Identidad de género. ¿Y por qué no de especie?

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Una de las cosas entretenidas cuando se visita un zoológico es analizar las reacciones de los animales que allí están.

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Son todos tan diferentes unos de los otros, que cada una de ellos es un verdadero mundo.

Si pasamos delante de  un león, veremos que todo en él nos habla de la realeza en el mundo animal: seguridad, fuerza, prestancia, dominio, en fin, nada existe en él que dé idea de contingencia o subordinación. Oigamos su rugido (grabación)

Al contrario, si vemos un flamenco rosado, constatamos que en él no existe ni fuerza, ni dominio, pero lo delgado de sus patas y lo rosado de sus plumas nos dan la idea de elegancia y de destreza.

El gorila, personaje siempre muy visitado y analizado por representar casi una caricatura de lo que no debe ser un hombre, tiene la fuerza del impulso caprichoso e intempestivo. En él nada se puede prever, tanto puede aparecer juguetón como iracundo, dependiendo de las ventajas que pueda encontrar entre quienes lo miran. En definitiva, una viva imagen de los vicios del egoísta y ansioso de fama. (grabación)

La serpiente, con su avanzar zigzagueante es una buena imagen de la astucia y de la falta de lealtad. Su lengua permanentemente saliendo y entrando de su hocico fino, intimida, y parece representar los vicios del adulador que, mientras adula a su víctima, busca envolverla.

Si el zoológico que vistamos tuviera varias especies animales, podríamos pasar un entretenido día con la familia, mirando, analizando, juzgando las cualidades y las carencias de cada una de las distintas aves, mamíferos, insectos, etc.

Para un amante del mundo vegetal, lo mismo se podría decir visitando un jardín o un parque con muchas especies de vegetales.

Ahora, imagínese nuestro auditor que, al entrar al zoológico, viese al león comportarse como una serpiente. Que, en vez de erguirse sereno y dominador, se arrastrase zigzagueante. O viese al flamenco, que en vez de contemplarse tranquilamente en la laguna en que se encuentra, profiriese graznidos feroces, como para intimidar al resto de los animales, creyéndose una especie de león.

Ud. diría que los animales perdieron su naturaleza o que algún hada maligna los confundió. Realmente, sería una verdadera pesadilla.

Ahora, si esa situación imaginada es tan desagradable, que hace mal sólo de pensar en ella, imagínese cuanto más repulsiva será el hecho de que los seres humanos pierdan su propia identidad como especie humana.

Que el hombre se creyese una planta o un insecto, o un animal irracional. Que imaginase ser cualquier cosa menos un animal racional dotado de inteligencia y de un  alma espiritual y destinado a gozar eternamente de la visión de Dios.

Así, este hombre-vegetal, sería como todos los seres de su especie, dotado de una vida meramente vegetativa. Por eso mismo no debería trabajar, pues eso lo alejaría de su “identidad de especie”. Se debería limitar entonces  sólo a “vegetar”. Es decir, a recibir los alimentos necesarios para su existencia y a exhalar los perfumes propios de todos los vegetales.

Tal “identidad” le daría derecho a ser muy parecido a lo que normalmente se llama un ocioso o un vago. Sólo que su vagabundaje no sería con el cuerpo, pues las plantas se mueven poco, sino con el de la inteligencia. Una especie de hippie o de budista, en estado permanente de  nirvana.

Y además el Estado debería costear los alimentos y la seguridad, en una palabra toda la existencia del ejercicio de este derecho de “identidad de especie”.

Ud. me dirá que no le haga perder el tiempo con estas imaginaciones absurdas en este programa que se propone tratar temas serios y que tengan que ver con la familia y la realidad que vivimos hoy en día.

Es verdad; este programa se consagra a tratar temas serios relacionados con la familia. Sin embargo, lo que estamos imaginando, lamentablemente, hoy en día no es una mera imaginación, sino un tema serio y que podrá afectar a las familias.

¿Cómo?, me preguntará Ud. justamente extrañado con esta afirmación.

Sí, es simple de responder. Recientemente fue presentado un proyecto de ley en el Senado, donde se pide que el Estado reconozca los derechos de “identidad de género” de las personas. Es decir que los hombres que nacieron hombres, pero que se sientan mujeres, puedan optar por transformarse en mujeres, y que el Estado, en virtud de este “derecho”, les costee los gastos de las operaciones de transformación corporal, cambio de nombre y otros efectos inherentes al sexo del nacimiento de cada uno.

Igual derecho tendrán las mujeres que se sienten hombres.

El Proyecto en trámite parlamentario, no sólo es una iniciativa de los senadores que lo presentaron, sino también forma parte del Proyecto de Gobierno de más de un candidato a la Presidencia para estas elecciones presidenciales.

Es decir, podrá ser también el objetivo del Poder Ejecutivo próximo.

Ahora, en virtud de esta iniciativa, la pregunta lógica y necesaria de ponerse es la siguiente. Si todos los seres humanos nacemos, valga la redundancia, humanos, hombres o mujeres; y podemos optar por lo segundo, que es el “género”; ¿por qué no podremos también optar por lo primero que es la especie?

O sea, independientemente de lo que cada uno es, si existe libertad para escoger ser hombre o ser mujer, ¿no debería también haber libertad para escoger ser animal racional o irracional, o más aún, meramente vegetal sin mayores “pretensiones” animales.

Quizás, para algunas personas con sentido común, podrá aún parecer ridícula la pregunta, como para muchos, hace pocos años, parecería ridícula la afirmación de que cada uno tiene derecho a la propia identidad de género.

Sin embargo, visto el creciente papel que los animales y los vegetales están tomando, al punto de que se habla de los derechos universales de los animales y de las plantas; y, al mismo tiempo considerando la disminución de la importancia de la inteligencia, de la ciencia y del progreso humano,  no es difícil imaginar que, dentro de poco tiempo, comenzarán los mismos que hoy postulan a la identidad de género a preguntarse  ¿por qué un hombre no podrá elegir su identidad de especie?

Y ¿qué consecuencias dramáticas para una familia podrá tener el hecho de que un hijo se considere planta, animal o ave?

Como Ud. ve, estimado radioyente, no estamos tratando de un tema de “ciencia ficción”, sino de la consecuencia natural y lógica del absurdo que significa la “identidad de género” que hoy tantos postulan.

Lo hacemos para indicar que una propuesta que conduce lógicamente a un tal absurdo, no puede pasar ella misma de ser otro absurdo.

Para no terminar nuestro programa con perspectivas tan negras, le transmitimos una corta poesía sobre lo que debe ser el hombre del poeta francés Paul Véron.

“Ser, hombre, es triunfar de la duda, este enemigo mortal, hermano de la desesperación. Es caminar hasta el final, firme y recto en la ruta, que lleva a la virtud, pasando por el deber. Es mirar con la frente alta, en los días de dificultad, es llevar sin doblarse, el alma grande en todas las ocasiones. Es alimentar en su seno la fuerza y la ternura. Es amar a sus padres, su Patria y su Dios, es buscar la espina antes que la rosa. Ser grande en la paz, valiente en el combate. Dar su brazo, su sangre a la más noble causa, rezar, hablar, amar: ser apóstol y soldado!.

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