¿Somos todos los seres iguales?

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Estimado radioyente:

Sentado en una oficina de un Banco comercial, mientras esperaba a la funcionaria que me debía atender, vi un cartel que lucía en el muro de frente al cliente. En él se leía escrito en letras de varios colores: “atrévete a viajar con tu compañero”, inmediatamente pensé que se trataba de una propaganda más de las conductas homosexuales que saturan el espacio público en Chile y en el mundo.
Pero al fijarme en la fotografía que ilustraba el cartel, me di cuenta que se trataba de otra cosa. En ella aparecía un hombre de cerca de la cuarentena, sentado en un convertible y apoyando la cabeza en “el compañero”. Sólo que éste no era lo que cualquiera imaginaría, sino un perro.
Pensando después en la propaganda, obviamente destinada a pedir un préstamo al Banco para financiar el viaje con “el amigo”, percibí más claramente cuánto se están cambiando los papeles en las relaciones entre los seres criados por Dios.
En efecto, los animales y los vegetales, así como todas las criaturas salidas de la mano de Dios, fueron puestas al servicio del único ser que fue criado “a la imagen y semejanza de Dios”, es decir, al servicio del hombre.
Y, la razón de esta jerarquía entre las diversas criaturas se encuentra precisamente en que el hombre es el único ser que tiene un alma espiritual, eterna, destinada a gozar de la visión sin fin de Dios. El hombre es asimismo el único ser con conciencia de los actos que ejecuta, de saber si ellos son buenos o malos, pues posee la ley natural impresa en su alma, y de escoger libremente lo que hará.
Todos los demás seres animados, obedecen ciegamente a sus instintos y no tienen conciencia del bien o del mal; por eso mismo, ellos no son objeto de derecho, pues pueden tener culpa ni mérito.
A lo anterior se debe agregar otra consideración.
Existe un proverbio latino que dice, “Similis simili gaudet”, que significa: “el semejante goza con el semejante”.
Es decir, los seres que nos son semejantes nos causan alegría. Por ello, las personas parecidas (en carácter), congenian y se hacen fácilmente amigas. Por lo tanto, en la jerarquía de seres, los que nos causan más alegrías son los más semejantes, o sea otros hombres o mujeres.
Claro que podemos tener simpatía por un caballo, un perro o un gato, porque ellos son fieles, nos divierten, nos muestran afecto. Pero esa simpatía no es comparable con aquella que tenemos por nuestros prójimos, con los cuáles tenemos un comercio espiritual. Seres tan disímiles, como un hombre y un animal, puedan alegrarse de estar juntos y hasta de viajar juntos, pero evidentemente la alegría de esa compañía no es del mismo nivel que la tenemos viajando con otro ser humano, con el cuál se podrá intercambiar impresiones, ideas y recuerdos.
El único modo de poder comprender la aberración del anuncio, es que el hombre del convertible haya abdicado previamente de su capacidad espiritual, de su inteligencia humana, de su fuerza de voluntad y de su sensibilidad espiritual y artística. En él entonces sólo existirían sentimientos básicos e instintos, y así, se podría asemejar a cualquier animal no racional, como el perro del cartel.
Pero, para llegar a estos abismos de la negación de los atributos con los cuales Dios nos dotó, existe un proceso paulatino, por el cual se supervalora todo lo que es sentimiento y se desprecia todo lo que es fruto del intelecto o de la voluntad, así como las expresiones más elevadas de la sensibilidad y del arte.
Así, de desprecio en desprecio, de la inteligencia humana, de la ciencia, del progreso, de la cultura, del buen gusto; y, al mismo tiempo, de querer guiarnos sólo por nuestros sentidos primarios e instintos, terminamos considerando a los animales como perfectamente iguales a nosotros. El proceso es fatal.
Pero lo curioso es que en esa equiparación acabamos perdiendo la noción de aquello que más hace los animales y los vegetales dignos de nuestra admiración: las perfecciones de Dios que ellos de alguna manera simbolizan, como son la majestad en un león, la elegancia de una gacela, la fidelidad de un perro o la sutileza de un gato.
