagen de la portada del libro -un conjunto de personas destruyendo un gigantesco ladrillo- muestra a qué altura ven su propio papel: el de destructores de la hegemonía neoliberal, nada menos.

El libro será lanzado por la ex Presidenta Bachelet. Una muestra de la influencia a la que aspira.

¿Cuál es el argumento central de los autores?

En su opinión, el defecto fundamental de la matriz ideológica que ha orientado las políticas públicas en Chile consiste en desconocer lo que pudiéramos llamar la autonomía del interés público, en ignorar que existen intereses que son propios de la comunidad política y que son distintos a la simple agregación de los intereses individuales. Buena parte de las políticas públicas de las últimas décadas -desde la reforma educacional de los 80 al modelo de televisión pública- reflejarían esa convicción fundamental: el interés público no existe, es una simple forma de denominar a un agregado de intereses individuales.

De esa convicción derivaría la fisonomía de las políticas ejecutadas en estos años. Ella explicaría que en educación -quizá el paradigma- no se construyera un ámbito común, sino una oferta diferenciada en la que cada familia puede escoger. Un diseño como ese -arguye el libro- sería correcto si de lo que se trata es de satisfacer preferencias individuales; pero es obviamente incorrecto si se trata además de construir una cierta idea de comunidad.

Y ahí está el principio orientador del otro modelo que los autores desean empujar.
A la idea hasta ahora hegemónica que sugiere que el interés público no existe (puesto que sería un mero agregado de intereses individuales), este libro opone una idea exactamente opuesta: el interés público posee una realidad propia y distinta de la mera agregación de intereses individuales. Así por ejemplo, la educación no sólo debiera orientarse por las preferencias eugenésicas de los padres, sino también por el anhelo de la comunidad de contar con ciudadanos capaces de reconocerse como iguales. Este último interés es irreductible al primero. Y así en cada una de las áreas de las que trata este libro. Allí donde la idea neoliberal postula el diseño de procedimientos para que cada uno pueda satisfacer sus preferencias, los autores del otro modelo sugieren instituciones cuyo valor no sea puramente procedimental, sino que en sí mismas reflejen los valores que declaran promover.

Un buen ejemplo de lo anterior sería el espacio de la política. Si los partidos fueran nada más que empresas para agrupar intereses y juntar votos, el mejor sistema político sería el que más se pareciera al mercado. Pero si, como ocurre, los partidos ayudan a la deliberación pública, a que la comunidad tenga una cierta idea acerca de sí misma y de su futuro, entonces los partidos y el diseño del sistema político deben favorecer ese diálogo y la máxima representación de todos.

Se trata de un libro que merece ser discutido. Pero tiene flancos débiles.
Desde luego, afirma con gran énfasis una premisa (una cierta concepción del interés general) sin detenerse a demostrarla; algunos de sus conceptos acusan un antiliberalismo casi teológico (por ejemplo, la ciudadanía como comunidad de origen y destino); y en general sus capítulos muestran un empeño racionalista a la Leibniz (quien creía que bastaba razonar deductivamente a partir de una premisa para saber qué mundos eran posibles) demasiado recurrente. Pero descontados esos defectos -ese escolasticismo conceptual que es de esperar no esté infectando al progresismo en Chile-, “El otro modelo” le hará bien, sin ninguna duda, al debate público.                     Carlos Peña                          http://www.elmercurio.com/blogs/

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