Luminosas y oportunas consideraciones

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Estimado radioyente:

Mucho se ha escrito y hablado con relación a la situación de violencia y saqueo que afecta a nuestras ciudades e impide la convivencia pacífica entre los chilenos.

¿Sus causas? ¿Las soluciones? Todo parece hoy difícil de discernir y en consecuencia, más difícil de resolver.

En este panorama de confusión, de agresión y de miedo, la voz del Obispo de Villarrica constituye una luz en medio de la obscuridad general. Por esta razón la trasmitimos en su íntegra para conocimiento de los auditores de nuestro programa semanal orientado a la familia en Chile.

“Hermanos en Jesucristo:

La modernidad estuvo marcada por la esperanza de un mundo mejor. Pero es cada vez mayor la frustración ante expectativas no satisfechas. El mito ilustrado del progreso indefinido hacia una humanidad plena de felicidad ha fracasado en su pretensión de suplantar a Dios como el sentido último de toda la realidad, de la historia, de la sociedad y del mismo hombre.

Los criterios actuales de “felicidad” dejan completamente de lado el fundamento de la plena realización del hombre, es decir, Dios. Y no se toma en cuenta que el único que es capaz de hacernos realmente felices en plenitud es Jesucristo, quien nos ha liberado de la esclavitud del pecado, la muerte y la eterna condenación.

Con ocasión del Día Internacional de la Felicidad, la ONU informó en 2019 que Chile era el país más feliz de América del Sur. Si ser feliz se mide por el ingreso económico, una vida larga y saludable y el apoyo estatal, entonces Chile tendría que ser muy feliz. Desde el ateísmo que considera al hombre como materia sin trascendencia se piensa así.  Pero esto es falso, como lo demuestra la realidad.

Un país como Inglaterra, muy feliz según el índice de la ONU, tiene que crear un Ministerio de la Soledad, porque la persona se ha encerrado en el individualismo y tiene todo asegurado de parte del Estado, sustituto de Dios. El resultado es la tristeza, la depresión y, en muchos casos, el suicidio. En los países más ricos la gente se puede morir y pueden pasar meses sin que nadie se percate.

Lo que estamos viviendo hoy en Chile se veía venir. Y la causa última y principal no es la desigualdad social, que es efecto de algo más profundo. Lo que nos está pasando se debe a la construcción de una sociedad sin Dios. Sólo Él, el Dios vivo y verdadero, trascendente y soberano de todo puede ser el fundamento de la paz social. La convivencia fundada en la justicia, que asegure el derecho de la diversidad de personas, solo se puede asegurar en el reconocimiento, el respeto y promoción de la ley de Dios.

La ausencia de Dios ha llevado a la destrucción de la familia. En Chile el primer ataque a esta institución básica de la sociedad comenzó cuando se introdujo la anticoncepción, continuó cuando se eliminó la distinción entre los hijos nacidos dentro del matrimonio y fuera de él, luego vino el divorcio, el acuerdo de unión civil y la ideología de género. Vendrá el mal llamado matrimonio igualitario con la posibilidad de adoptar niños.

Estamos cosechando lo que hemos sembrado por decenas de años: “Pues quien viento siembra, cosechará tempestad” (Os 8,7). Sólo si nos convertimos a Cristo es posible un Chile mejor.

+ Francisco Javier. Obispo de Villarrica”

***

Hasta aquí las palabras del Obispo de Villarrica.

Sus consideraciones no se limitan sólo a su diócesis ni al momento actual. Ellas tienen una dimensión nacional.

La crisis de la familia, tanto en sus raíces cuanto en la forma concreta en que ella es vivida, es un fenómeno que se extiende por todo el territorio nacional.

Por otra parte, la violencia que hoy sufre todo el País, ya viene afectando a la diócesis de Villarrica de muchos años atrás. Recuérdese en ese sentido la quema en dos oportunidades del Seminario diocesano y de varios tempos católicos de esa jurisdicción eclesiástica.

Esos atentados sufridos en esa pequeña parte del País, no fueron sino una muestra de los que afectan hoy a todo el territorio. En la ocasión, delante del poco o nulo apoyo de los organismos del Estado para cohibir los atentados al orden público, Monseñor Stegmeier se refirió a la “pérdida del Estado de Derecho”, en Chile, lo que es lo mismo que afirmar la impunidad del crimen.

Es precisamente lo que hoy vivimos, pero no como fruto de desigualdades económicas o de expectativas no alcanzadas, sino de un alejamiento de Dios como sociedad, de acuerdo a las palabras episcopales.

Las recientes profanaciones a templos católicos durante las manifestaciones “pacíficas” que han tenido lugar en varias ciudades del País son clara prueba de ello.

Ene efecto, ¿Qué relación puede haber entre supuestas exigencias de mejoramiento económico con la invasión y posterior profanación con carácter satánico de los templos católicos?

En principio ninguno.

Sin embargo, en este mismo espacio hemos advertido que lo que realmente mueve a buena parte de los manifestantes “pacíficos”, cuanto a la totalidad de los violentos, no es un mero deseo de regalías por parte del Estado para poder trabajar menos y vivir mejor.

Lo que en el fondo une a todos ellos es un profundo malestar con el actual orden establecido. Pero no sólo con el orden “in concreto” que tiene Chile, sino que contra todo y cualquier orden. Es decir es un profundo anhelo de anarquía en las instituciones y de caos en el campo social.

Y ambos anhelos, el de anarquía y el de caos, están encendidos por un odio sordo e insaciable de destrucción contra aquello que tenga relación con las instituciones que fromaron al País.

Entre ellas, evidentemente que se encuentra en primer lugar la Iglesia Católica. No sólo por su papel histórico, como fundamento espiritual de la sociedad chilena, sino también y muy principalmente por sus enseñanzas morales y por su papel de preparar las almas para conocer, amar y servir a Dios.

En efecto, quien odia el orden no puede dejar de odiar al Autor del orden, que es Dios. Y quien se deja llevar por este odio, participa del odio de aquel que dijo en la primera batalla que tuvo lugar entre los ángeles creados por Dios: “no serviré”.

Este es un odio metafísico y profundo, que exige la destrucción de cualquier imagen del orden. Tanto de las instituciones que lo reflejan, cuanto de los edificios que lo representan.

Esta es la causa más profunda que inspira a los destructores. Delante de ella no cabe otra respuesta que la dada por San Miguel: “¡Quién como Dios!”.

Por todos estos motivos nos parecen especialmente lúcidas las declaraciones del Sr. Obispo de Villarrica, señalando la verdadera y más profunda causa del malestar nacional. El abandono de Dios y la pérdida del sentido de la familia cristiana.

Mientras estas causas no encuentren solución, es decir mientras los chilenos no reconozcamos nuestro profundo error de alejarnos de Dios y enmendemos el camino, nunca saldremos de la crisis en que nos encontramos.

Recodemos las palabras divinas a este respecto: “Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros; y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis.”

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