“Rusia esparcirá sus errores por el mundo entero”

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Rusia esparcirá sus errores por el mundo entero

Estimado radioyente:

Es capaz que Ud. haya oído en alguna oportunidad esta sentencia: “Rusia esparcirá sus errores por el Mundo entero”

Pero, ¿quién y cuándo la pronunció? ¿ella se realizó? ¿continúa vigente? Son algunas interrogantes que queremos responderle en el comentario de esta semana.

En primer lugar, la autoría de la frase no podría ser más alta ni más segura. Fue la propia Madre de Dios en una de las apariciones que a partir del día 13 de mayo de 1917 la Virgen condescendió en dar al mundo a través de tres pastorcitos en la localidad de Fátima, en Portugal.

Cuando los videntes oyeron esta sentencia de los labios de la Virgen no entendieron de qué se trataba. Ellos eran muy niños y poco instruidos, ni siquiera sabían donde quedaría Rusia. Además de lo cual, en ese momento en que la Virgen anunció esa dramática previsión, Rusia aún no había caído bajo el dominio de Lenin y de los bolcheviques.

Poco tiempo después, el aviso fue cumpliéndose de modo inexorable. El comunismo se adueñó del inmenso territorio de esa infeliz nación, lo transformó en lo que se llamó por cerca de setenta años en la URSS, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y desde ahí, comenzó la expansión por el mundo entero.

Sin embargo, la Santísima Virgen no sólo les anunció esta verdadera pandemia universal. Les indicó también el modo de evitarla a través de la conversión, de la oración y de la penitencia.

Si tuviéramos que hacer un balance desde el mes de mayo de 1917 al mes de mayo del 2021, qué diríamos respecto al cumplimiento de esas previsiones y de los consejos de la Santísima Virgen.

En primer lugar, en apariencia, pareciera que, con la caída de los socialismos reales y la desaparición de la URSS, el peligro anunciado por la Virgen ya desapareció del escenario. En segundo lugar, los consejos dados por la Madre de Dios al mundo, de hacer penitencia y oración, no se cumplieron.

¿Cómo entender entonces que sin cumplirse la condición para que esos “errores” dejaran de expandirse “por el mundo entero”, ellos de hecho parecen sepultados para siempre?

La pregunta se impone. Pasemos a responderla.

Los “errores de Rusia” a que hizo referencia la Madre de Dios, no se limitaban sólo a los del comunismo. Ellos eran el resultado de un largo proceso de descristianización del Occidente otrora católico. Ese proceso, para resumirlo, tuvo tres etapas sucesivas. El primer golpe contra la unidad cristiana de Europa lo dio la Reforma Protestante, con Lutero, Calvino, y todos aquellos que se rebelaron contra el orden moral de la Iglesia.

Más tarde vino la Revolución Francesa que traspasó esos mismos errores al orden social y político, laicizando la vida social y separándose de la Iglesia. Hace pocos días atrás se cumplieron 200 años de Napoleón, que decía de si mismo que era la Revolución “a caballo” y que la expandió por todo el mundo, llegando hasta nuestro Continente.

Pero, el proceso de descristianización no paró con la desaparición de la URSS. Al contrario, él continúa y está llevando sus consecuencias a todas las esferas de la vida social.

Siendo así se impone saber cómo debemos cumplir los consejos dados por Nuestra Señora en nuestro siglo, y para ello debemos considerar ciertas circunstancias particulares de esta época histórica.

En todos los tiempos la Iglesia ha tenido que enfrentarse a adversarios. Pero quizás nunca se haya visto obligado a sufrir un ataque tan furioso que lo golpee en todos los puntos de su doctrina, sus costumbres, sus instituciones y sus leyes. Nunca sus enemigos han mostrado tanta coherencia, tanta unidad de propósito y tanto resentimiento como en nuestros días.

Por tanto, desde cualquier ángulo que consideremos el panorama actual, hay que situar en el centro este fenómeno, es decir, la secular ofensiva de las fuerzas del mal contra la Iglesia, ofensiva que hoy ha llegado a su paroxismo. Vivimos, en un proceso revolucionario que corroe una realidad gloriosa, luminosa pero ahora agonizante: la civilización cristiana.

