Promover la Tradición, el papel de la familia

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Promover la tradición, papel de la familia

Estimado Radioyente:

A nadie le puede caber duda de que en el panorama nacional existen fuerzas que propugnan cambiarlo todo y de inmediato.

Esas fuerzas actúan no sólo en el campo político sino también en el cultural, social, académico y en casi todas las esferas de la vida nacional.

El eslogan “no son 30 pesos sino 30 años” sintetizó de modo bastante gráfico lo que se trata de destruir. Son los 30 años que comienzan en los 90’, con la transición pacífica y ordenada de un régimen de excepción, hasta el presente con la vigencia del sistema democrático que vivimos.

Como si en esos años se concentrara el mal por excelencia, nada de sus frutos es valorado; ni la disminución de la pobreza; ni los adelantos materiales; ni la prosperidad de buena parte de la clase media; ni el aumento de la participación de estudios universitarios; ni el aumento de la escolaridad, ni la disminución de la mortalidad infantil, ni en fin, el hecho de que todo eso se haya alcanzado de modo pacífico, sin traumas ni enfrentamientos sociales de mayor envergadura.

Pocas veces suceden hechos de esa naturaleza en los países. Al contrario, es común que ocurra lo contrario y no fueron pocas las voces que auguraban un “enfrentamiento de trenes” al finalizar la década de los 80 y comenzar la transición de los 90’ del siglo pasado.

Felizmente ese “choque de trenes” no se dio, sino al contrario, tuvo lugar un progreso que hasta ahora nunca había conocido Chile de modo tan permanente y en tantos campos distintos. Así, nuestro País se convirtió en una excepción destacada por todos los observadores nacionales e internacionales en el conjunto de naciones del Continente.

Nuevamente se oyen voces que llaman a un nuevo “choque de trenes”. Se trataría para esas voces de “descarrilar” el tren que nos condujo hasta aquí y engancharnos a una nueva locomotora, que se presenta como más justa, más igualitaria, más inclusiva, con derechos para todos y con costo cero.

En resumen, un nuevo “el dorado” donde todos tienen todo y a nadie le cuesta nada.

Sin embargo, la pregunta “del millón” es si existen fórmulas “el dorado” en este “Valle de lágrimas”. Si hubo, en alguna época histórica, alguna sociedad que alcanzara el goce de esta fórmula que es la negación de lo que afirman las Sagradas Escrituras al expulsar a nuestros primeros Padres: “Con el sudor de tu frente ganarás el pan de todos los días”.

Pensando en esto encontramos un texto del Papa Pío XII que da luces y criterios muy precisos para poder juzgar con sabiduría esas voces de “choque de trenes”.

El Papa nos recuerda en primer lugar que no existe el inmovilismo en las sociedades. Que, al contrario, todas las sociedades se encuentran permanentemente en movimiento. Para ejemplarizar esta verdad, el Pontífice compara a la sociedad con un río: “Las cosas terrenas corren como un río por el lecho del tiempo; el pasado cede necesariamente su puesto y el camino a lo por venir; y el presente no es sino un instante fugaz que une a ambos. Es un hecho, es un movimiento, es una ley; no es en sí un mal.”

A continuación, el Papa señala cuáles serían los peligros dentro del movimiento de ese “río” de los cambios sociales: “Un mal sería si este presente, que debería ser una tranquila onda en la continuidad de la corriente, se convirtiera en una tromba marina que todo arrasara a su paso, como un huracán o un tifón, y que con su furiosa destrucción y violencia excavase un abismo entre lo que ha sido y lo que será”.

En este trecho está el diagnóstico de los procedimientos buenos o malos en las transformaciones de una sociedad. Cuando ellos son el fruto de una “furia destructiva y violenta”, nunca pueden ser buenos, porque no siguen la ley de la “continuidad en la corriente”.

Lo anterior, no quiere decir que todos los cambios realizados en tranquilidad sean por eso mismo buenos. Pero sí, que cuando son hechos con las características de “furia y violencia” son siempre malos.

Para ser más preciso, el Papa agrega: “Esos bruscos saltos que da la historia en su curso, constituyen y determinan, pues, lo que se llama una crisis, es decir, un paso peligros, que puede conducir a la salvación o a una ruina irreparable, pero cuya solución aún se haya envuelta en el misterio, dentro de la niebla que envuelve a las fuerzas en lucha”.

Si aplicamos estas sabias enseñanzas al Chile de nuestros días debemos concluir que nos encontramos en una crisis y si Chile fuera un paciente sentado en la camilla de un médico, éste le diría que se encuentra en una situación delicada, de la cual tanto puede conducir a su salvación cuanto a “una ruina irreparable”.

Sería natural que este paciente, de nombre Chile, le preguntase al médico: “Entonces, doctor, ¿cuál es la terapia que Ud. me recomienda para que de esta crisis yo no salga como “una ruina irreparable”?

El médico en cuestión le responderá, siguiendo las enseñanzas de Píos XII, que la sociedad humana es semejante a una máquina bien ordenada, cuyos órganos concurren todos ellos al funcionamiento armónico del conjunto. “Cada uno tiene su propia función, cada uno debe aplicarse al mejor progreso del organismo social, debe procurar alcanzar la perfección, según sus propias fuerzas y su propia virtud, si ama verdaderamente a su prójimo y tiende razonablemente hacia el bienestar y beneficio común”.

Nada más lejos de aquellas voces que susurran que todo está en manos de un Estado benefactor que les da a las personas “n” derechos, sin necesidad ni de esfuerzo, ni de virtud. Por el contrario, es de la búsqueda de la “perfección según sus propias fuerzas” que se alcanzará el bien individual y el bien social.

Pero, nuestro “médico” no se limitará a señalar en teoría la fórmula para evitar la ruina del paciente. Él le dará el secreto de la mejor medicina para alcanzar la “salvación”.

Es la institución de la familia, la vida diaria de una familia unida, las instrucciones recibidas en el calor del hogar.

Oigamos al “medico”. (…) lo que más cuenta es la herencia espiritual transmitida (…) por la acción continua de ese ambiente privilegiado que la familia constituye; por la lenta y profunda formación de las almas en la atmósfera de un hogar rico en altas tradiciones intelectuales, morales, y, sobre todo, cristianas; por la mutua influencia entre aquellos que habitan una misma casa, influencia cuyos beneficiosos efectos se proyectan hasta el final de una larga vida”

Y concluye el “medico”:

“Es éste el patrimonio, más valioso que ningún otro, que, iluminado por una Fe firme, vivificado por una fuerte y fiel práctica de la vida cristiana en todas sus exigencias, elevará, refinará y enriquecerá las almas de vuestros hijos”.

Nada más claro.

El médico, Pontífice, ya decía a los padres de familia de la Nobleza Romana, en el año de 1941, que la solución a la crisis social que afectaba las naciones de entonces (no olvidemos que el mundo se encontraba en plena II Guerra Mundial), se encontraba en la familia y en la formación cristiana de las virtudes morales que los padres debían enseñar a sus hijos.

¿Puede haber algo de más diferente de las voces que hoy nos dicen derechos y no deberes; Estado y no esfuerzo individual; aborto y no hijos?

Obviamente que no decimos que la solución sea fácil. Para nadie es fácil alcanzar la perfección, pero para ello tenemos el mejor y el más al alcance medio: la oración a Aquella de quien nunca se oyó decir que alguno de aquellos que haya recurrido a Ella, haya sido por Ella desamparado.

Es lo que para concluir nuestro comentario de esta semana le aconsejamos. “Recurra a María, invoque a María”.

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