Iglesias cerradas y coronavirus

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Estimado radioyente

Recuerdo que hace muchos años atrás, visitando el famoso Santuario de Lourdes en Francia, estuve en una visita guiada por un sacerdote que nos explicaba los objetos guardados en un gran salón del Santuario.

La mayoría de ellos eran muletas, camillas, sillas de ruedas y otros utensilios ortopédicos de los enfermos dejados allí después de una cura milagrosa y súbita. El conjunto era impresionante y demostraba la cantidad de intervenciones sobrenaturales obtenidas por la Santísima Virgen en favor de aquello que se habían dirigido al santuario implorando la cura de sus enfermedades, desahuciados de la medicina natural.

Sin embargo, después de contarnos muchos de esos milagros, el mismo sacerdote interrumpió su explicación diciendo: “Pero, todo lo que Uds. Ven aquí no es sino un reflejo de otro milagro mucho mayor que el de la cura de los cuerpos. Son los milagros espirituales de conversiones obtenidos en el silencio de las almas en el interior de sus conciencias.”

El referido religioso, después de contarnos, con las debidas reservas de nombres y personas, algunos de estos milagros, nos dijo. “La razón de porqué son más importantes los milagros espirituales que los de la salud física, es porque los milagros físicos no son sino un símbolo de las curas de las almas”.

Quedé impresionado con esa explicación y me pareció muy verdadera. Hasta ahora no me olvido de ella. Es la confirmación de lo que Nuestro Señor le dijo a los fariseos, que quedaron escandalizados cuando dijo al paralítico, “tus pecados te son perdonados”.

Así lo comenta San Marcos en su Evangelio:

“Y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.

“Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales, pensando en sus corazones, decían: ¿Por qué habla este así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?

“Y conociendo al instante Jesús en su espíritu que pensaban así dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones?

“¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, y toma tu lecho y anda?

“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):

“A ti te digo: ¡Levántate!, y toma tu lecho y vete a tu casa.

“Entonces él se levantó enseguida y, tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.”

Es decir, el milagro de hacer caminar al paralítico no fue sino un reflejo de haberle perdonado sus pecados. Primero fue el milagro espiritual –el perdón de los pecados- después el físico –“levántate y anda”.

La razón de esta jerarquía de superioridad entre la vida espiritual y la vida material o física es que la primera es eterna y la segunda perecedera. La primera tiene como objeto el gozo de la visión beatífica de Dios, la segunda es la resurrección después del juicio final, para nunca más sufrir, si va al cielo; o para sufrir eternamente, si se condena al infierno.

Es la superioridad intrínseca del espíritu sobre la materia. Sólo los materialistas, los comunistas, los que niegan todo lo que no sea materia, niegan estas verdades.

Por todo lo anterior, llama mucho la atención, para decir poco, el hecho de que en la actual situación de coronavirus, las Iglesias de todo Chile, y del mundo entero, hayan cerrado todos los templos y los sacerdotes hayan interrumpido completamente la asistencia espiritual de los fieles.

Tal actitud se encuentra en las antípodas de lo que hemos explicado. Sea o no sea el coronavirus un castigo de Dios a nuestra sociedad por la situación de lejanía en que ella se encuentra de la práctica de las leyes que Dios puso en la naturaleza, una cosa es clara: más que nunca lo fieles necesitan la asistencia espiritual, pues ella es especialmente necesaria en momentos de aflicción.

¿Cómo puede ser entonces que los difuntos no encuentren quien les diga una misa por el descanso eterno de sus almas? ¿Qué los novios no tengan quien bendiga sus argollas? ¿Qué los recién nacidos no reciban el agua bendita que los incorpore al seno de la Iglesia? ¿Qué los penitentes no puedan recibir el perdón de sus pecados, ni el alimento eucarístico?

En esta situación anómala hay dos causas que no se pueden disimular. Por un lado la falta de celo de muchos pastores responsable por el cuidado espiritual de su rebaño. Pero, también, la falta de interés por las cosas de Dios, por parte de los fieles que no la reclaman a sus pastores.

En realidad, en las cosas del espíritu se da una ley opuesta a la que rige la vida física. El cuerpo material, sino come o come poco, aumenta su apetito y es capaz de hacer cualquier cosa para conseguir un pedazo de pan para saciar el hambre.

En la vida espiritual, la regla es la inversa. Si se descuida el alimento sobrenatural, en vez de aumentar el deseo y la necesidad de él, ocurre lo opuesto: cada vez se tiene menos hambre de Dios y menos sed del Agua que Él nos da”. Hasta el punto que el alma muere para Dios y para la vida eterna, casi sin darse cuenta de ello.

Por lo anterior, es absurdo que las Iglesias hayan quedado completamente cerradas hasta el día de hoy por el coronavirus. Es igualmente absurdo que los sacerdotes no hayan podido salir de sus parroquias o iglesias para la administración de los sacramentos. Y es un abuso de poder que la autoridad civil haya dispuesto que la atención religiosa es secundaria en relación a la atención espiritual.

Si esta situación se sigue alargando, con el beneplácito de los Pastores y de los fieles, sucederá que cuando se vuelva a la normalidad, tanto unos cuanto otros estarán menos deseosos de volver a la práctica habitual de la religión. Con lo cual no habrá sino aumentado la indiferencia religiosa y el aumento del ateísmo en nuestra sociedad.

Por todo lo anterior, pedimos a los Sres. Obispos de Chile que sean reabiertas las iglesias y que se retome la distribución de los sacramentos, sobre todo los del Bautismo, de la Eucaristía, de la Confesión y de la Unción a los enfermos, para que se pueda aplicar al clero chileno el famoso proverbio: “el amigo cierto se manifiesta en la ocasión incierta” y así los fieles puedan nuevamente repetir, con el Salmo 121: “Me alegré cuando me dijeron: iremos a la casa del Señor”.

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