Por tanto, tenemos un enemigo al que luchar y una herencia que defender. Este patrimonio es el tesoro inmenso e invaluable de las tradiciones que nos han transmitido durante veinte siglos.

Este es un aspecto esencial del apostolado católico en nuestros días. Este aspecto merece una mayor explicación.

¿Debería un católico ser un hombre de su tiempo?

Algunos dicen que el católico debe ser un hombre de su tiempo, con la mirada abierta a toda forma de progreso, adaptándose en la medida de lo posible al mundo en el que vive.

Nadie se atrevería a decir que esta afirmación sea falsa en sí mismas. Pero hay que saber distinguir una aceptación inteligente y perspicaz de una aceptación temeraria, temeraria, fruto de la debilidad que asume no solo los buenos aspectos de la época, sino también todo lo que en ocasiones le inculcó el espíritu de la Revolución.

Es verdad que ninguna época pasada debe permanecer intacta. Siempre es posible, mediante el progreso real, abolir sus defectos y mejorar sus valores. Pero esto no es suficiente. No podemos perder de vista que muchas de las transformaciones que se están produciendo en la actualidad, constituyen un esfuerzo deliberado de destrucción sistemática o corrosión insidiosa de los valores de la civilización cristiana.

Baste citar como ejemplo la banalización del aborto, la imposición de la ideología de género, las leyes que promueven el “suicidio asistido”, la aprobación de los mal llamados “matrimonios” entre personas de igual sexo y mil otros síntomas de una decadencia moral jamás conocida en tanta amplitud y desenfreno.

Sabemos que el hombre no puede quedarse sin sentido. Si pierde el sentido cristiano, debe reemplazarlo por un sentido no cristiano. Por lo tanto, debemos concluir que la gran mayoría de los hombres de hoy están marcados, en mayor o menor grado, por un sentido de vida no cristiano, sino incluso por un sentido anticristiano.

En consecuencia, debemos dedicarnos a la tarea de discernir lo bueno de nuestra época de lo malo. Debemos transmitir no solo intacto, sino aumentado el depósito de tradiciones católicas que hemos recibido de nuestros padres.

Debemos, sí, corregir sabiamente el pasado. Pero cambiarlo sin discernimiento, imprudentemente, en cualquier caso, y en ocasiones incluso por el deseo de cambiar, es una actitud que definitivamente hay que rechazar. Nada más ajeno a la verdadera consagración a Nuestra Señora que este abandono de la tradición cristiana.

La pregunta que se impone en este momento es saber qué debemos conservar y qué debemos cambiar.

Para ilustrar este punto, nada mejor que las luminosas palabras del Papa Pío XII al Patriciado y Nobleza Romanos el 19 de enero de 1944. El Santo Padre explica muy bien qué renovación hecha según el espíritu de la Iglesia, animada por un profundo amor. por tradición, consiste.:

 

“Las cosas terrenales fluyen como un río en el cauce del tiempo: necesariamente el pasado cede y el camino al futuro, y el presente no es más que un instante fugaz que conecta unas con otras. Es un hecho, es un movimiento, es una ley, no es un mal en sí mismo. El mal sería si este presente, que debe ser una ola tranquila en la continuidad de la corriente, se convierte en una tromba de agua, trastornando todo como un tifón o un huracán a medida que avanza, y cavando con furiosa destrucción y rapto un abismo entre lo que fue y lo que debe seguir. Tales saltos desordenados, que la historia da en su curso, constituyen y marcan entonces lo que se llama una crisis, es decir un pasaje peligroso, que puede poner fin salvación o ruina irreparable, pero cuya solución todavía está envuelta en un misterio dentro de la bruma de fuerzas contrastantes (…)

 

“Muchas mentes, incluso las más sinceras, imaginan y creen que la tradición no es más que el recuerdo, el pálido vestigio de un pasado que ya no existe, que ya no puede volver, que a lo sumo llega con reverencia, con gratitud si se quiere, relegado y guardado en un museo. (…) “Pero la tradición es muy diferente del mero apego a un pasado desaparecido; es todo lo contrario de una reacción que desconfía de cualquier progreso saludable.

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¿No le parece estimado auditor que estas consideraciones tienen mucha relación con los problemas que enfrentamos “aquí y ahora”?

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