¿Puede existir la homoparentalidad?

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Estimado radioyente:

La semana pasada se celebró en el mundo entero el día de la Madre. Todos recordamos nuestras madres, vivas o difuntas, ellas jamás se borrarán de nuestra memoria y de nuestro agradecimiento.

Pero imagine un niño que nunca conoció a una madre. Que sólo tuvo “dos padres”. Que fue un niño adoptado por una pareja de dos hombres. ¿No cree Ud. que ese niño no sólo sufriría la ausencia de su madre, sino que, peor aún, no habría conocido lo que es sentir el afecto y la bondad que sólo una madre es capaz de dar? ¿Y no cree Ud. que inevitablemente ese niño no quedaría con una inmensa ausencia para toda la vida y con las consecuencias psicológicas inevitables a un crecimiento así?

Obviamente que sí. Basta ver a un niño junto a su padre y a su madre para ver cómo él ya antes de tener uso de razón percibe la diferencia entre uno y otro y se siente bien con la complementariedad de ambos. De su madre recibe el afecto y la bondad; de su padre la protección y el amparo.

Sin embargo, ¿Ud. se habría imaginado que llegaríamos a discutir si tener un padre y una madre constituye un preconcepto ideológico conservador?

¿Y que la mayoría de la Cámara de Diputados -con 31 votos de la llamada “centro derecha”- iba a apoyar la adopción de parejas homosexuales, afirmando que ello favorecía el “interés superior del niño”?

O sea, para la mayoría de los parlamentarios chilenos, el no tener un padre y una madre, sino dos padres o dos madres es completamente indiferente para su formación, “lo importante es el cariño que ellos reciban”.

Hasta aquí lo que se votó en la Cámara de Diputados y que pasó al Senado.

Sin embargo, contra la opinión de los Honorables, resulta que la naturaleza nos enseña que los niños vienen a la vida por la unión de un hombre y una mujer, y que aparte de esta unión no hay ninguna posibilidad natural de que se pueda gestar una nueva vida.

Si el niño viene exclusivamente de esa unión esponsal, es natural que su formación le corresponda a su padre y su madre y, a falta de ellos, a quienes se parezcan más a un padre y una madre, es decir, los padres adoptivos.

¿Cómo dos homosexuales o dos lesbianas podrían cumplir esos “roles” de padre y madre?

Lo anterior es tan primario que hasta ahora nunca se discutió esta evidencia.

Obviamente que aquí se está jugando con el concepto del “interés superior del niño”, para dar cabida al “derecho al niño”.

Ocurre que las uniones homosexuales, sean ellas de hombres o mujeres, están condenadas a la esterilidad y en consecuencia a la soledad perpetua. Esta situación crea en esas uniones la necesidad de contar con algo o alguien que los entretenga. Por este motivo era característico, hasta hace poco tiempo atrás, que los homosexuales se rodeasen de animales domésticos.

Ahora sus exigencias subieron de tono. Ellos quieren ser acompañados también por niños y no quieren que en esta materia se los “discrimine”.

Pero, si el tema es “no discriminar” a las uniones homosexuales, quiere decir que el “interés superior del niño” queda supeditado al supuesto derecho de los homosexuales.

De acuerdo con información publicada en los Estados Unidos en general, los niños que están en adopción se encuentran en situaciones traumáticas o anormales. Muchos han perdido a ambos padres, mientras que otros tienen padres que están separados o empobrecidos. Con demasiada frecuencia, el niño fue concebido fuera del matrimonio o en relaciones promiscuas y fugaces.

 

El bienestar de estos niños depende de sacarlos de tales circunstancias irregulares y colocarlos en una tan cerca de la normalidad como sea posible.

 

Al abordar este problema, la caridad cristiana dio origen a la institución de los orfanatos, donde almas abnegadas, inspiradas por la religión católica, procuraban proporcionar a los niños pobres sin padres una atmósfera de estabilidad y ternura amorosa que favoreciera su desarrollo físico y moral.

