Santidad y familia

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Esta semana que termina festejamos dos santos de enorme importancia para la familia: San José y San Benito.
Hagamos una pequeña reseña sobre el primero de ellos, San José.
En las letanías de San José se le llama “gloria de la vida doméstica”, “sostén de las familias”, “consuelo de los desgraciados” -títulos éstos que son explanados bella y profusamente en los documentos pontificios, en los que insistentemente se inculca la devoción a San José y a la Sagrada Familia- para comprender como necesitamos de tan poderoso intercesor .
En particular, debe ser destacado, precisamos la especialísima protección de San José para enfrentar la gravísima crisis moral y religiosa que sufre hoy la institución de la familia, acosada al punto que se pretende desnaturalizarla con la introducción de leyes que legitiman la unión entre personas del mismo sexo y facilitan la práctica del terrible crimen del aborto, es decir, de la matanza de inocentes en el vientre materno.
En ese sentido, conviene recordar que el Papa Benedicto XV enseñó que “por San José somos conducidos directamente a María, y mediante María a la fuente de toda santidad, Jesús, que con su trato consagró en José y María las virtudes domésticas. Hacia estos grandes ejemplos de virtudes mucho deseamos se vuelvan las familias cristianas, conformándose a ellas. Y así como la familia constituye el fundamento de la comunidad del género humano, cuando se llegue a la máxima firmeza de la sociedad doméstica, protegida en su castidad y fe, una nueva fortaleza y una como nueva sangre se difundirá por todos los miembros de la sociedad humana, corriendo a todas partes la virtud de Cristo; no sólo se seguirá la enmienda de las costumbres privadas, sino también de la vida común y de la disciplina civil.”
Por su parte, San Pedro Julián Eymard escribiendo sobre San José, y su papel providencial, señaló:

“Cuando Dios Padre decidió dar su Hijo al mundo quiso hacerlo con honra, pues Él es digno de todo honor y alabanza. Le preparó, por tanto, una Corte y un servicio real dignos de Él: Dios quería que su hijo encontrase, aun sobre la Tierra, una recepción digna y gloriosa, si no a los ojos del mundo, al menos a los suyos propios. Este misterio de Gracia de la Encarnación del Verbo no fue improvisado por Dios: aquellos que habían sido elegidos para participar en él habían sido preparados por Él desde hacía mucho tiempo. La Corte del Hijo de Dios humanado la componían María y José; el propio Dios no podía haber encontrado más dignos servidores para estar junto a Él.
“Consideremos sobre todo a San José. —Encargado de la educación del Príncipe Real del Cielo y de la Tierra, encargado de gobernarlo y servirlo, ha de honrar con su servicio a su Divino Pupilo: Dios no podía tener con qué ruborizarse de su Padre adoptivo. Y como Él es Rey, de la sangre de David, hizo nacer a José de este mismo tronco real; quiso que fuese noble, aun de la nobleza terrenal. Por las venas de José corría la sangre de David, de Salomón y de todos los nobles reyes de Judá: si la dinastía aún ocupase el trono, él sería el heredero y debería ocuparlo en su momento. No os detengáis a considerar su pobreza actual: la injusticia ha expulsado a su familia del trono a que tenía derecho; pero no deja por eso de ser rey, el hijo de esos reyes de Judá, los más grandes, nobles y ricos del Universo. En los registros del empadronamiento, en Belén, José será inscrito y reconocido por el Gobernador romano como el heredero de David: ahí está su pergamino real, es fácilmente reconocible y lleva su real firma”.
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Que mejor entonces de que consagrar en esta semana al Patriarca San José la nobleza de todos los propósitos de la familia cristiana: la fidelidad de los esposos, la prole, la educación de los hijos que Dios manda, las cruces y sufrimientos enfrentados en unión. En una palabra la Familia en todos sus aspectos naturales, sublimados por la unión sacramental del matrimonio.
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El segundo santo celebrado en esta semana pasada fue San Benito.
Quizá algún oyente nos pregunte qué tiene que ver San Benito, fundador de una de las más antiguas órdenes religiosas de monjes, con la familia. Se diría, a primera vista, que es el santo más alejado del marco doméstico.
Sin embargo no es así.
El año 2014, el italiano Massimo Lapponi publicó un libro mostrando cómo se pueden aplicar las normas que San Benito escribió para su Orden religiosa, a las familias del siglo XXI, titulado “San Benito y la vida familiar”
Veamos algunas de ellas.