En ese sentido toda la naturaleza puede ser un espejo del orden divino.
Pensando en esto, me vino a la memoria el siguiente texto del profesor Plinio Correa de Oliveira, escrito en el año de 1962, pero que hoy cobra especial actualidad y que, por eso, transmitimos a nuestros auditores.
“Toda la naturaleza nos habla de Dios y de la ley moral por instituida por Él para el hombre.
“Esta es una verdad muy conocida, pero de la cual se hacen habitualmente sólo aplicaciones unilaterales. La influencia del sentimentalismo nos lleva a omitir los aspectos de la naturaleza que instruyen al hombre sobre la belleza del coraje, de la audacia y de todos los predicados, en fin, que se debe poseer en la lucha, y la lucha que, cuando es dirigida contra el mal, constituye un deber sublime. Y el liberalismo nos impide dar la debida atención a todos los aspectos de la naturaleza que nos recuerdan la propia noción del mal.
“Ahora, ¡cuánto nos habla a este respecto de uno u otro modo el reino animal! No es que los animales sean capaces de vicios o de virtudes. Ni que en ellos pueda haber algún principio bueno o malo que trascienda de cualquier forma su naturaleza de simples animales. La serpiente, por ejemplo, es una criatura de Dios absolutamente tan buena cuando el cordero. Esto no obstante, la primera, por una serie de riquísimas analogías, por su falsedad, por su nocividad para el hombre, por su marcha arrastrándose y su poder de seducción, es utilizada como símbolo adecuado de la villanía y de la maldad, habiendo el demonio hablado a Eva a través de ella; y el cordero, también por una serie de analogías riquísimas, por su blancura, por su mansedumbre, por su inocencia, es tenido como símbolo adecuado de Nuestro Señor Jesucristo y del cristiano. Los animales, todos igualmente buenos como obras de Dios, nos instruyen sobre el bien y el mal, para que amemos a aquel y odiemos a éste. Pero en todo caso (no dejan de ser) meros animales.
“Perdóneme los (auditores) por la banalidad de esta última afirmación. Hoy en día la confusión de los conceptos es tal, que es siempre mejor decir que el agua es agua y no pólvora o granito, cuando se encuentra a alguien que se va a tomar un vaso de agua…
(Un) halcón, que baja majestuoso sobre un conejo que huye aterrorizado, nos hace sentir la fuerte y noble belleza de la lucha, porque es un admirable símbolo de las virtudes del guerrero: calma, fuerza, agilidad y precisión. Su velocidad está proporcionada de tal manera al conejo que lo alcanzará forzosamente.
“¡Ay!, dirá un sentimental. ¿Será lícito que el halcón ataque al pobre conejito? No se irrite demasiado ese sentimental, ni con el halcón, ni con nuestra respuesta: es por voluntad de Dios que los animales se comen unos a otros. Y que los halcones comen conejos… No se debe ver a un animal que devora a otro como se vería a un antropófago.
“Dios, que manda que los hombres se amen mutuamente, manda en este valle de lágrimas a los animales que se devoren recíprocamente, y nos permite que comamos animales. Y con esto enseña a los hombres que ellos son inconmensurablemente más que simples animales.
“Dios no es igualitario… Otra gran, muy grande lección.
“A un liberal no le gusta pensar en esto. Y es porque muchos hombres no son propensos a admitir la existencia del mal, que Dios los instruye por medio de símbolos como éste (que nos dan los animales).
“Y así, al considerar la naturaleza, se aprende a no ser sentimental, ni liberal”.
Y, agregamos nosotros, también a enseñar a nuestros hijos que debemos cuidar a los animales, pero no hacer de ellos seres iguales a nosotros. Es lo que nos amonesta San Mateo: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas, y volviéndose os despedacen”.

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Gracias por su audición, y recuerde que nos puede seguir en www.accionfamilia.org.
Nos volvemos a encontrar en esta SU emisora la próxima semana a esta misma hora.

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