Pascua de Resurrección

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Estimado Radioyente:

Estamos en una época en que las malas noticias sobreabundan. Todo lo bueno, que hasta hace poco parecía normal, hoy parece quebrarse, decaer, disminuirse o desaparecer definitivamente.

Por lo contrario, todo aquello que parecían dramas de poca ocurrencia, o completamente improbables, hoy hacen parte de lo cotidiano y parece que debemos convivir con el desastre, con las pandemias, con los aislamientos forzosos, etc.

Muchos que hasta hace poco tiempo atrás eran empedernidos optimistas, pasaron de la mañana para la noche a ser pesimistas deprimidos.

La cantidad de consultas psiquiátricas ha aumentado de modo alarmante en todo el mundo.

Al respecto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió recientemente de las consecuencias para la salud mental que está teniendo el coronavirus en el mundo y las que va a tener en el futuro, con un posible aumento de suicidios y de trastornos, e instó a los gobiernos a no dejar de lado la atención psicológica.

“La situación actual, con aislamiento, miedo, incertidumbre y crisis económica, puede causar trastornos psicológicos”, advirtió en una rueda de prensa digital Dévora Kestel, directora del Departamento de Salud Mental y Abuso de Sustancias de la OMS.

Todo este panorama pareciera indicar que el mundo no tiene futuro o que su futuro es irremediablemente negro.

Sin embargo, los hombres de Fe, estamos precisamente celebrando en estas semanas el período litúrgico más alegre del año: La Pascua de Resurrección.

El tiempo de Pascua​ es un periodo del año litúrgico, comprendido por los cincuenta días entre el domingo de Pascua de la Resurrección de Jesús hasta el domingo de Pentecostés.

Sí, como Ud. lo oye, estimado radioyente, la Resurrección de Nuestro Divino Salvador.

Con su Resurrección gloriosa, Nuestro Señor nos quiso indicar que todos los sufrimientos, e incluso la propia muerte que Él mismo sufrió, son transitorias. Que el bien siempre triunfará sobre el mal y que el destino del hombre es  vencer el mal y  gozar eternamente de la beatitud celestial.

Nada más opuesto al pesimismo depresivo de nuestros días.

Por este motivo, nos pareció oportuno transmitir algunas consideraciones sobre la Pascua de Resurrección escritas hace muchas décadas atrás por el Profesor Plinio Correa de Oliveira.

Le pasamos la palabra.

“Cristo es el Rey de la gloria, que venció a la muerte y aplastó al demonio. Su Iglesia, Reina de inmensa majestad, es capaz de levantarse de todos los escombros.

Pero la Iglesia no es sólo una Madre cuando nos enseña la gran misión austera del sufrimiento. Ella también es Madre, cuando en los extremos del dolor y de la aniquilación, ella hace brillar ante nuestros ojos la luz de la esperanza cristiana, abriéndonos los horizontes serenos que la virtud de la confianza muestra a todos los verdaderos hijos de Dios.

Así, la Santa Iglesia se sirve de las alegrías vibrantes y castísimas de la Pascua, para hacer brillar ante nuestros ojos, incluso en las tristezas de la situación contemporánea, la certeza triunfal de que Dios es el supremo Señor de todas las cosas, de que su Cristo es el Rey de la gloria, que venció a la muerte y aplastó al demonio, que su Iglesia es la Reina de inmensa majestad, capaz de levantarse de todos los escombros, de disipar todas las tinieblas y de brillar con un triunfo más esplendoroso, en el momento exacto en que parecía aguardarle la más terrible, la más irremediable de las derrotas.

*   *   *

La alegría y el dolor del alma resultan necesariamente del amor. El hombre se alegra cuando tiene lo que ama, y se entristece cuando lo que ama le falta.

 

El hombre contemporáneo pone todo tu amor en las cosas de superficie, y por eso sólo los acontecimientos de superficie –de la superficie más próxima a su minúscula persona– lo emocionan.

Así, lo impresionan sobre todo sus desgracias personales y superficiales: problemas de salud, la situación financiera inestable, los amigos ingratos, las promociones que tardan, etc. De hecho, sin embargo, todo esto es secundario para el verdadero católico que busca antes de toda la mayor gloria de Dios y, por lo tanto, la salvación de su propia alma, y ​​la exaltación de la Iglesia.

Por eso, el mayor sufrimiento del católico debe consistir en la situación actual de la Iglesia.

Sería un error negar que la apostasía general de las naciones sigue creciendo de modo aterrador, que la tendencia al paganismo se desarrolla vertiginosamente en las naciones heréticas o cismáticas que aún conservan algunos restos de sustancia cristiana. En las propias filas católicas, al par de un renacimiento promisorio, se puede observar la marcha progresiva del neo-paganismo: se depravan las costumbres, se limitan las familias, pululan las sectas protestantes y espiritistas.

A pesar de tantos motivos de tristeza, motivos que hacen presagiar, tal vez, para todo el mundo, una catástrofe no distante, continúa la esperanza cristiana. La razón de esto nos es enseñada en la propia fiesta de la Pascua.

*   *  *

Nuestro Señor resucitó sin ninguna ayuda humana, y bajo su imperio la pesada piedra de la sepultura se dislocó leve y rápidamente, como una nube. Y Él resucitó.

Así también la Iglesia inmortal, puede ser aparentemente abandonada, manchada, perseguida. Puede yacer, derrotada en la apariencia, bajo el peso sepulcral de las mayores pruebas. Ella tiene en sí una fuerza interior y sobrenatural, que le viene de Dios, y que le asegura una victoria tanto más espléndida cuanto más inesperada y completa.

Esta es la gran lección de la Pascua, el gran consuelo para los hombres rectos que aman sobre todo a la Iglesia de Dios: Cristo murió y resucitó.

La Iglesia inmortal resucita de sus pruebas, gloriosa como Cristo, en la radiante aurora de su Resurrección”.

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Hasta aquí las consideraciones del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira.

Concluimos nosotros aplicándolas a nuestra propia situación. Los cristianos debemos ser “otros Cristo” y, en la medida que lo seamos, estamos llamados a seguir los mismos pasos que dio Nuestro Divino Maestro.

Por eso mismo, debemos esperar siempre la “resurrección” de las buenas causas, de las virtudes olvidadas o despreciadas, de las instituciones sagradas, como la familia cristiana, en una palabra, de la civilización cristiana y de todo aquello que constituye la más alta razón de vivir y de luchar: el triunfo del bien sobre el mal.

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Concluimos estas consideraciones, deseando para Ud. y para su familia la gracia de que, en medio de todas las probaciones y dificultades, no olvidemos esta verdad consoladora: Cristo Resucitó, Aleluya, y con él todo aquello que hace parte de su cuerpo Místico. ¡Aleluya!

Ayúdenos a llegar a miles de personas como usted.