La desintegración de la maternidad, oportunas advertencias de un Obispo francés

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La desintegración de la maternidad

Estimado radioyente:

Probablemente Ud. recordará que en nuestro comentario de la semana pasada transcribimos la resolución de la Suprema Corte de Justicia rechazando definitivamente los recursos interpuestos para el reconocimiento como padres o madres a dos personas del mismo sexo.

Al respecto de ese fallo y de los proyectos de ley que pretenden legalizar los mal llamados “matrimonios homosexuales” dijimos que con la introducción de esa u otras leyes similares, lo que se conseguirá será la comercialización del cuerpo humano de la mujer.

En efecto, cuando dos personas del mismo sexo quieren ser padres de un hijo, no pueden obtenerlo sino recurriendo a métodos artificiales de procreación. Y tales métodos cuestan dinero, pues las mujeres que se prestan para ello lo hacen movidas por el interés material que les produce.

Ahora, cuando una mujer procrea un hijo que no es suyo, sólo por el interés económico, ella está acabando con lo que es más sagrado en la naturaleza humana, e incluso en la naturaleza animal. La gratuidad de la maternidad.

Y, cuando se acaba con la matriz de la gratuidad, que es la de los esposos y la de los padres de familia, la sociedad pasa a ser un conglomerado de personas que se mueven única y exclusivamente por sus intereses económicos. Con lo cual desaparece todo tipo de afecto y cariño, o sea, la sociedad pasa a ser un conglomerado de individuos deshumanizados.

Al respecto de este grave asunto el Obispo de Bayonne en Francia escribió una importante advertencia a los Parlamentarios de ese país, respecto de un proyecto de ley de similar inspiración y que se tramita en estos días en el Parlamento galo.

Dado la claridad del pronunciamiento episcopal trancribimos para nuestros auditores el texto íntegro de sus declaraciones.

“¿Necesito recordar que poner a disposición tanto de mujeres solteras como de parejas lesbianas la reproducción médicamente asistida, sin que haya una justificación terapéutica de infertilidad, equivale a privar deliberadamente a los niños concebidos de esta forma de cualquier posibilidad de conocer a su padre y su filiación paterna, a pesar de la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño, ratificada por Francia, según la cual «todo niño tiene derecho, en tanto sea posible, a conocer y a ser cuidado por ambos padres» (art. 7-1)?

El borrador de la ley de bioética será examinado en sesión pública a partir del 27 de julio en la Asamblea Nacional, pero el trabajo de la «comisión especial de bioética» que acaba de ser completado ha empeorado notablemente el contenido del texto que la Asamblea Nacional había adoptado en su primera lectura en octubre de 2019 y que el Senado había reformulado ampliamente el pasado mes de febrero.

«Los aprendices de brujo» de esta comisión especial no dudaron ante cualquier transgresión, y de hecho han iniciado una serie de disposiciones que innegablemente conducirán a «una importante ruptura antropológica».

Por ejemplo, el «método ROPA» (recepción de ovocitos de la pareja), que consiste en fertilizar el ovocito de una mujer antes de reimplantarlo en el útero de su pareja, de forma que ambas puedan ser reconocidas como madres del mismo niño, podría legalizarse, al precio de una desintegración completa de la maternidad… A menos que esto sea una táctica para minimizar la gravedad de «la reproducción médicamente asistida sin un padre» a los ojos de los miembros de la Asamblea Nacional para ganar su apoyo más fácilmente.

El comité especial también intenta permitir la creación de embriones transgénicos, es decir, la modificación genética de embriones humanos, lo que probablemente pueda dar lugar, en un futuro cercano, al nacimiento de niños genéticamente modificados.

Los miembros del comité también tienen la intención de permitir la creación de embriones quiméricos humano-animales mediante la inserción de células madre humanas en embriones animales.

La ampliación del diagnóstico de pre-implantación (PGD), es decir, la exploración prenatal con vistas a la destrucción de los embriones que sean portadores de ciertas anomalías cromosómicas (tales como la trisomía 21) podrían permitirse, con propósitos abiertamente eugenésicos.

En la misma línea, el Comité especial de Bioética de la Asamblea Nacional permitiría la conservación de ovocitos (sin ninguna razón médica) para animar a las mujeres en edad de procrear a posponer sus planes de maternidad… mediante la reproducción asistida. Validaría la técnica del «bebé medicamento», que consiste en permitir el nacimiento de un embrión libre de anomalías para usar sus células para tratar a un hermano o a una hermana.

Bajo estas condiciones, ¿quién no temería tales manipulaciones de seres humanos, reducidos a ser un producto disponible para los deseos egoístas de una minoría privilegiada que tiene un gran peso en el mercado, o para ser usados en la investigación médica, mientras que al mismo tiempo proclaman estar desplegando tanta energía para salvar especies animales en nombre de la protección del medio ambiente?

¿Cómo podemos dejar de mostrar nuestra indignación ante lo que parece ser un paso forzado en medio de la lentitud del verano, cuando, después de la odisea del confinamiento, los franceses están buscando el descanso y una escapada de la vida cotidiana?

La conciencia de nuestros contemporáneos debe estar seguramente bastante adormecida para que ya no se pueda apreciar la seriedad de las transgresiones que son tan destructivas de la dignidad humana, particularmente de los más vulnerables. ¿Se nos permitirá ofender al Creador en su Plan de sabiduría y amor durante mucho tiempo aún?

En su encíclica Evangelium Vitae, sobre el valor y la inviolabilidad de la vida humana (25 de marzo de 1995), San Juan Pablo II escribió, comentando sobre la epístola de San Pablo a los Romanos.

«Lamentablemente, una gran parte de la sociedad actual se asemeja a la que Pablo describe en la Carta a los Romanos. Está formada «de hombres que aprisionan la verdad en la injusticia» (1, 18): habiendo renegado de Dios y creyendo poder construir la ciudad terrena sin necesidad de Él, «se ofuscaron en sus razonamientos » de modo que «su insensato corazón se entenebreció» (1, 21); «jactándose de sabios se volvieron estúpidos» (1, 22), se hicieron autores de obras dignas de muerte y «no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen» (1, 32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf. Mt 6, 22-23), llama «al mal bien y al bien mal» (Is 5, 20), camina ya hacia su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral.

Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos por imponer el silencio no logran sofocar la voz del Señor que resuena en la conciencia de cada hombre. De este íntimo santuario de la conciencia puede empezar un nuevo camino de amor, de acogida y de servicio a la vida humana» (n. 24).

No faltan hombres y mujeres de buena voluntad, cuya conciencia es recta, y cuyo testimonio a veces heróico, contribuirá al despertar de otras conciencias.

Marc Aillet, obispo de Bayona, Lescar y Oloron

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Hasta aquí las sabias advertencias episcopales, que se aplican enteramente a las iniciativas que en este momento se discuten en el parlamento chileno.

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