Las muertes en el Sename y la crisis de la familia

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Estimado radioyente:

Ud. debe haber leído a respecto de las cifras de víctimas fatales entregadas por el Servicio Nacional de Menores, que produjeron un justificado escándalo nacional.

Luego de dos meses de recopilación de la información, la directora del Sename, Solange Huerta, dio a conocer las cifras de niños y adolescentes muertos en las residencias de la institución o de organismos colaboradores.

Dada la controversia que los hechos produjeron y la situación calamitosa de este organismo público,  el sacerdote director de una asociación católica que presta ayuda caritativa a niños vulnerables, Padre Francisco Pereira Ochagavía, retrató un dramático cuadro de las falencias de la protección de los menores en el país y del rol del Sename.

Ante la Comisión de Infancia del Senado, el sacerdote expuso los nudos críticos, que van -dijo- desde la articulación nula de las esferas gubernamentales hasta la falta de recursos materiales y humanos adecuados. De paso, presentó un lamentable panorama de los centros que administra directamente el Sename, que, según el eclesiástico, “no se destacan por su buen desempeño ni buenos resultados” y, sin embargo, reciben un presupuesto mucho mayor y “gastan más de siete veces lo que se les entrega a los organismos colaboradores por subvención”.

Como ejemplo de ello, el sacerdote relató el caso de una menor que pudo ser la víctima fatal número 866 del Sename.

Se trata de una niña cuyo nombre dio a conocer en el Senado. “Es el caso más dramático que he conocido de maltrato, y donde además se muestra en forma clara la ineficiencia de todo el sistema”, comentó el religioso a la prensa.

La hoy mujer ingresó a la residencia de Maipú, de María Ayuda, a los 5 años. La derivaron porque sufría maltrato gravísimo de sus padres. “Como consecuencia, se le provocó un daño renal permanente y múltiples complicaciones de su salud”, cuenta el religioso. Producto de ello, no escucha, no habla y solo se comunica por señas. “Pero también tiene graves problemas de salud mental”.

No tenía ninguna red familiar y mientras estuvo en el sistema de protección la acogió María Ayuda. Sin embargo, después no había lugar para ella, nadie que la cuidara.

“Dado que el Estado no fue capaz de asumir la protección de sus derechos, ya que no existen en este país clínicas psiquiátricas públicas para niños, salvo las urgencias en un hospital público, con poquísimas camas, tuvimos que gestionar y asumir los costos absolutos de su internación en una clínica privada desde el año 2005, con la finalidad de satisfacer sus necesidades básicas de educación, salud y vivienda, además de aquellas especiales, relacionadas con su condición. Solo ella, una sola joven, tiene un costo de 2, 5 millones mensuales, que los asume íntegramente nuestra corporación. Si no hubiésemos dado ese paso, ella hubiese sido la víctima 866, de la que dio cuenta la directora del Sename “, dijo.

La información sobre las defunciones ocurridas en estos años dentro de las instalaciones del Sename, de acuerdo a las declaraciones de su Directora Sra. Huerta, fue chequeada con los datos del Registro Civil y del Servicio Médico Legal. De acuerdo a esa investigación, los menores fallecidos en los últimos 11 años fueron 865 niños y adolescentes.

En realidad la cifra impresiona. Pero lo que más llama la atención es que pocas personas reparan que la propia existencia del Sename es, en sí misma,  la manifestación de una crisis.

En efecto, naturalmente los hijos deben nacer en el seno de una familia, y es allí, rodeados del cariño y del amparo de los padres, donde ellos deben crecer y ser educados. Lo que salga de esta regla común de la existencia humana, es producto de una anomalía.

Por eso, la anomalía está principalmente en que el 73% de los niños nazcan fuera del matrimonio y en que, como resultado, tantos progenitores no se encarguen de la educación de sus propios retoños.

Más que limitarse a inyectar  miles de millones de pesos adicionales al presupuesto del Servicio de Menores, las autoridades deberían preguntarse cómo fortalecer la institución de la familia. Sin embargo, lo que vemos en las iniciativas promovidas por los responsables de las políticas públicas es precisamente lo contrario.

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Hace pocos días, la Alcaldesa de Santiago publicó un libro de 100 preguntas y respuestas sobre sexualidad, dirigido a los adolescentes.  La publicación en cuestión no contenía ni una palabra sobre afectividad,  fidelidad, menos aún sobre matrimonio. Todo se reducía  a resolver dudas sobre el resultado de comportamientos sexuales completamente anormales.

