A 40 años del desastre de la UP

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Columnistas 06 de marzo de 2013 Gonzalo Rojas

Allende, un dictador encubierto en tensa relación con guerrilleros y terroristas, era al mismo tiempo un abierto colaborador de la agresión soviética y cubana. Mientras unos funcionaban en la clandestinidad, otros lo hacían a la luz pública. Pero todos tenían el mismo propósito: subyugar a Chile…

En un año de aniversarios, la izquierda tiene claro su diseño: callarse hasta las vísperas del 11 de septiembre, y en ese momento, arremeter con todo. Evitará así ser vinculada con el proyecto dictatorial marxista, hasta el momento mismo en que crea que le conviene desfigurar la reacción ciudadana, aquella que los civiles comenzamos y que los militares terminaron.

Por anticiparnos a ese diseño comunicacional, algunos seremos acusados y perseguidos -una vez más-, pero a pesar de esos riesgos, no vamos a quedarnos en silencio esperando aquella manipulación.

Fue entre marzo y septiembre de 1973, justo durante seis meses, exactamente 40 años atrás, que el país vivió su peor momento histórico, su más dramática experiencia. Hay que hablar de esos días, hay que contarles a los menores de 50 qué fue todo eso, de qué consecuencias fueron salvados.

Fue el período del desastre completo, del intento de dominación de los poderes Legislativo y Judicial por parte del Poder Ejecutivo, de la sistemática violación de los derechos humanos de todos los opositores, de una deliberada discriminación arbitraria contra los adversarios. Allende, un dictador encubierto en tensa relación con guerrilleros y terroristas, era al mismo tiempo un abierto colaborador de la agresión soviética y cubana. Mientras unos funcionaban en la clandestinidad, otros lo hacían a la luz pública. Pero todos tenían el mismo propósito: subyugar a Chile. Por eso estos seis meses deben servir para varios propósitos.

Primero, para asumir que conocer la verdadera historia de Chile es entenderse a uno mismo. Que todos aquellos que sostienen que no vale la pena insistir en el pasado frustran la posibilidad de un diálogo sobre el bien y el mal, porque los acontecimientos no son entelequias, sino encarnaciones. El pasado está en nosotros: es lo que somos, somos lo que fue.

En segundo lugar, porque gran parte de los temas de esa terrible situación del 73 está hoy vigente: hay por delante unas elecciones manipulables (como las de marzo de aquel año), y una nueva ENU que se nos viene (con un controlismo educacional creciente), y una violencia organizada (en La Araucanía y en Santiago, en los campos y en las calles), y una judicatura amenazada (desde dentro esta vez), y un PS que guarda silencio cuando se le recuerdan sus afanes violentistas (por algo será), y una economía que mientras más beneficios otorga, más vulnerable parece a los contradictores que buscan estatizarla (¿para que vuelvan las tres áreas?), y un PC calculador y siniestro (al que muchos miran candorosamente también hoy).

Servirá, además, el recuerdo de aquellos meses del 73 para desvirtuar una torpe afirmación: todos fuimos culpables. No, no es cierto.

Unos se propusieron convertir a Chile en una sociedad bajo control de los partidos marxistas y del Estado. Así lo declararon con todas su letras, y cualquiera puede leer incluso hoy -a pesar de la mayoritaria censura comunicacional y universitaria- los cientos de textos en ese sentido. Otros, simplemente reaccionamos para conservar la dignidad y la libertad. Éramos conscientes de la historia del comunismo en el siglo XX y no estábamos dispuestos a ser esclavizados: tremendo crimen el nuestro.

Cuando algunos gritan que no habrá perdón ni olvido, otros contestamos que trataremos siempre de perdonar, pero que no es humano olvidar: no pretendan que anulemos la vital experiencia del drama causado por Allende, por sus partidos y por su gente.

¿Quieren discutir? Estamos disponibles. Bienvenidos los debates, el gran seminario “sobre el final de la UP”, las publicaciones y las conferencias. Es lo que corresponde, es lo ético, es lo histórico.
Trataremos siempre de perdonar, pero no es humano olvidar.

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