Una visita Providencial

0 20

No hay madre que cuando su hijo está en una situación de dificultad, enfermedad o incluso prisión, no quiera estar cerca de él para ayudarlo, consolarlo y hacerle sentir su cariño de madre.

Esta actitud es lo propio y, diríamos, casi exclusivo del espíritu materno. Dar sin esperar reciprocidad, dar incluso que no se merezca, dar sólo por ser madre.

Si ese es una tributo de todas las madres, ¿qué decir entonces de la Madre de las madres, la Madre de Dios, la madre de todos nosotros?

Ese deseo de estar junto a los hijos enfermos o más necesitados en Ella no tiene límites. Ella nos dio ejemplo con su Divino Hijo en su Pasión. Ella estuvo a los pies de la cruz cuanddo todos Lo abandonaron, Ella lo reconoció cuando todos lo negaron, Ella esperó en su Resurrección cuando todos perdieron la Fe.

Por eso Nuestro Señor desde lo alto de su cruz le dijo a su discípulo Juan, “He ahí a tu Madre”. Con ese mandato todos los hijos y discípulos de Nuestro Señor pasamos también a ser hijos de su Santísima Madre.

Esos principios que nos enseña la Fe católica se aplican a todas las personas y a todas las naciones en todos los tiempos.  Por ello también los debemos aplicar para cada uno de nosotros individualmente considerados o como el conjunto del País.

Los debemos aplicar aquí y ahora.

¿Y cuáles son los sufrimientos por los que pasamos como personas y como nación?

Como personas cada uno conoce mejor que nadie las propias necesidades, dificultades, carencias y sufrimientos de todo tipo que nos aquejan y para la solución de las cuales pedimos el auxilio materno de Aquella que es “Auxilio de los cristianos”.

Nos queremos referir en este comentario a una profunda herida que tenemos como nación y que nos concierne a todos: es la acelerada pérdida de la Fe.

La Fe es a un pueblo mucho más que cualquier otro bien pues es el don que nos trae todos los otros dones: “Procurad el Reino de Dios y todo lo demás os será dado por añadidura”, nos dice Nuestro Señor.

Lo que quiere decir que cuando no se procura a Dios, no sólo se pierde a Él, sino que también todo aquello que viene por “añadidura”.  El mayor tesoro de una persona, así como de una nación, es su Fe.

Perderla es la mayor desventura que le pueda ocurrir.

La razón es muy simple, todos aspiramos al absoluto. Incluso cuando buscamos las cosas perecederas, como el dinero, la salud, la belleza, etc. no estamos sino esperando encontrar en ellos la absoluta felicidad. Y cuando constatamos que ellos no nos dan lo que buscamos, y no tenemos Fe para encontrarlo en Dios, perdemos algo peor que la vida, perdemos la razón de vivir.

Curiosamente hoy que se habla tanto de suicidios, incluso de jóvenes, no se hace una relación entre las causas de su crecimiento con la pérdida de la Fe.

A bien decir, sin Fe, la vida no da ganas de vivir. No hay fuerzas para soportar los sufrimientos, no hay esperanza más allá de la muerte, no hay consuelo cuando todo nos falta.

Al contrario, cuando tenemos Fe, todos los males que nos aquejan cobran sentido, ellos nos ayudan incluso para purificar nuestras almas de los apegos, de los egoísmos, de los caprichos individuales. Nos permiten ver más claro lo transitorio y pasajero de ellos.

Como decía Santa Teresa la grande: “Nada de turbe, nada te falte, quien a Dios tiene nada le falta”.

Sí, quien a Dios tiene, “nada le falta”. Y quien a Dios no tiene, “todo le falta”.

De ahí que la pérdida de la Fe católica nos tiene como País, más tristes, más incómodos, más insatisfechos, a pesar de que Chile nunca tuvo más riqueza material de la que goza hoy en día una proporción cada vez más mayoritaria de la población.

¿Podría la Madre de Dios no tener pena de sus hijos chilenos que nos encontramos en esta crónica falta de Fe?

Esta es la razón más profunda por la cual Ella quiso enviarnos a su Imagen Peregrina de Fátima a recorrer Chile. Ella inspiró a una asociación de laicos católicos denominada “Un Rosario por Chile” para que hiciera las gestiones necesarias con el santuario de Fátima en Portugal, donde apareció hace poco más de un siglo. Ella movió los corazones de los encargados de la Imagen para que pudiese venir a Chile.

¿Para qué?

Para mover los corazones, para reanimar a sus hijos desanimados, para consolarlos delante de tantas decepciones. En una palabra, para reencender la Fe de los chilenos.

Nos estamos refiriendo a la venida de la Imagen Peregrina de Fátima que llegó a Chile hace pocas semanas atrás y que recorrerá todo el País en estos próximos meses. Sí, Ella quiere visitarnos, Ella quiere consolarnos. Pero también Ella quiere ser visitada y quiere ser consolada por tantos y tantos que la han abandonado.

Hay en esta visita algo de muy providencial. Es la oportunidad para renovar la alianza que como Nación tenemos desde el comienzo de Nuestra vida Independiente con la Santísima Virgen a través del Voto de O’Higgins a la Virgen del Carmen. Alianza que no comenzó ahí, sino que se remonta a los primeros días de la llegada de Pedro de Valdivia quien portaba en su montura una pequeña imagen que hoy se venera en la Iglesia de San Francisco en la Alameda, bajo el nombre de Virgen del Socorro.

Para que Ud. pueda saber el día que estará en algunas ciudades que ya tienen fijada la fecha:

En este mes de octubre, la Virgen de Fátima visitará la diócesis de Rancagua, desde el 30 de septiembre al 7 de octubre la Virgen de Fátima llegará a la ciudad donde peregrinará por las comunas de Mostazal, Rancagua, Rengo, San Vicente, San Fernando y Santa Cruz.  Posteriormente se trasladará a Temuco, Villarrica y Los Ángeles.

Mientras que en noviembre estará en la Arquidiócesis de Concepción y las Diócesis de Linares y Talca; para continuar su visita en la Diócesis de San Bernardo durante el mes de diciembre.

En enero y febrero de 2020 la imagen peregrina de Fátima estará en la Prelatura de Illapel y las diócesis de San Felipe, Melipilla y Valparaíso.

Si Ud. no alcanzó a anotar puede entrar a https://virgendefatima.cl y encontrará el calendario. Más aún, si Ud. vive en Santiago se podrá inscribir para que una copia de la Imagen llegue hasta su propia casa y pueda rezar el santo rosario con su familia.

¿Y que pedirle a la Santísima Virgen?

Es claro que por todas nuestras necesidades espirituales y materiales y por las de nuestra familia. Pero sobre todo debemos pedirle la gracia de la fidelidad a Ella. Que cuando todos parecen alejarse, nosotros nos acerquemos; que cuando todos parecen tener vergüenza de ser hijos, nosotros nos enorgullezcamos; que cuando todos prefieran ser huérfanos de tal Madre, nosotros no queramos sino ser hijos devotos. Y que, al final de nuestro recorrido por esta Tierra, podamos decirle: Señora yo no te abandoné, yo estuve cuando tan pocos estaban al pie de la Cruz. Mira a tu Divino e Inocente Hijo y dile que quiera aceptar a este tu hijo, aunque tan culpable.

***

Gracias por su audición y recuerde que nos puede seguir en wwwcredochile o en esta su emisora, semana a semana.

 

Déjanos tu opinión

Leave A Reply

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.