Las bodas de Caná y el proyecto de “matrimonio igualitario”

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Estimado radioyente:

En programas pasados nos hemos referido a las celebraciones que la Iglesia Católica consagra en su liturgia y en las cuales se fundamentan las enseñanzas del Magisterio con relación a la familia.

Hace pocos domingos atrás se recordó el primer milagro de la vida pública de Nuestro Señor Jesucristo, la transformación del agua en vino en las bodas de Caná.

Como todo de lo realizado por Nuestro Divino Redentor, este primer milagro contiene también enseñanzas muy profundas con relación al Matrimonio.

En primer lugar, la presencia de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen y de los Apóstoles, demuestran la importancia que ellos quisieron a dar a la celebración del contrato matrimonial entre esos contrayentes de Caná.

En segundo lugar, el mismo hecho de que Nuestro Señor obrara el milagro, a pedido de su Santísima Madre, muestra también su beneplácito con la celebración matrimonial.

Y, en tercer lugar, la abundancia del agua transformada en vino, aproximadamente 800 botellas de vino, y del mejor, demuestra la generosidad con que Dios quiso premiar a los nuevos esposos y el llamado de ellos, para abrirse generosamente a recibir los hijos que Dios les envíe. Es también, y sobre todo, una prefigura de la Sangre derramada en lo alto del Calvario por Nuestro Señor, ocasión altísima en que Él funda a la Iglesia Católica y la constituye como su Cuerpo Místico y esposa perfecta del Cordero sin mancha.

Todo esto nos viene a la memoria, cuando leemos que el Senado continúa tratando el proyecto que pretende instaurar el mal llamado “matrimonio homosexual”, conocido también como “matrimonio igualitario”.

No está demás contrastar el modelo de matrimonio que Dios hecho Hombre santificó con su presencia y benefició con su primer milagro en Caná, con este otro, llamado “matrimonio homosexual”.

La primera diferencia entre uno y otro, es que el primero se ordena a los dos fines más altos a que dos personas pueden consagrarse cuando resuelven vivir juntos: tener hijos y educarlos cristianamente. Secundariamente, apoyarse mutuamente hasta el fin de la vida.

En el segundo caso, de las uniones homosexuales, ellas no dan hijos, no puede existir educación de lo que no dan y como se basa en una mera atracción sexual, ella es tampoco garantizan ningún apoyo mutuo, pues es sabido que los afectos, basados en la mera sensibilidad, son por naturaleza transitorios.

Por lo anterior el llamar de “matrimonio igualitario” a la unión de dos homosexuales, no pasa de ser un eslogan para conseguir hacer bien visto una cosa que de suyo no tiene nada de igual a la otra, ni en sus fines ni en su constitución.

Darle los mismos derechos a dos cosas diferentes, constituye una injusticia, pues una cumple un rol social en beneficio del bien común. En el caso del matrimonio natural es la multiplicación de la especie y la educación y sustento de los hijos. Siendo que en el caso de las uniones homosexuales no hay ningún beneficio al bien común de la sociedad. Al contrario, hay un perjuicio, toda vez que se incentiva un vicio moral que no tiene frutos.

A lo anterior, algunos responden que el hecho de que la ley reconozca las uniones homosexuales constituye un bien, porque permite que dos personas de igual sexo, que dicen quererse, puedan constituir una familia.

Quienes así piensan, no perciben que la ley no está ordenada para legalizar afectos, pues si así fuere, ella debería legalizar todos los diversos tipos de afectos humanos, ordenados o desordenados, e independiente de los frutos que ellos producen. Lo que de suyo sería un absurdo, pues llevaría, en su extremo, a legalizar la pedofilia.

Cuando la ley concede al matrimonio y a la familia que se constituye una serie de derechos inherentes, como el amparo recíproco, la herencia, la patria potestad, etc. está haciéndolo en el sentido de que ese matrimonio constituye un bien específico para la sociedad en su conjunto.

Al respecto, son elucidativas las declaraciones formuladas por los Obispos españoles, el año de 1994, cuando el Parlamento Europeo aprobó una resolución sobre la igualdad de derechos de las uniones de homosexuales y de lesbianas.

