“Anatomía de la Revolución”

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(…) La etapa previa, la que anuncia que se vienen tiempos revolucionarios, es analizada por Brinton en términos que recuerdan significativamente los años que vivimos en Chile entre 1995 y el 2005, ambas fechas aproximadas. Hoy ese lapso, dada la velocidad e intensidad con que están transcurriendo los cambios, parece situado en el período mesozoico o aun más lejano. Aun así recordarán que los principales temas de discusión fueron, en esa época, los “temas valóricos”, la cuestión del divorcio, de las sensibilidades sexuales alternativas y los debates entre complacientes y auto-flagelantes.

Fue un enfrentamiento verbal afectando temas importantes, pero marginales a las cuestiones básicas del poder y el privilegio. Es lo típico. Ese lapso, el del ataque a los valores y legitimidad de un orden social, esa etapa ideológica celebrada en salones literarios, esa era de enciclopedistas a la Voltaire, de revoluciones de bar y de café, son el primer signo, explicaba Brinton, de que se vienen tiempos turbulentos. Pero hay más.

Hay, en efecto, más claros y más directos signos de  cuando una sociedad está por encarar o comienza ya a transitar por un período de conflicto social mayor y no por una mera sucesión de protestas y/o manifestaciones locales. Y todos están presentes en nuestro país. El primero y principal toma una forma generacional. Cuatro a cinco millones de jóvenes están involucrados no sólo en marchas por “la calidad de la educación” o más bien, por el “no al lucro”, sino en su inmensa mayoría, aunque hijos del modelo, son hijos pródigos que no tienen interés en regresar al alero paterno. (…) Súmese a eso la deslegitimación que han sufrido en los últimos cinco años todos los componentes esenciales del sistema de ideas y valores que sostiene el actual orden social: el lucro, el éxito medido por el dinero y la posición social, el deterioro en credibilidad de su principal confesión religiosa, el virtual desmoronamiento en la fe pública de instituciones vitales como las de la política y la justicia, el rechazo a los sistemas de salud y previsionales, por cierto al sistema educacional, a las tradiciones valóricas relativas al sexo y al género, a las normas de comportamiento cotidiano. (…)

¿Puede realmente creerse que, cuando se han juntado todos esos ingredientes, dignos de una enorme y contundente cazuela, de ellos sólo emergerá un pálido caldo de hospital? La palabra “revolución” -o etapa pre-revolucionaria, si lo prefieren- puede ser innombrable, pero no parece haber otra que se ajuste mejor a lo que se siente, se huele y se ve en el aire.

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