Plebiscito y familia

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Estimado radioyente:

En nuestros programas anteriores nos referimos a las diversas alternativas del pasado plebiscito. Una vez que éste fue celebrado el pasado domingo es natural que digamos una palabra a nuestros auditores sobre sus resultados.

En primer lugar, corresponde preguntarse cuál de las dos opciones realmente ganó .

La respuesta a esta pregunta podría parecer a algún auditor superficial de tan evidente.

Sin embargo, pensamos que ella merece ser respondida con detención, pues los resultados obtenidos nos muestran que las cosas no son ni tan evidentes ni tan obvias.

Comencemos por decir que, para entender bien el resultado del plebiscito del domingo pasado debemos imaginar una inmensa empresa de publicidad de una cadena de productos alimenticios. Una empresa que tuviera a su disposición todos los recursos de propaganda; incluso del apoyo gubernamental para la promoción de sus productos; todos los representantes del mundo nutricional que le dieran la máxima credibilidad, propagando que, comiendo tales alimentos, la población encontraría la mayor satisfacción y el atendimiento de todas sus anhelos nutritivos. En una palabra, que ese alimento sería una especie de Maná caído del cielo.

Bien, imagine todo eso y todavía más, pero, resulta que, cuando llega la hora de ir al lugar de consumo gratuito del “Maná” ofrecido a lo largo de todo el País y contando con transporte también gratuito, para acceder al lugar de expedición y con horarios preferentes para la 3ª edad, se verifica que apenas la mitad de la población se interesa en concurrir.  Y de los que van, el 25% declaran que tal producto no les interesa.

¿Ud. diría que la empresa fue exitosa, o -al contrario- que su campaña resultó en un estruendoso fracaso?

Lo ocurrido el domingo pasado fue, en clave política, exactamente lo mismo. Un enorme fracaso de la propaganda que la izquierda, la derecha y el Gobierno realizaron unidos en favor de una nueva Constitución.

Si la actual Constitución constituye una “trampa de la Dictadura”; una “camisa de fuerzas que oprime a los pobres”; un factor de “desunión de los chilenos”, y, en fin, todas las pestes que se le atribuyeron a lo largo de este año, entonces las filas de votantes para acabar con tal injusticia deberían haber sido interminables.

Por lo anterior, me llamó la atención el poco público que encontré en el Campus Oriente de la UC donde normalmente concurro a votar. Movido por esa impresión pregunté a los vocales de varias mesas por la asistencia. Todos ellos me confirmaron que los votantes no eran más que el 50% de los que estaban en el listado, y eso que ya eran la 5 de la tarde.

Confieso que salí con una sensación de alivio, pues, pensé: si esta proporción se repite a lo largo de todo el País, el resultado es un fracaso para quienes organizaron este inmenso show del “descontento social”.

Cuál no fue mi sorpresa cuando, apenas comienzan a darse los resultados, los comentaristas omitían ese factor fundamental del Plebiscito: la mitad del País no se interesó ni siquiera en participar de él.

Al contrario, el Director del Servel declaraba entusiasmado que era una convocatoria “histórica” y que el “100% de las mesas se habían constituido desde la mañana”.

Sólo olvidó decir que esas mesas, como en el banquete del rey del Evangelio, quedaron vacías al menos de la mitad de los invitados y que casi la cuarta parte de los que fueron, rechazó el menú que se les ofrecía.

Quizá algún lector considere que estamos exagerando la importancia de la abstención, movidos por el sentimiento de fracaso delante del 78% del “Apruebo”.

No es así, y -para demostrarlo- le transcribo declaraciones de los propios ideólogos del show:

Veamos lo que pensaba, en mayo de este año, Fernando Atria: “Si en el plebiscito de octubre vota el 35% de quienes tienen derecho a voto el proceso no será de verdad; (…) Pero si vota el 80 o el 90% de los chilenos, el proceso tendrá fuerza social, lo que nos llevará a una Nueva Constitución”.

Es decir, para Atria, si el Plebiscito no alcanzaba el “80 o el 90% de los chilenos”, no tendría “fuerza social” y lo que en realidad obtuvo la opción apruebo fue exactamente el 35% de apoyo por parte de los chilenos inscritos en los registros electorales.

Quizá por la misma razón, la diputada Catalina Pérez, de Revolución Democrática, previendo una baja participación, ya había declarado: “Si el oficialismo pretende instalar la legitimidad del plebiscito en torno a la participación, (entonces) legislemos esta semana y restablezcamos el voto obligatorio, (…) para una participación segura y masiva”.

Por su parte, la senadora Allende vislumbraba que: “tendremos una amplia participación, porque las y los ciudadanos han comprendido que para cambiar las injusticias, las inequidades y las grandes dificultades a que se enfrentan a diario, es necesario tener una nueva Constitución”.

En conclusión, y respondiendo a la pregunta inicial: Si por triunfo se entiende la suma de los votos contabilizados, ganó el “Apruebo”. Pero, si se entiende la participación masiva de la población para dotarse de una nueva Constitución que la represente; entonces ganó el “Rechazo”.

Pero, todo sumado debemos enfrentar lo que tenemos por delante.

Y, lo que queda claro es que de aquí para adelante, nos guste o no, comienza una nueva etapa de nuestra vida institucional. Ella consistirá en dotarnos de una nueva Constitución que rija el orden jurídico por al menos medio siglo, es decir hasta que los hijos de nuestros hijos ya sean hombres adultos, y nosotros nos hayamos presentado delante de Dios.

Quizá una de las preguntas que Dios nos formulará en nuestro Juicio particular sea, ¿qué hiciste para que las instituciones cristianas de tu sociedad se mantuvieran vigentes en la Constitución? En especial, ¿qué hiciste para que la familia, natural y cristiana, siguiera siendo la matriz y la célula básica de la sociedad chilena?

Nuestra respuesta dependerá de lo que hagamos de aquí para adelante en favor de la unidad de los padres, del derecho prioritario a educarlos, de la libertad para poder profesar nuestra Fe católica sin imposiciones por parte del Estado.

En una palabra, como padres y madres de familia, deberemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que, como decía el Santo Padre Juan Pablo II, se mantenga el respeto y cuidado de nuestras raíces en el próximo texto constitucional.

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