La Conferencia Episcopal Española, recordaba entonces a los fieles de esa nación que:

Ninguna de las notas de la totalidad y fecundidad, que constituyen la naturaleza misma del amor del que se nutre el matrimonio, se dan ni pueden darse en las llamadas uniones homo-sexuales. Se trata de dos realidades substancialmente diversas que no pueden ser equiparadas sin que con ello se violente el ser mismo de la persona humana. Cualquier equiparación jurídica de dichas uniones con el matrimonio supondría otorgarles una relevancia de institución social que no corresponde en modo alguno a su realidad antropológica. La ‘solidez y trascendencia del amor conyugal, su carácter procreador y definitivo, es lo que le confiere una dimensión social y, por tanto, institucional y jurídica’. El matrimonio, engendrando y educando a sus hijos, contribuye de manera insustituible al crecimiento y estabilidad de la sociedad. Por eso le es debido el reconocimiento y el apoyo legal del Estado. En cambio, a la convivencia de homosexuales, que no puede tener nunca esas características, no se le puede reconocer una dimensión social semejante a la del matrimonio y a la de la familia”.

El documento agregaba, con relación a la adopción de menores de edad, por parte de esas uniones, que:

Un punto de particular importancia en el que la equiparación entre el matrimonio y las ‘uniones homosexuales’ se muestra como imposible es el del derecho a la adopción. ¿Qué tipo de derecho se puede invocar para que un niño tenga que vivir premeditadamente sin la figura del padre o la de la madre? La psicología moderna ha puesto de relieve lo que la sabiduría humana de siempre ya conocía: la falta de la figura paterna o de la figura materna no se sufre sin graves dificultades en el desarrollo de la personalidad. Esta falta, agravada en el caso de la unión homosexual por la presencia de dos “padres” o dos “madres”, exigirá en el niño un esfuerzo aún mayor para poder dar un perfil sólido a su identidad sexual normal. No es, pues, posible calificar de discriminación el que las leyes prohíban la adopción a los homosexuales. Más bien hay que pensar que el injustamente tratado sería el niño eventualmente adoptado en esas circunstancias. Tanto más cuanto que, en este momento, son muchos los matrimonios idóneos dispuestos a adoptar y que, por una u otra causa, no consiguen llegar a ver realizado su deseo. Los niños que, por desgracia, se hayan visto privados de una familia propia no deben ser sometidos a una nueva prueba. Tienen derecho a crecer en un ambiente que se acerque lo más posible al de la familia natural que no tienen”.

Quizás algún auditor responda a estas enseñanzas de los Obispos españoles que una vez que se han conocido los casos de abusos deshonestos practicados por sacerdotes, tales enseñanzas pierden su valor, pues nadie puede enseñar lo que no que él mismo no practica.

A nuestro objetor le respondemos que no es así. Las verdades no dejan de ser tales, por el hecho de que quien las enseña, las cumpla o no. Si fuera así, todas las leyes promulgadas deberían ser analizadas a la luz de las prácticas de los legisladores que las aprobaron, lo que obviamente sería un disparate. Ellas son buenas o malas de acuerdo a su propio mérito y a la relación que tengan con el orden natural creado por Dios.

En segundo lugar, la gran mayoría de los que practicaron esas conductas deshonestas dentro del clero son personas que entraron al sacerdocio teniendo inclinaciones homosexuales y sus actos repudiables fueron el resultado de esas mismas inclinaciones. Esos actos, por lo tanto, no borran la validez de las enseñanza, sino al contrario, muestra la depravación de quienes se dejan llevar por esas inclinaciones desordenadas.

Por último, es necesario reconocer que si fueran debidamente atendidas por la sociedad actual las enseñanzas del magisterio tradicional de la Iglesia Católica respecto al Sexto Mandamiento de la Ley de Dios, esto es, “no pecarás contra la castidad”, tales abusos sexuales no se cometerían, en el número ni en la cantidad que hoy se hace, ni en la sociedad civil, y menos en la sociedad eclesiástica.

Por fin, respondemos a algún eventual objetor que nos diga que con esas enseñanzas, se está condenando a una infelicidad permanente a las personas que tengan inclinaciones homosexuales, que lejos de eso, la Iglesia llama no sólo a ellas sino a todas las personas a practicar la castidad dentro de su estado, y, por lo tanto, a no dejarse arrastrar por inclinaciones impuras y a ofrecer sus sacrificios por vivir de acuerdo con su vocación humana y cristiana dentro o fuera del matrimonio.

Así, ellas podrán ofrecer el mejor sacrificio en el desarrollo de cualquier actividad, en el camino de la cruz, que a todos Dios nos manda.

Hacemos votos para que en la próxima reunión del Papa con los dirigentes de las conferencias episcopales que tendrá lugar en este mes de febrero en el Vaticano, sea reafirmada la incompatibilidad completa entre sacerdocio e inclinaciones homosexuales y que los abusos sexuales, en el caso de ocurrir, sean debidamente sancionados por la autoridad eclesiástica.

Gracias por su audición y recuerde que nos puede seguir en www.acciofamilia.org o en esta SU emisora, semana a semana.

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