Triste es el mes de una Patria sin hijos

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Imagine Ud. que las noticias del día le informasen que, por un imaginario factor climático llamado, no El Niño, sino “Anti niño”, los árboles dejasen de dar frutos y la tierra se desertificase. Peor aún, que por causa de ese mismo clima “Anti niño”, el océano Pacífico se calentase y todos los productos marítimos se extinguiesen.

¡Sería un verdadero cataclismo nacional!

Sin embargo, no es menos grave de que esta situación imaginaria lo que se informó recientemente sobre el decrecimiento de la natalidad en nuestro país. En efecto, según el informe sobre Estadísticas Vitales 2016 del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), existe una disminución histórica en la tasa de fecundidad, con una baja en el promedio de hijos por mujer, desde 1,8 en 2015 a 1,69 en 2016, muy lejos de la tasa de recambio generacional de 2,1, que es la que evita que disminuya el número de habitantes.

O sea, Chile se está quedando, cada vez más, un país cuyas familias no generan hijos en suficiente número como para haber una reposición generacional. Lo que quiere decir que el País envejece de connacionales y en pocos años va a comenzar a disminuir de población.

Si la mayor riqueza de Chile fuera proporcionada por las frutas que exporta, o por sus apetecidos frutos del mar, y estos llegasen a su menor rendimiento histórico, sonaría a catástrofe nacional.

No obstante, la mayor riqueza de un país, no son sus productos consumibles sino sus propios habitantes. Por eso mismo, su paulatino desaparecimiento constituye la mayor de las catástrofes que una nación pueda sufrir.

Con todo, la noticia no parece haber producido ninguna alarma nacional.

Más grave aún, ella fue comunicada con otra serie de hechos que la hacen todavía más catastrófica.

1.- Si son cada vez menos los niños que nacen, lógicamente que ellos deberían ser especialmente cuidados para evitar los efectos del clima “anti niño”. Al contrario, las mismas parlamentarias que favorecen la disminución de la natalidad, presentan un proyecto de aborto libre. O sea, la matanza indiscriminada de muchos de los pocos niños que son concebidos.

2.- Los niños que, a pesar de todo, consigan nacer después de sortear todos estos obstáculos contra la natalidad, serán sometidos a una desnaturalización, llamada “ideología de género”, por donde ellos serán presionados a abandonar su identidad natural, para transformarse en trans, homo, lesbianas, o cualquier otra opción que les impedirá, a su vez, de ser padres y madres, de acuerdo a su propia naturaleza.

Esa fue la ley que se aprobó la semana pasada en el Senado. Lo único que lamentaron sus promotores es no haber alcanzado los 25 votos necesarios para hacerla valer también a niños de menos de 14 años. Por su parte, el gobierno se auto felicitó por considerar que su proyecto “resuelve un problema con criterios realistas, siempre pensando en lo mejor para los niños (…) sería muy lamentable que en Chile no pudiéramos reconocer esta realidad más allá de convicciones religiosas o ideológicas”, según afirmó el Ministro del ramo, no importándose, sí, de introducir un desvío ideológico contra la naturaleza.

Al respecto de esta ideología de género ya nos hemos referido en programas anteriores, razón por la cual no vamos a repetir los efectos dañinos para el conjunto de la sociedad, pero en especial, para los menores de edad.

3.- Como “guinda en la torta” de la despoblación nacional, la Protectora de la Infancia, Patricia Muñoz, declaró que ella no se preocupa de los niños que están por nacer, pues, “el que está por nacer no es un niño”.

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En sentido opuesto, veamos cuáles son los aportes que nos dan las familias numerosas, de acuerdo al Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, en su libro Nobleza y elites tradicionales en las alocuciones del Papa Pío XII:  (colocar fondo de música infantil)

“La experiencia demuestra que, habitualmente, la vitalidad y la unidad de una familia están en natural relación con su fecundidad.

“Cuando la prole es numerosa, los hijos ven al padre y a la madre como dirigentes de una colectividad humana ponderable, tanto por el número de los que la componen como —normalmente— por los apreciables valores religiosos, morales, culturales y materiales inherentes a la célula familiar, lo que cerca a la autoridad paterna y materna con una aureola de prestigio; y, al ser los padres de algún modo un bien común de todos los hijos, es normal que ninguno de ellos pretenda absorber todas sus atenciones y afecto, instrumentalizándolos para su mero bien individual. En las familias numerosas, los celos entre hermanos encuentran un terreno poco propicio, mientras que, por el contrario, pueden nacer fácilmente en las familias con pocos hijos.

“A medida que la familia es más numerosa se va haciendo más difícil que cualquiera de esas tiranías domésticas se establezca. Los hijos perciben mejor cuánto pesan a los padres, tienden a estarles agradecidos, y a ayudarles con reverencia, a su momento, en el gobierno de los asuntos familiares.

“A su vez, el considerable número de hijos da al ambiente doméstico una animación, una jovialidad efervescente, una originalidad incesantemente creativa en lo tocante a los modos de ser, de actuar, de sentir y de analizar la realidad cotidiana de dentro y de fuera de casa, que hacen de la convivencia familiar una escuela de sabiduría y experiencia, hecha toda ella de la tradición comunicada solícitamente por los padres, y de la prudente y gradual renovación añadida respetuosa y cautamente a ella por los hijos. La familia se constituye así en un pequeño mundo, al mismo tiempo abierto y cerrado a la influencia del mundo exterior, cuya cohesión proviene de todos los factores arriba mencionados y reposa principalmente en la formación religiosa y moral dada por los padres en consonancia con el párroco, así como en la convergencia armónica entre las varias herencias físicas y morales que han contribuido a modelar las personalidades de los hijos a través de sus progenitores.

“Ese pequeño mundo se diferencia de otros pequeños —es decir, de las demás familias— por notas características que recuerdan a escala menor las diferencias entre las regiones de un mismo país o entre los diversos países de una misma área de civilización.

“La familia así constituida tiene habitualmente una especie de temperamento común, apetencias, tendencias y aversiones comunes, modos comunes de convivir, de reposar, de trabajar, de resolver problemas, de enfrentar adversidades y sacar provecho de circunstancias favorables. En todos esos campos, las familias numerosas cuentan con máximas de pensamiento y modos de proceder corroboradas por el ejemplo de lo que hicieron antepasados no raras veces mitificados por la nostalgia y por el paso del tiempo.”

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Volvamos a la situación que nos aflige y preguntémonos si delante del clima “anti niño”, ¿podemos celebrar contentos el “mes de la Patria”?

En realidad, una Patria sin hijos es tan anti natural como un conjunto de hijos sin padres. Si el país se transformase en un inmenso orfanato  todos diríamos que sería mucho peor que el mayor de los terremotos que hemos tenido. Similar apreciación se puede tener si ocurre lo inverso, es decir que el país se transforme en un inmenso hogar para ancianos.

Es a lo que nos está conduciendo el materialismo y el abandono de la moral cristiana, que con el nombre de la libre disposición de su cuerpo, del aborto, de los derechos sexuales, de la identidad de género y de otras ideologías aberrantes, está acabando con los chilenos.

Vendrá después la ley de eutanasia que pretenderá acabar con los ancianos improductivos, apresurando su muerte natural, bajo pretexto de “muerte digna”. Así es como desaparecen las naciones que pierden la Fe.

Sabemos que estas reflexiones pueden parecer “aguafiestas”. Sin embargo, las hacemos por amor a la Patria, pues de nada sirve celebrar la fiesta de una Patria que los propios compatriotas se esmeran en hacer desaparecer.

Dios y la Patria claman por sus hijos.

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