La Semana Santa y los cataclismos naturales

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Estimado radioyente:

Nuestra geografía fue justamente llamada de “loca”. En realidad,  los desastres de todo tipo que regularmente nos asaltan,  nos mantienen en permanencia a la espera de una nueva calamidad, de un nuevo terremoto, maremoto o, la nueva erupción de un volcán, o  los  aludes de barro y de escombros por la crecida de ríos que habitualmente tienen bajo caudal.

Un catastro realizado por el Ministerio del Interior reveló que en los últimos tres años se produjo el 43 por ciento de los desastres naturales registrados desde 1960.

En el detalle, el informe señaló que durante este periodo se han producido 30 emergencias significativas, de las cuales 13 se concentran en el periodo que va desde abril de 2014 hasta febrero de 2017

“La conclusión obvia es que es altamente previsible que cada día tengamos más eventos como estos y más severos”, dijo el subsecretario del Interior.

Y advirtió que “esto se podría transformar en una constante creciente”. Según la Convención-Marco de las Naciones Unidas, Chile posee siete de las nueve principales características necesarias para calificarse como una nación especialmente vulnerable a los cambios en el clima.

Más de alguien podrá preguntarse si tales desastres naturales no son una verdadera maldición con la que debemos cargar por azar de la naturaleza o del destino y, si no sería mucho mejor verse libres de esas calamidades habituales.

La respuesta teológica es fácil: Dios nos creó en el Paraíso, pero con el pecado de nuestros primeros padres entró en el mundo la muerte y, con ella, las calamidades.

Pero la respuesta psicológica es menos simple, pues equivale a preguntarse, si, en esta tierra de exilio, no sería mejor que desaparecieran todas las enfermedades y accidentes que todos los hombres sufrimos,  y que así pudiésemos disfrutar tranquilamente de una vida sin sobresaltos, inconvenientes y padecimientos de cualquier índole.

Para quien piense que esta vida terrenal es la única vida y que después de ella no existe sino la nada, o sea la desaparición fatal, completa e irremediable; es decir para quien no cree en Dios ni en la vida eterna, ciertamente lo mejor sería poder pasar en la tierra sin ningún tipo de contratiempos.

Sin embargo, para quienes por la gracia de Dios, creemos con convicción y Fe, que después de esta vida, inevitablemente corta y pasajera, nos espera otra vida, eternamente feliz en la contemplación “cara a cara” de Dios nuestro Creador y único fin, los contratiempos de esta vida pasajera nos  recuerdan nuestra precariedad, lo frágil de todos nuestros afanes, y lo permanente de nuestro fin eterno. Y además nos sirven como un “seminario” para templar nuestras almas y purificarlas en la fragua de la tribulación.

Por eso, para los católicos, el sufrimiento no es un “sin sentido”, sino, muy por el contrario, es una ayuda que debemos agradecer a Dios.

Es propiamente ésta la enseñanza de la Semana Santa en que nos encontramos. El propio Dios hecho Hombre, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, quiso, al tomar nuestra propia naturaleza de hombre, hacerse también, por así decir,  un Dios “sufriente”.

Para entender  mejor esta profunda enseñanza, creemos oportuno transmitir la meditación que el líder católico del Brasil, Profesor Plinio Correa de Oliveira, escribió para la décima segunda estación de la Via Sacra:

“Jesús muere en la cruz

  1. Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos.
  2. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Llegó por fin el ápice de todos los dolores. Es un ápice tan alto, que se envuelve en las nubes del misterio. Los padecimientos físicos alcanzaron su extremo. Los sufrimientos morales alcanzaron su auge. Otro sufrimiento debería ser la cumbre de tan inexpresable dolor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonasteis?”

Sí, ¿por qué? ¿Por qué, si El era la propia inocencia? Abandono terrible seguido de la muerte y de la perturbación de toda la naturaleza. El sol se veló. El cielo perdió su esplendor. La tierra se estremeció. El velo del templo se rasgó. La desolación cubrió todo el universo.

¿Por qué? Para redimir al hombre. Para destruir el pecado. Para abrir las puertas del Cielo. El ápice del sufrimiento fue el ápice de la victoria. Estaba muerta la muerte. La tierra purificada era como un gran campo devastado para que sobre ella se edificase la Iglesia.

Todo esto fue, pues, para salvar. Salvar a los hombres. Salvar a este hombre que soy yo. Mi salvación costó todo este precio. Y yo no regatearé más sacrificio alguno para asegurar salvación tan preciosa. Por el Agua y por la Sangre que vertieron de vuestro divino Costado, por los dolores de María Santísima, Jesús, dadme fuerzas para desapegarme de las personas, de las cosas que me pueden apartar de Vos. Mueran hoy, clavados en la Cruz, todas las amistades, todos los afectos, todas las ambiciones, todos los deleites que de Vos me separaban.”

Sirva esta meditación para entendernos mejor a nosotros mismos, como un país sufriente, y la razón de ser profunda de esos sufrimientos. Vayan ellas como consuelo, junto con nuestras oraciones y con todo lo que podamos hacer en el orden material, para aliviar a nuestros compatriotas que han sido especialmente probados por la cruz en estos días.

Le deseamos a Ud-. una Santa Pascua de Resurrección, que nos asegura, que después de la cruz viene siempre la luz.

Y continúe a seguirnos por www.accionfamilia.org o en esta misma Su emisora.

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