Obispo de Villarrica: Criterios para el voto católico en el próximo plebiscito

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Estimado radioyente:

Continuamos esta semana dando lectura a las oportunas y orientadoras reflexiones del Obispo de Villarrica, Monseñor Francisco Javier Stegmeier, relativa a los criterios con que un católico debe tener para el próximo plebiscito constitucional.

“El primer ‘principio no negociable’ mencionado por el Papa Benedicto XVI es ‘la protección de la vida en todas sus fases, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural’ (discurso del 29 de marzo de 2006). Es conveniente recordar que estas palabras las dice en el contexto de la redacción del tratado constitucional de la Unión Europea. En nuestro caso, este principio no negociable está contemplado en la actual Constitución chilena.

Ahora bien, de un modo análogo -es decir, en parte igual y en parte distinto-  a Europa, también nosotros estamos debatiendo sobre nuestro modelo social, del cual la Constitución debe ser expresión. En cualquier caso, al establecer criterios al momento de querer unir a todos los habitantes de nuestra Patria en un mismo proyecto de sociedad, ‘será muy importante inspirarse con fidelidad creativa en la herencia cristiana que ha dado una aportación decisiva a la hora de forjar la identidad’ de Chile.

Respetar siempre la vida, en toda circunstancia y de todas las personas, es condición para lograr la adhesión de todas las voluntades en la consecución de una unidad patria de la que todos nos sintamos parte. Sin este respeto de todos y la correspondiente legalidad que lo asegure, no es posible la cohesión social, dentro de las legítimas diferencias de pareceres en materias opinables. Lo ha demostrado la división del país causada por la legalización del aborto, en contra del espíritu y la letra de la actual Constitución.

Aunque el reconocimiento, la promoción y defensa del derecho a la vida emergen de la misma naturaleza de la persona, de hecho ha sido la revelación cristiana la que ha sacado todas las consecuencias del derecho a la vida. De las entrañas de una sociedad cristiana surge la defensa del más débil e indefenso frente a la tentación del más poderoso de imponer su voluntad al margen de la verdad, el bien y la justicia. Los cristianos hemos ido creciendo en conciencia respecto a la intangibilidad de la dignidad de la persona.

Toda Constitución política debe obligar a todos y principalmente al Estado y sus Poderes a respetar la dignidad de la persona humana.

La Constitución debe reconocer la obligación de respetar la dignidad de la persona humana y su derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. Este reconocimiento lleva al rechazo de la legalización o despenalización del aborto provocado y de la eutanasia. Pero la dignidad de la persona abarca otros aspectos que le son esenciales.

La Constitución debe establecer criterios mínimos para que la sociedad procure el bien común, de modo que se dé ‘el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección’. El bien común no es pretender la máxima utilidad para el mayor número posible de ciudadanos, menos aún se puede reducir al bien del Estado. El bien común presupone el respeto a la persona como tal, el bien social y exige la paz, es decir, la estabilidad y seguridad de un orden justo.

Para ello, además, la Constitución debe asegurar las herramientas que permitan proteger a las personas del intento de pasar a llevar su dignidad, ya sea que este peligro proceda de órganos del mismo Estado, de otras organizaciones o de particulares.

En este sentido, la Constitución tiene que asegurar la existencia de un auténtico Estado de Derecho, que vele por la justicia debida a la persona y a su naturaleza esencialmente social que se expresa en su pertenencia a la familia y a otras instituciones intermedias entre la persona y el Estado. La ley no debe ser arbitraria, sino debe ser conforme a la justicia.

El Estado debe respetar y hacer respetar la dignidad de la persona que le corresponde por ser creada a imagen y semejanza de Dios. La dignidad de la persona no viene de una concesión del Estado, sino que emerge de la misma naturaleza humana. El Estado no puede arrogarse la pretensión a decidir qué es la persona y sus derechos. Hay que recordar que la persona es anterior y superior al Estado.

Además de la protección de la vida en todas sus fases, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural, el Papa Benedicto XVI señala otros dos principios no negociables: la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, y el derecho de los padres a educar a sus hijos.

Estas son las palabras del Papa: son principios no negociables el ‘reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente a formas radicalmente diferentes de unión que en realidad la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel social insustituible; y la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos’ (Discurso del 29 de marzo de 2006).

Una ‘sana’ Constitución debe reconocer la verdad de la persona humana, del matrimonio, de la familia y del derecho originario de los padres de educar a sus hijos. Estas realidades fundamentales emergen de la misma naturaleza del hombre y de la mujer, al alcance de la comprensión de la razón humana y, por añadidura, claramente revelado por Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Al Estado, a través de la Constitución, le corresponde reconocer la realidad tal como ella es según el ser recibido por el acto creador de Dios. La capacidad creativa e innovadora del ser humano, para que sea verdadera, buena y justa, debe tener en cuenta siempre que todas las cosas dependen de Dios como su origen y fin.

Por lo tanto, no le corresponde al Estado decidir qué es la persona y quiénes lo son, ni le corresponde decidir qué es el matrimonio y qué es la familia. Tampoco puede sustituir a los padres en la educación de sus hijos. La escuela, el Estado y la misma Iglesia están al servicio de los padres en este insustituible deber. Un Estado que pretende ser el ‘creador’ de la realidad, según la ideología del momento siempre dependiente de los poderosos de este mundo, es totalitario.

Dadas las actuales circunstancias, es altamente probable que una posible nueva Constitución incorpore en su redacción los principios de la ideología de género, pasando a llevar la dignidad de la persona humana y la verdad de la familia.

+ Francisco Javier,  Obispo de Villarrica’”

Hasta aquí las palabras de Monseñor, concluimos nosotros que si la actual Constitución respeta los ‘principios no negociables’ a los cuales hace mención el Sr. Obispo resulta temerario cambiarla por otra cuyo contenido no se conoce y puede ser un salto en el vació.

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