Odio a Dios

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En nombre del Padre, del Hijo y del Espírito Santo

Estimado radioyente:

Comenzamos el programa de esta semana haciendo la señal de la cruz. Y la hacemos en reparación a todo lo que fue practicado en este fin de semana pasado en las Iglesias cercanas a Plaza Baquedano, epicentro de las manifestaciones en favor de una nueva Constitución.

Tanto Ud., como yo y como todos los chilenos con fe, vimos con dolor e indignación una turba de energúmenos aplaudiendo y festejando la caída de la torre de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción en Avda. Vicuña Mackenna.

Recordamos la consternación de los parisinos cuando la famosa iglesia de Notre Dame fue incendiada y cayó la llamada “fleche” o torre en forma de aguja que se alzaba de modo elegante y piadoso hacia el cielo.

Lo que en Francia fue objeto de consternación, en Chile fue causa de festejos por quienes allí se encontraban.

Peor aún, los autores de los hechos, lejos de querer ocultar sus fechorías las practicaron a rostro descubierto y en la más total impunidad.

Esa impunidad los llevó a practicar escenas de ofensa religiosa como gestos satánicos en medio de las llamas contra los objetos e imágenes religiosas. Se diría que vivimos una escena como siempre imaginamos que podría ser el infierno.

Por detrás de esos actos de odio a Dios, lo que quedó patente en este fin de semana es que lo que más odian quienes practicaron esos actos, en el primer aniversario de la revolución del 18 de octubre del 2019, no es la actual Constitución, ni el Gobierno, ni las AFPs, ni nada de lo que han sido los pretextos de las protestas.

El odio es a Dios, a su Iglesia, a sus Mandamientos, a la moral y a todo lo que signifique orden.

Ahora, pasado el impacto que causó en todos los católicos chilenos, hay una pregunta que se debe formular, ¿qué lleva a estos sujetos a aplaudir como un triunfo la caída de la torre de la Iglesia?

La respuesta es más simple de lo que aparece a primera vista. Quien odia el orden creado, no puede dejar de odiar al Creador de ese Orden. Quien odia la existencia de una moral, de un precepto, no puede dejar de odiar a Quien instituyó ese precepto y es el autor de la Moral.

Quien odia la familia natural y monogámica; quien odia la propia existencia de sexos complementarios; quien odia la prohibición de matar a los hijos concebidos; quien odia todas las manifestaciones del bien, de la bondad y de la belleza, no puede sino alegrarse cuando ve que una construcción religiosa, consagrada a honrar al Autor de ese orden, cae en llamas.

Por eso mismo quienes provocaron estos incalificables hechos, se presentaron sucios, groseros, violentos y procaces.

Alguien podría decir que esos delincuentes no son sino una pequeña minoría que no representan a todos los descontentos que se han manifestado en Plaza Baquedano.

A ellos les respondemos:

1.- Hasta ahora los supuestos manifestantes pacíficos nunca han rechazado, de modo claro y enérgico, estas y otras manifestaciones como las ocurridas este fin de semana y a lo largo de todo el año.

A este silencio se aplica el principio de “quien calla consiente”. Si yo veo a mi lado a alguien que está provocando un delito y, peor aún, un sacrílego atentado contra un lugar santo, y no manifiesto de inmediato y con toda mi energía mi más completa oposición, yo me transformo en un cómplice del sacrilegio.

2.- Además de lo anterior es necesario considerar que tantos quienes han practicado a lo largo de todo un año estos actos vandálicos, cuanto los autores de estos sacrilegios, adhieren a un profundo error ideológico con consecuencias religiosas: Ellos sostienen que todos debemos tener los mismos derechos porque todos somos completamente iguales.

Ahora, de acuerdo a la doctrina católica, eso es un profundo error. Dios nos creó a todos iguales en dignidad como hijos suyos, pero muy desiguales en todos los accidentes, de inteligencia, de fuerza de voluntad, de capacidad de trabajo, etc., etc.. De esas desigualdades accidentales, surgen necesariamente las desigualdades de bienes sociales, económicos, y todas las desigualdades accidentales frutos de la propia naturaleza de seres desiguales.

Santo Tomás nos enseña que Dios nos creó desiguales para que tuviéramos una idea de Él mismo como Creador. Así,  los hijos sintiendo su propia debilidad y viendo la fuerza de su padre, pueden tener una idea de su propia contingencia y de la perfección de Dios. Si fuéramos todos iguales nadie podría ejercer la caridad para con el prójimo, pues nadie tendría nada que dar, ni nadie tendría nada para recibir.

En medio de esa utópica igualdad absoluta, la idea de caridad no tendría espacio. Y como Dios es caridad, “caritas est Deus”, Dios no tiene cabida en un régimen igualitario.

Bien lo saben los incendiarios de iglesias. El orden jerárquico, armónicamente desigual, en donde brille la caridad cristiana, he ahí el blanco a quemar. El Autor de ese orden, he ahí el Dios a destruir. Por eso en un altar de una de las Iglesias quemadas este fin de semana, se leía: “muerte al Nazareno”.

Quien gusta de la igualdad, tarde o temprano termina odiando al Autor de la naturaleza desigual, es decir a Dios.

“Sin Dios ni ley”, es la consigna de esa ideología, o, mejor dicho, de esta secta satánica.

Aquí está el centro de lo que se votará este domingo 25 de octubre. El gran pensador católico español del siglo XIX, Donoso Cortés, decía con razón que detrás de cada disputa política había una cuestión teológica.

Es precisamente el caso en nuestra realidad.

Quienes queremos la permanencia de un orden jurídico donde se respete a la familia como célula básica de la sociedad; donde la libre iniciativa y la propiedad privada, rijan como garantía de nuestra libertad,  lo hacemos en el sentido de que estos principios, dentro de la contingencia de las leyes humanas, respetan el debido reflejo del orden de Dios.

Quienes votarán “por una página en blanco, a partir de cero” pretenden destruir lo que aún resta de orden cristiano y edificar sobre los restos calcinados de las iglesias, un conjunto de individuos completamente iguales, sin familia, sin diferencias de ningún tipo, ni siquiera de sexo, o sea, seres contrarios a como Dios nos creó.

Que la Virgen del Carmen, Reina y Patrona de Chile; que el Ángel protector de nuestra nación que en tantas ocasiones nos protegieron, quieran librarnos de estas pérfidas intenciones, perdonar estas sacrílegas acciones y convertir a sus autores, antes que les llegue la hora del Juicio de Dios.

Cerramos estas consideraciones haciendo, al igual que al inicio la señal de la cruz en reparación de las ofensas realizadas contra nuestro Creador y Su Madre Santísima y pidiendo, en cuanto católicos y chilenos, perdón por la grave ofensa perpetrada contra Su Honra.

En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.

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