Venezuela: “lo que el demonio promete, no lo da”

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Estimado radioyente:
Las permanentes noticias de lo que ocurre en Venezuela dejan un poco aturdido y nos hacen olvidar las mil pequeñas tragedias de todos los días por las que pasan las familias venezolanas que han decidido, después de tanto sufrir, abandonar su propio país, que se ha transformado en un verdadero purgatorio.
El diario The New Yok Times publicó la semana pasada una crónica firmada por NICHOLAS CASEY y JENNY CAROLINA GONZÁLEZ sobre lo que ellos vieron y acompañaron en los 200 kms. a pie por los Andes y después a bordo de un camión en el cruce por las montañas en Colombia.
Para conocer lo que esas familias están sufriendo, creemos que le podrá interesar escuchar el reportaje:
“La caminata empezó antes del amanecer: antes de que las nubes reventaran contra las montañas, antes de que los camiones invadieran la autopista, antes incluso de que alguien en el pueblo despertara y revisara el lote baldío donde decenas de refugiados venezolanos habían pasado la noche, amontonados,
“Niños, abuelas, profesores, enfermeras, trabajadores petroleros y desempleados, todos estaban juntos ahí. Los unía la voluntad colectiva de separarse lo más que pudieran del país en colapso que quedaba atrás. Todos, excepto Yoxalida Pimentel. Ella ya no podía dar un paso más.
“Después de tantas horas de caminar, tantos días, noches, con sol, frío y lluvia, perdí a mi bebé”, dijo en llanto la mañana después de su aborto espontáneo. La crisis económica en la que está sumida Venezuela con Nicolás Maduro ha desatado un éxodo. Los investigadores dicen que el desmoronamiento de la economía es de los peores en la historia de América Latina, y más de tres millones de personas han dejado el país en los últimos años. La gran mayoría lo ha hecho a pie.
“Huyen de la peligrosa escasez de alimentos, agua, electricidad y medicinas, así como de la represión política por parte del gobierno que solo en las últimas semanas ha matado a más de 40 personas. Muchos venezolanos, cuyos salarios han quedado diezmados por la hiperinflación, son incapaces de costear pasajes de autobús y caminan por las autopistas con sus maletas a rastras. Otros hacen autostop varias veces durante kilómetros hasta llegar a Ecuador o Perú.
“Pero, sin importar el destino, la gran mayoría pasa por estos caminos peligrosos de Colombia: un viaje de 201 kilómetros a través de un pasaje de los Andes a 3600 metros de altura.
“Es el lugar más frío que he conocido en mi vida”, dijo Fredy Rondón, quien salió de Caracas con tan solo una bolsa de pertenencias. Se estaba quedando sin aliento a los 3200 metros antes de alcanzar una estepa desarbolada. “Pensé que iba a aguantar el frío, pero es demasiado, demasiado”.
Su disposición a viajar por esta ruta montañosa es testimonio de la desesperación en Venezuela. El país pasa por la peor situación política en décadas, hay dos hombres que reclaman al mismo tiempo la presidencia.