El autor señala que la Regla Benedictina aplicada a la vida familiar produciría cambios en estos 6 ámbitos:

1) Cambios en el trabajo
Como en un monasterio (con su “ora et labora”), todos ayudarían en las labores domésticas, se aceptaría e inculcaría el sacrificio de uno mismo en el servicio a los demás. Además, quedaría claro que la vida laboral no se debería privilegiar sobre la vida familiar.

2) Cambios en el descanso
Las películas y los juegos se compartirían juntos, no en solitario. Habría ratos de recreo y juego en común tras la cena familiar, parando el ritmo para encontrarnos y descansar. «El reposo es un tiempo de comunión con Dios y con las almas y de alegría por esta comunión», escribe el autor.

3) Cambios en las comidas
Se rezaría antes de las comidas. Y comerían juntos los miembros de la familia, no a horas distintas en habitaciones distintas. Sería un momento de conversación, de compartir ideas, experiencias, tiempo. Estar juntos para comer ayuda a las familias. Pero para eso la televisión debe estar apagada.

4) Cambios en hábitos de consumo
Una familia “al estilo benedictino” evitará la superficialidad. No llenará las habitaciones de los niños de cosas y juguetes. Se establecerá una gran sobriedad en el uso de elementos electrónicos, tanto entre padres como entre niños (horarios de pantallas apagadas, limitar uso de pantallas, etc…). Se buscará que el uso de los objetos electrónicos sea comunitario: mejor ver juntos una película que ir cada uno a jugar un juego distinto en su dispositivo particular. En cualquier caso, reduciendo al mínimo las pantallas, se fomentaría la lectura y la conversación.

5) Cambios en la vida de oración
Habrá un lugar en la casa destinado para rezar y un tiempo para rezar, a ser posible con un pequeño altar familiar para la oración en común. Se bloqueará la “invasión mundana” creando un clima en el que padres e hijos puedan encontrarse con Dios cada día.

6) Cambios en el ejercicio de la caridad
La familia buscará evitar el centrarse o cerrarse en sí misma: será acogedora, buscará aliviar en lo posible los sufrimientos ajenos, pondrá a los hijos en contacto con los más desfavorecidos”.

Así Massimo Lapponi anima a poner en marcha estas medidas: “las familias de hoy están llamadas a ser islas luminosas de fe, educación y cultura en medio del barrio, del colegio, en el supermercado, en el parque, con los amigos… Se trata de construir el futuro como hicieron los hijos de san Benito, buscando a Dios”.
El autor presenta el libro con una cita de san Cipriano: «No hablamos de cosas grandes; las vivimos».
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Quizá Ud. estimado radioyente nos diga que le estamos poniendo una valla muy alta. Que sólo citamos santos, y que para seguir el ejemplo de los santos hay que ser también santos. Y que Ud., y quizá también los miembros de su familia, están muy lejos de serlo.
Le respondemos que tiene razón, que ser santo es muy arduo y exige muchos sacrificios. Sin embargo los santos no nacen santos. Se hacen santos. Y se hacen de a poco, con pequeños pasos. Le proponemos que al oír estos consejos tome sólo uno para practicar. Será un primer paso para la santidad de su familia.
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Gracias por su audición y recuerde que nos puede seguir en wwwaccionfamilia.org. O en esta SU emisora, semana a semana.

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