¿Qué se puede esperar de este tipo de (des)educación sino la demolición de  las virtudes morales sobre las cuales reposan el matrimonio y la familia? Y, ¿cómo entonces sorprenderse de que tantos niños vayan a parar al Sename por maltrato de sus progenitores?

Hay un claro fariseísmo en las declaraciones  de las autoridades públicas.

Otro ejemplo es el proyecto de aborto que se tramita en el Senado, el cual agravará las secuelas de estas políticas de “derechos sexuales”, que transforman al aborto en un método suplementario de control de la natalidad, como sucede en todos los países en que fue legalizado.

Desde 1990 hasta la fecha, los sucesivos gobiernos han venido implantando una nueva moral, con sus correlativos preceptos y prohibiciones que obedecen a una filosofía igualitaria.

Veamos algunos de estos preceptos:

Se prohíbe fumar un cigarrillo por considerarlo gravemente perjudicial para la salud pública, pero al mismo tiempo se quiere permitir el consumo de drogas, o al menos de marihuana, como si ésta fuese perfectamente inocua.

Se pretende prohibir el uso de la sal en las marraquetas de pan, pero se promueve el sexo libre. Se exige el etiquetado de todos los productos alimenticios altos en grasas, azúcares y sodio, pero se permite el uso intenso de pornografía en programas de TV, kioscos y en la propaganda comercial.

Los menores de edad no pueden comprar una cerveza en el supermercado ni elegir un concejal, pero podrán solicitar un cambio registral de su identidad y una operación de transexualidad en virtud del proyecto que impulsa el Gobierno, todo esto incluso sin el consentimiento de sus padres.

Los menores pueden “hacer lo que quieran, con quienes quieran y cuando quieran”, pero los padres de familia no pueden seleccionar los colegios donde ellos sean educados, ni tampoco contribuir con un copago para mejorar su nivel educativo.

Los propietarios de automóviles del 2012, incluso los eléctricos, deberán dejarlos estacionados un día a la semana, pero, al mismo tiempo, se incentiva aceleradamente el uso de un trasporte público deficitario, mal concebido y peor organizado, con el cual todos nos debemos dar por perfectamente satisfechos.

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La filosofía que inspira todas estos permisivismos  y estas prohibiciones es una mezcla de marxismo colectivista con hedonismo individualista.

De acuerdo a los postulados marxistas, todos somos partículas de una misma masa, el proletariado. Como partículas de esta masa, debemos vivir, gozar y morir completamente libres y absolutamente iguales.

En la falsa lógica de estos presupuestos, los placeres que puedan ser practicados en cuanto “masa proletaria” son legítimos y buenos. Aquellos que nos distinguen unos de otros y afirman nuestra personalidad individual, son malos.

De ahí que, por ejemplo, el uso de un vehículo más nuevo, se considere profundamente atentatorio contra la “masa” que se transporta en el Transantiago. Así, del mismo modo que “hay que quitarle los patines a los niños”, hay que bajar del auto a aquellos que lo tienen.

Por su parte, el hedonismo individualista, consiste en que el goce de estos “derechos de masa” no tiene ninguna contrapartida, no es ligado a ningún rol social ni puede ser limitado por el bien común. Basta que tú estés satisfecho y feliz, para que dicho goce sea considerado legítimo.

La mezcla de estos dos absurdos morales produce el “hombre nuevo”. Las 865 víctimas del Sename no son sino una de las macabras consecuencias de esta ingeniería moral y social.

La moraleja de esta situación, estimado radioyente, es la necesidad de inculcar en los hijos, la noción de los deberes a que ellos están llamados como niños y como futuros adultos.

Más que mera información técnica, más que educación sexual, más aún  que la necesaria preocupación por la vestimenta o la alimentación, la principal responsabilidad de los padres está en la formación del carácter de sus hijos.

Y para formar el carácter es necesario transmitir las nociones básicas de las virtudes cristianas. Sin ellas no existe verdadera formación ni tampoco educación.

Esta es la principal y la más urgente responsabilidad de los padres. Sólo el cumplimiento de ella evitará la repetición y el aumento de las cifras de víctimas infantiles que hoy nos avergüenzan como católicos y como chilenos.

Gracias por su audición y recuerde que nos puede seguir en www.accionfamilia.org

Lo invitamos a seguirnos en esta Su emisora todas las semanas en esta misma hora.

 

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