“Todos tenemos miedo de que se ponga feo entre Maduro y Guaidó”, dijo Norma López, quien hizo la caminata con sus cinco hijos y su bebé, de seis días de nacido. “Mis vecinos dicen que se van a llevar a los adolescentes para que defiendan a Maduro”. Ese rumor fue lo que motivó a a la señora López a acelerar sus planes para salir del país. A la mayoría de los venezolanos, el éxodo los lleva primero a Cúcuta, la ciudad fronteriza colombiana a donde arriban diario miles de venezolanos por un cruce peatonal.
A las afueras de Cúcuta hay un estacionamiento en el que se reúne un grupo de voluntarios desde las 6 de la mañana para ofrecerles a los migrantes un lugar dónde bañarse, un plato de avena y abrigos para los menores de edad que no tengan.
“Estoy perdido, desorientado”, dijo Edwin Villareal, de 25 años, quien mencionó que planeaba caminar hasta Medellín con su esposa y tres hijos, uno de los cuales tiene asma. Entre los cinco de la familia tenían 10.000 pesos colombianos, aproximadamente 3 dólares. “Igual alguien nos lleva en el auto”, dijo. “No tenemos dinero para el autobús”.
Pocos automovilistas ofrecían ayudar en ese viaje por la ruta 55, autopista de dos carriles que pasa por la Cordillera Oriental. Así que decenas de venezolanos ascendían a pie con paso de tortuga.
Damaris Olivares cruzó a Colombia con sus hijos en un grupo que incluía a una amiga suya y a nueve menores de edad; el más pequeño tenía apenas seis días de nacido.
A unos 2350 metros sobre el nivel del mar, Martha Socorro Duque lleva meses observando a los migrantes que pasan frente a su sala de estar en Pamplona, Colombia. Buscan comida y refugio en un pueblo donde hay poco que ofrecer. “La gente llega con los zapatos todos rotos y destruidos”, contó Marta Duque. “Pero lo más difícil no es ver los zapatos, sino sus pies: lacerados, con ampollas llenas de sangre”.
La mujer decidió establecer un albergue improvisado. Abrió el terreno frente a su casa para que las personas pudieran reposar ahí y consiguió donaciones de los vecinos para ofrecerles comida. En una noche promedio sesenta personas acampan ahí; los hombres con cobijas en el piso, afuera, y las mujeres y niños en catres y sobre algo de ropa de cama en un cobertizo junto a un riachuelo. La señora Duque le ofreció a Yoxalida Pimentel un lugar para quedarse antes de que la mujer diera a luz un mortinato.
Devastada, la Sra. Pimentel explicó que su madre ya se había ido de Venezuela; caminó e hizo autostop para llegar hasta Chile, con la espera de enviar dinero a casa. Pero cuando su madre no pudo encontrar un trabajo allá, Pimentel decidió cruzar también la frontera con la esperanza de así conseguir dinero para los tres hijos que se quedaron en casa y a los que no ha podido alimentar. “Es por pura desesperación que decidí caminar”, dijo, “para cuidar a mis hijos allá que siguen vivos”.
Para Alexis Ron, el punto de quiebre fue cuando un hombre le ofreció pagarle para tener sexo con su esposa y ella, por desesperación, anotó el teléfono para coordinar. “Le iba a dar 20.000 pesos”, dijo Ron; aproximadamente 6 dólares. Decidió que era momento de irse. Cuando la esposa de Ron lo alcanzó en el camino, una hora después, confirmó la historia, con la mirada en el piso. Su hermano la abrazó y nadie dijo palabra alguna durante un tiempo.
Más adelante, a 3300 metros de altura, el camino alcanzaba una altiplanicie donde solo crecía junco. Génesis Zambrano, de 20 años y con ocho meses de embarazo, se detuvo con su hija bebé en brazos para recuperar el aliento.
“Mi espalda”, dijo, y señaló dónde le dolía.
Había querido descansar en Cúcuta antes de trasladarse a la capital colombiana, Bogotá, para encontrarse con su padre. Pero pasó todos sus días ahí pendiente de su bebé, Yeanis, quien estaba desvaneciéndose: en Colombia sí había comida disponible para comprar, pero no había dinero para darle a su hija más que una botella de agua con algo de arroz. “La nena lloraba, pero ni tenía lágrimas”, dijo.
Yeanis pasó nueve días en un hospital de Cúcuta para recibir tratamiento por anemia y una infección respiratoria. Cuando los signos vitales de su bebé se recuperaron, Zambrano pensó que era momento de irse a Bogotá y salió a pie. El camino no parecía tener fin. Aunque cerca de la cumbre hubo un milagro: un camión gigante y vacío se estacionó.
“Cuando no hay carga, tienes que llevarlos”, dijo el conductor, quien pidió mantenerse anónimo. “La verdad es que tú también arriesgas tu sustento, si la empresa se entera o si la policía te para”.
Con un silbido, el camión fue aumentando la velocidad y el paisaje de tundra, que al paso del caminante lucía eterno, se transformó en uno de pastura, arroyos y señales de tránsito.

Dentro del camión la gente se acurrucaba para mantener calor. Ahí estaban Marian Jiménez, quien se había torcido el pie, y Jeremy Hidalgo, quien llevaba cuatro días caminando.
Roberto Javier Tovar, cuya esposa e hijo seguían en Venezuela, se apretó el abrigo y agradeció a todo volumen al conductor, aunque nadie sabía a dónde los estaba llevando.
“Casi nadie nos ha ayudado más que este hombre”, dijo Tovar.
El sol empezó a caer y la plataforma del camión comenzó a llenarse más y más conforme el conductor se detenía para subir a decenas más de migrantes. Por la tarde había casi cien adultos y niños a bordo y el camino detrás ya parecía vacío y silencioso. “Hay que darle gracias a Dios todopoderoso por esta bendición”, gritó alguien cuando se detuvo el vehículo.
Un grupo de migrantes venezolanos que avanzaban a pie se preparan para subir a otro camión que se detuvo
Cayó la noche y las estrellas relucían. La temperatura también cayó, pero por lo menos el camión mantenía su paso y las luces de Bucaramanga, aún a miles de metros de distancia, seguían visibles. Daniel Bermúdez, quien dejó a su familia y llevaba caminando cinco días, volteó a ver la ciudad desconocida debajo. “Mi hijo de 6 me vio con la maleta y dijo: ‘No vas a regresar’”, contó Bermúdez, quien empezó a llorar mientras se sentía el golpe del viento helado.
Bermúdez, después de una pausa, agregó: “Sí voy a regresar. Pero mírame, estoy tan lejos de casa”.
***
Creemos que no es necesario agregar nada para compadecernos de esta población que está sufriendo los males de una ideología marxista que les prometió todo y les sacó no sólo lo poco que tenían, sino lo más precioso que una persona puede tener: su dignidad de hijo de Dios.
Recemos por ellos, pidamos que Dios les conceda el fin de ese calvario, y si está en nuestras manos poder ayudar a alguna familia venezolana que se encuentre en Chile, no dejemos de hacerlo.
Gracias por su atención y recuerde que puede seguirnos en www.accionfamilia.org o en esta su emisora, semana a semana en este mismo horario.

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