La obediencia y el servicio como base de la sociedad

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Obediencia y servicio

Estimado radioyente:

Si hay una palabra que hoy parece haber sido desterrada del vocabulario nacional es el verbo: obedecer.

Todo lo que está a la moda, es precisamente lo opuesto. Hace pocos meses atrás comentamos en este mismo programa el jingle de la defensoría de los niños que llamaba a “saltarse todos los torniquetes”, lo que no era sino un llamado a romper con todas las normas, a desobedecer cualquier reglamento entregado por una autoridad del Estado a menores de edad.

La funcionaria responsable de la iniciativa fue demandada por autoridades del Legislativo, pero que sepamos, se mantiene en el cargo, como si nada hubiera pasado.

Lo que pasa es que hoy las señales que están a la moda son  “desobedecer”,  “romper con todas las convenciones”,  “saltarse todos los torniquetes”.

Ahora, la pregunta más primaria es saber si es posible construir una sociedad en base a la desobediencia.

Piense un poco en la más básica de las instituciones que es precisamente la familia.

¿Ud. cree que puede haber familia sin obediencia recíproca entre los esposos y entre los hijos y ellos?

¿Puede haber enseñanza sin disciplina escolar? Y ¿Puede haber disciplina sin obediencia?

Todos estos conceptos son distintas formas de expresar lo mismo: “autoridad”, “norma”, “servicio” “reglamento”, “disciplina”, “sanción”, “premio al mérito”, “desinterés”, etc.

Estas virtudes caen como un castillo de naipes si se le quita el concepto básico de la obediencia.

Y ¿Quién fue el primer desobediente sino aquel que se rebeló contra Dios exclamando “no serviré”?

El ángel portador de la luz, “Lucifer” se rebeló insensatamente contra la obediencia debida a Dios y a partir de entonces, anda como “león rugiente” instigando a los hombres para que también desobedezcan a Dios y a su Ley.

No es entonces por mera casualidad, que, junto con esta fiebre de libertad mal entendida, se haya iniciado una ola de atentados sacrílegos contra templos católicos, incendiado, profanado las imágenes sagradas y amenazada la integridad física de los católicos.

Hay una perfecta coherencia entre la desobediencia civil y el odio a Dios.

Y de ese odio nada duradero  puede salir, ni menos se puede construir una sociedad.

Obedecer para ser libres, es la única vía que asegura el terreno para sobre él construir las instituciones santas y estables, como son la familia y todo lo que de ella nace.

Al respecto de esta verdadera libertad que se somete con gusto a los dictámenes de la razón y de la Fe, escribió el Papa León XIII:

“La negación del dominio de Dios sobre el hombre y sobre el Estado arrastra consigo como consecuencia inevitable la ausencia de toda religión en el Estado, y consiguientemente el abandono más absoluto en todo la referente a la vida religiosa. Armada la multitud con la idea de su propia soberanía, fácilmente degenera en la anarquía y en la revolución, y suprimidos los frenos del deber y de la conciencia, no queda más que la fuerza; la fuerza, que es radicalmente incapaz para dominar por sí solas las pasiones desatadas de las multitudes. Tenemos pruebas convincentes de todas estas consecuencias en la diaria lucha contra los socialistas y revolucionarios, que desde hace ya mucho tiempo se esfuerzan por sacudir los mismos cimientos del Estado. Analicen, pues, y determinen los rectos enjuiciadores de la realidad si esta doctrina es provechosa para la verdadera libertad digna del hombre o si es más bien una teoría corruptora y destructora de esta libertad”.

Imagine nuestro auditor, que el Papa León XIII, autor de estas sabias líneas, las escribió hace 133 años atrás, el día 20 de junio de 1888.

¿No le parece que parecen escritas para hoy y para nosotros?

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Ahora, así como existe una coherencia del error, y un vicio atrae a otro vicio, así también existe una coherencia en el bien y en la verdad, y la práctica de una virtud siempre facilita la prácticade todas las otras virtudes.

De este modo, de la virtud de la obediencia nace otra virtud,  la del servicio desinteresado.

Al respecto de ese servicio y de la auténtica alegría de servir, escribió el Profesor Plinio Corrêa de Olvieria, en un artículo dialogado con el lector:

“Servir, dedicarte, inmolarte, y con todo lo que te pertenece, he ahí el nombre de tu nueva felicidad. Esta felicidad la encuentras en todo cuanto evitabas: la dedicación no retribuida, la buena voluntad incomprendida, la lógica escarnecida por tartufos o ignorada por sordos voluntarios, la confrontación con la calumnia que a veces ulula como un huracán, otras, agita discretos cascabeles como una serpiente, otras, en fin, miente como una brisa tibia y cargada de miasmas fatales. Tu alegría consiste ahora en resistir a tanta infamia, en avanzar, vencer, herido, negado, aún ignorado. Todo para el servicio de la Señora “vestida de sol, con la luna bajo los pies, y en la cabeza una corona de doce estrellas”.

“Pensabas que la felicidad era tenerlo todo. Verificas ahora que, por el contrario, ella consiste en que te des por entero”.

(fin de la citación)

Servir y obedecer están en la base de las más nobles acciones del hombre. De ahí que, por ejemplo, las Fuerzas Armadas y de Orden tengan como base de su formación ambos conceptos: la obediencia y el servicio.

Es lo que establece la actual Constitución respecto a estas instituciones: “Las Fuerzas Armadas y Carabineros, como cuerpos armados, son esencialmente obedientes y no deliberantes. Las fuerzas dependientes de los Ministerios encargados de la Defensa Nacional y de la Seguridad Pública son, además, profesionales, jerarquizadas y disciplinadas”.

Quizá por esas características es que hoy se denosta gratuitamente a las Fuerzas Armadas y hay muchos convencionales constituyentes que las quiere sacar del texto constitucional, para someterlas a leyes comunes, lo que obviamente podrá terminar politizándolas.

Es que el concepto de jerarquía y de disciplina, por la cual ellas se rigen, deja a muchos igualitarios con el deseo de destruirlas.

Más alto aún que el llamado a integrar las Fuerzas Armadas son las vocaciones para el orden religioso. En virtud de ese llamado, la persona renuncia a todo -incluso a su propia voluntad- siguiendo un llamado todavía más noble que es el de ser uno con Aquel que se entregó por nosotros.

En realidad, lo único que hace comprensible la existencia de los hombres en esta vida es precisamente la de servir y de obedecer.

De ambas virtudes surgen todas las dedicaciones, brotan las más nobles causas, se producen las acciones más heroicas y se establece el vínculo más fuerte entre los hombres, que es el de la caridad.

El egoísmo y de la rebelión, al contrario, producen las revoluciones, las destrucciones, los abandonos, las traiciones -en una palabra- la destrucción de todo y cualquier orden posible.

Nuestra nación está en una encrucijada histórica. Encaminarse por el egoísmo y la desobediencia, rumbo al caos y la anarquía, o retomar el camino perdido de las más nobles y santas instituciones que nos hicieron una nación cristiana y auténtica y suscitaron almas como la de Santa Teresa de los Andes.

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La respuesta a esta encrucijada dependerá de Ud. que me oye, de mí que le hablo y de todos los chilenos que sepan abrir sus oídos a la voz de la gracia de Dios.

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Hasta la próxima semana a esta misma hora.

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