 

Por su parte, las parejas generosas ya menudo sin hijos adoptaron a los niños, les proporcionaron una familia y establecieron vínculos emocionales a veces tan fuertes como el parentesco de sangre.

Ya sea que un niño sea propio o adoptado, los adultos nunca deben verlo como un juguete, pasatiempo o “propiedad” a la que uno tiene “derecho”. Es cierto que el niño está bajo la autoridad De sus padres naturales o adoptivos y les debe respeto, obediencia y amor. Sin embargo, como un ser inteligente y libre dotado de personalidad, no puede ser considerado como una “cosa” para ser utilizado simplemente para la autosatisfacción. El ser moral y físico del niño no puede ser sacrificado meramente para beneficiar a sus custodios.

 

Además, a cada derecho corresponde un deber. Cuando se trata de engendrar o cuidar a los niños, este deber es garantizar el bienestar moral y material de estos últimos. Por lo tanto, aunque engendrar o adoptar hijos da lugar a una satisfacción legítima, esta satisfacción no es el fin último de tales actos. Este fin es la noble tarea de colaborar con el Creador en la propagación y la crianza de la especie humana.

 

La historia y el sentido común universal atestiguan el hecho de que un hogar santificado por el matrimonio entre un hombre y una mujer proporciona las condiciones ideales para esta educación.

 

El niño necesita este entorno protegido, ya que lo que hace que un niño sea tan encantador es precisamente lo que lo hace tan vulnerable: afectividad extrema, emotividad intensa, imaginación rica, confianza ilimitada en los que ama y una apertura total a la influencia externa.

 

Estos son elementos fundamentales para el proceso de aprendizaje y formación de un niño. El niño asimila el conocimiento principalmente por lo que ve y oye de los padres, hermanos y otros parientes. Cuando está mal dirigido, el niño puede sufrir daños morales y psicológicos irreparables

Dado el carácter antinatural de las relaciones homosexuales, una unión homosexual carece de las condiciones morales e incluso psicológicas para garantizar el desarrollo adecuado de un niño. El niño se cría en un ambiente surrealista, artificial, por no hablar de la amoralidad que afectará profundamente a su personalidad.

 

En realidad, el tema es una espiral de exigencias contrarias a la ley de Dios y a la institución de la familia y del matrimonio que Él mismo instituyó como un sacramento: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”.

La institución que está quedando cada vez más “fuera de la ley” es la familia natural y cristiana. Y la institución que sustenta la base moral y religiosa de ella, es decir la Iglesia Católica, también está siendo objeto de clara persecución.

Prueba de ello es que los mismos parlamentarios que en pro del “interés superior del niño” aprobaron la adopción por parte de homosexuales, pocos días antes, por la misma razón, aprobaron la obligatoriedad de violar el secreto de confesión por parte de los sacerdotes.

O sea, no se puede discriminar a los homosexuales, pero sí se puede y se debe discriminar a los religiosos.

Así se llegará por etapas a considerar que el peor discriminador es Dios, Autor de la Ley y Creador de los hombres a su “imagen y semejanza”.

De eso no estamos muy lejos.

Por todo lo anterior, resulta una verdadera afronta a la familia el hecho de haber aprobado este proyecto en la Cámara de Diputados, con votos de quienes se dicen cristianos y que terminan negando aquello que nos enseñó el Genesis: “Y Dios creó al hombre a su imagen. Lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios con estas palabras: ‘¡Reprodúzcanse, multiplíquense, y llenen la tierra! ¡Domínenla! ¡Sean los señores de los peces del mar, de las aves de los cielos, y de todos los seres que reptan sobre la tierra!”.

Para concluir este programa le aconsejamos protestar a los parlamentarios que aprobaron esta iniciativa y exigir de los senadores que no la aprueben.

 

Muchas gracias por su audición y recuerde que nos puede seguir en Credo Chile. cl o en esta Su emisora, semana a semana.

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