Vientres de alquiler

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Todos sabemos y padecemos del castigo que Dios fulminó sobre nuestro primero padres: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás! A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos”.

Este castigo del cual nos habla el Génesis y que experimentamos a diario en nuestra propia existencia, está siendo desafiado por nuevas leyes y técnicas reproductivas que intentan contrariar las leyes naturales.

En efecto, como Ud. debe recordar, los medios informaron hace unas semanas que un matrimonio chileno fue detenido en Perú mientras intentaba regresar a Chile con dos niños recién nacidos. Ellos reconocieron que habían obtenido los mellizos a través de una técnica de reproducción asistida con gestación subrogada o vientre de alquiler, realizada en una exclusiva clínica de Lima, y en la que intervino una de sus enfermeras como madre gestante. Fue el marido quien aportó sus gametos, ya que se comprobó su paternidad sometiendo los niños a un test de ADN. No hay claridad sobre si el óvulo perteneció a la gestante o a una donante anónima.

La opinión nacional pareció preocuparse sobre todo de que la pareja pudiera salir de la cárcel, reunirse con las guaguas obtenidas por ese método artificial e ilegal y volver a Chile.  La historia podría acabar con un happy end: “después de una gran dificultad, salieron libres, volvieron a Chile y los niños crecieron y vivieron felices.”

Pero, ¿es realmente así la verdad de los hechos, o ellos esconden una realidad nada feliz y completamente opuesta a la ley natural y divina?

Comencemos por decir que traer un hijo a la vida no es, como en el caso de las crías de los animales, una operación meramente técnica.

Al contrario, los hijos son el fruto natural de la unión de los esposos en el matrimonio y esa unión debe ser ordenada de acuerdo a las leyes que Dios puso en la naturaleza humana.

La primera de esas leyes es que la unión de los cuerpos de los esposos sea abierta a sus efectos naturales, es decir a la procreación. La segunda es que los eventuales impedimentos para alcanzar este fin no sean superados por técnicas que eliminen la unión esponsal, sea por recurrir a “vientres de alquiler” o a bancos de material genético masculino.

El padre de los niños no debe ser un mero “material” obtenido en un laboratorio, sino un propio padre biológico y moralmente presente tanto en la gestación, cuanto en el nacimiento y desarrollo de sus hijos.

A su vez la madre no debe ser distinta de la gestante, pues es reconocido científicamente que vientre materno es el primer medio que tiene el feto para recibir información, es su puente de comunicación con el exterior. El feto percibe los estados de ánimo de su madre, si está contenta o triste, relajada o nerviosa y los interpreta con señales de agrado o de disgusto. El feto oye los latidos del corazón de su madre y escucha su voz que interpreta como protectora. Todas las percepciones del feto influyen en su desarrollo, en sentido positivo, si son tranquilizantes y en el negativo en caso contrario.

Esta relación de madre gestante e hijo es una de las razones por las cuales el niño tendrá desde su nacimiento una relación estrechísima con su madre. Mucho mayor que la que tendrá con su padre. Y ella durará, normalmente, a lo largo de toda sus existencia. Lo mismo vale de la madre para con el “fruto de sus entrañas”. Hay en esta relación exclusiva y la más íntima y entre dos seres humanos, algo de misterioso y sagrado que no puede ser alterado por ninguna técnica de alquiler reproductivo.

Tanto es así, que en la gestación milagrosa del Divino Niño Jesús, Dios no quiso que el papel de Su Madre, la Virgen Santísima fuera suplido por ninguna acción sobrenatural y los católicos rezamos diariamente en el Ave María: “Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”.

Esto demuestra hasta qué punto el vínculo del hijo con la madre no puede ni debe ser alterado por ninguna práctica.

Pero las cosas no se limitan a un hecho esporádico ocurrido en nuestro País. Estas técnicas de eufemísticamente llamadas de gestación subrogada o gestación por sustitución o por cuenta ajena, como en el caso de la pareja chilena en Lima, o llamada de reproducción asistida cuando se trata apenas de una fecundación in vitro, hoy ya son leyes o proyecto de ley en países cristianos.

Justamente en estas semanas se discute en Francia un proyecto de ley para extender la llamada “procreación médicamente asistida” (PMA) a mujeres solas o que viven con una pareja lesbiana.

Los Obispos galos han hecho oír su voz en una declaración que, si bien no aborda primordialmente los aspectos teológicos y morales, no deja de hacer preguntas muy pertinentes: “¿Podemos aceptar colectivamente que el hombre sea considerado como un simple suministrador de materiales genéticos y que la procreación humana se asemeje a una fabricación?”.

Los Obispos se interrogan también en la declaración de la Iglesia francesa qué ocurrirá si se autoriza la inseminación post mortem y, en particular, si es bueno para un niño “haber sido engendrado en un contexto de duelo”.

Las reflexiones de la jerarquía católica alertan asimismo sobre la mercantilización del cuerpo humano si los donantes de esperma son remunerados, y reiteran sus serias dudas sobre los métodos actuales de inseminación artificial de mujeres casadas, por causa del aumento exponencial de embriones sobrantes guardados en congeladores.

Al respecto, no son sólo los Obispos franceses que alertan sobre esta “mercantilización” de la maternidad.

Informa el abogado Hernán Corral en artículo publicado en un matutino nacional que, “un detallado informe de la relatora especial para la Venta y Explotación Sexual de Niños de la ONU, la holandesa Maud de Boer-Buquicchio, de enero de este año manifiesta importante preocupación.

“La relatora sostiene que la ausencia de regulación internacional está fomentando la práctica de contratar a madres gestantes de Estados con economías precarias (Camboya, India, Nepal, Laos, Tailandia, Ucrania) para que den a luz a hijos de “aspirantes a padres” adinerados de países desarrollados (Alemania, Australia, España, Francia, Reino Unido, Estados Unidos)

“Los problemas detectados por la relatora son serios y numerosos: explotación de las mujeres gestantes, normalmente pobres; contratos en los que estas asumen gravosas obligaciones como someterse a invasivos y continuos monitoreos médicos, residir en determinado lugar, trasladarse de un país a otro, abortar si el niño viene con malformaciones o cuando se produce un embarazo múltiple. A ello se unen las dificultades para determinar la filiación materna, ya que normalmente las leyes atribuyen la maternidad a la mujer que da a luz al niño, es decir, a la que lo ha gestado, más los problemas para que esa filiación sea reconocida por la legislación nacional de la pareja encargante.

“El informe llama a impedir que la “industria de la gestación por sustitución” -en la que sin duda está la clínica limeña- imponga sus pretensiones de que se acepten sistemas que han sido rechazados por la comunidad internacional en materia de adopción, es decir, que el arriendo de úteros se rija por el mercado en función de la demanda de niños por parte de adultos pudientes que se aprovechan de la necesidad de recursos de mujeres en situación de vulnerabilidad. Se trata de evitar lo que es una venta de niños, expresamente prohibida por el art. 35 de la Convención de Derechos del Niño, aunque ahora realizada mediante técnicas de “maternidad subrogada”.

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En conclusión, debemos estar alerta a esta instrumentalización de la maternidad, pues detrás de ella se esconde una falta grave contra la Ley de Dios, toda vez que supone violentar las leyes naturales de la procreación humana y, finalmente, una vil explotación de mujeres pobres de países subdesarrollados.

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