Fiesta de Todos los Santos

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Estimado radioyente:

Como es sabido, este 1° de noviembre los católicos del mundo entero celebramos la Fiesta de Todos los Santos.

El culto a todos los Santos abarca el culto a todas las almas que están en el cielo, aunque sean almas no canonizadas, porque, después de la purificación en el Purgatorio, toda alma que está en el cielo es un alma santa, sin ninguna imperfección. Ella está en la presencia de Dios, ve a Dios cara a cara y agrada a Dios completamente.

Naturalmente, el número de personas que están en el cielo es incontable. Con esto, la Iglesia no tiene posibilidad de prestar culto adecuadamente a todos los Santos que ella canonizó y además a un número enorme de almas que, de hecho, en la tierra no sabemos si se salvaron o no, si están o no todavía en el Purgatorio, pero que en realidad ya subieron al cielo y gozan de la presencia de Dios.

Tenemos razones para invocar todas esas almas, tenemos razones para pedir la protección de ellas. Pero hay, naturalmente, algunas que tienen una relación especial con nosotros, y que, si bien no nos hayan conocido en esta vida, ni nosotros las conozcamos, por esta relación que tienen con nosotros, evidentemente son intercesoras por nosotros. Vale la pena en este día uno recomendarse a estas almas.

¿Cuáles son esas almas?

En primer lugar a aquellas de las cuales nosotros descendemos, que les dieron la vida a nuestros padres y abuelos; que los formaron, que ayudaron a construir, poco a poco, con el esfuerzo diario un País más auténtico y cristiano.

Muchos piensan que la Patria son todos aquellos que están vivos, residen y trabajan sobre un mismo suelo.

Profundo error. La Patria es mucho más el resultado de los que no están más, que de aquellos que aún desarrollamos nuestro menester diario. Y esto por la sencilla razón de que si fuéramos a sumar todos los chilenos, que desde el albor de nuestros orígenes vivieron en Chile, son incalculablemente más numerosos de los que ahora estamos.

De ahí que los muertos y sus obras hagan parte de la Patria. Invocar su protección en el día de todos los Santos tiene mucho propósito. Pues si no fueron todo lo santo que deberían haber sido, sus almas ya fueron purificadas en el Purgatorio y están relucientes de santidad. Nuestra oración les servirá de ocasión para implorar más gracias de Dios en esta hora de angustia por la cual pasa la Patria.

Si pensamos en los Santos chilenos canonizados, entre los cuales se distingue como flor de virginidad y pureza, Santa Teresa de los Andes, podemos medir la enorme, la abismal diferencia que existió entre el ambiente en que ella creció y se santificó en este País; con el ambiente en que crecen las chilenas de la misma edad en este año de 2019.

Los santos en el cielo ven las cosas directamente en Dios, a quien contemplan “cara a cara”, por eso mismo ellos ven todo con una profundidad y una veracidad total. Nada queda escondido a su visión.

Pero al mismo tiempo, no apenas es la visión distante y fría que podría dar un muy buen telescopio. Es una visión llena del deseo de ayudar, de corregir, de sostener, de encaminar por la buena senda.

En este sentido se puede decir también que la Fiesta de Todos los Santos, es la Fiesta de los patronos de todos aquellos que militan en las filas de la Iglesia Católica. Es como la Fiesta de un Estado Mayor de generales eximios, que “combatieron el buen combate” como nos enseña San Pablo, y que desde el cielo nos ayudan a dar nosotros mismos la “buena batalla” por la causa de Dios y de su Santa Iglesia.

¿Cómo nos verán los cruzados que murieron luchando en Tierra Santa, en España y Portugal por la Reconquista, en el Norte de Europa, luchando por la protección de los misioneros que evangelizaban los pueblos paganos y que hoy nos ven enfrentar hordas de destructores incendiarios similares a los bárbaros o los musulmanes de su época?

Esos santos son almas hermanas de las nuestras, porque nosotros comprendemos, como ellas comprendieron, la luz especial, el esplendor que hay en colocar la fuerza al servicio de la fe y del orden social, en alcanzar el triunfo de la fe y el restablecimiento de la paz por la acción enérgica de un brazo fuerte, de un ánimo aguerrido, por la disposición de sacrificar la vida, de sacrificar todo para obtener la victoria de la Iglesia o la promoción de la paz y del bien común.

San Ezequiel Moreno y Díaz, por ejemplo, fue un Obispo colombiano que luchó contra la Masonería, es un alma hermana de la nuestra; el Cardenal Caro que escribió también un libro para advertir de los peligros de la  masonería. Monseñor Delassus, que escribió “La Conjuración Anti-Cristiana”; cuantos hombres pasaron su vida entera luchando, por amor a Dios, contra la masonería y fueron perseguidos, oprimidos, destrozados, por veces asesinados. El gran Presidente ecuatoriano ¡García Moreno! Que consagró su nación al Sagrado Corazón y ofreció las tropas ecuatorianas al Papa Pío IX, y que terminó sus días asesinado en la ciudad de Quito por una conjura de la masonería internacional.

Todos estos son almas hermanas de las nuestras. El Cielo está lleno de almas así, hermanas de las nuestras, y debemos volvernos para ellas especialmente.

Pero también está llena de santas madres que ofrecieron su vida para salvar a la de sus hijos, como Santa Gianna Beretta Molla, o de médicos que perdieron una carrera exitosa porque se negaron a practicar abortos, o de simples empleados que nunca mancharon sus manos con dinero que no les correspondía.

En fin, cada uno de nosotros podría imaginar un santo desconocido que haya pasado por las mismas dificultades que nosotros estemos pasando nosotros, y podemos  dirigirnos e a él, diciéndole: Tú, que pasaste mis mismas angustias, que no renegaste de la cruz que Dios puso en tus hombros, dame la gracia, dame la fuerza, dame el ánimo para llevar la misma cruz que me tocó llevar hasta el cielo, como me diste un santo ejemplo en esta vida.

 

Todas esas son almas a las que, en la Fiesta de Todos los Santos, prestamos culto. No para rezar por ellas, como el 2 de noviembre, día de los difuntos que están en el Purgatorio y que necesitan nuestras oraciones para ir al cielo, sino para confiarles nuestros problemas y pedirles, aprovechando que es el día de Todos los Santos, para que celen por nosotros y que nos conduzcan al Cielo.

Santa Teresita del Niño Jesús prestaba un culto encantador a sus hermanitos bautizados, pero muertos antes del uso de razón. Ella decía que eran los santos de su familia. No sabía que su familia iba a tener una santa mucho mayor, pero para ella eran los santos de su familia.

Todos nosotros tenemos en nuestras familias personas que murieron así, en edad prematura, y que realmente tienen esta gracia: son bautizadas y van directamente al cielo sin haber sufrido. Antiguamente en el campo se les llamaba a estos difuntos: “los angelitos”.  A todos ellos debemos rezar y rezar mucho: son los santos a quienes la Iglesia presta culto el primero de Noviembre.

Por último un consejo: No deje, al día siguiente, el dos de noviembre, día de todos los difuntos, de visitar a sus deudos en el cementerio. Las visitas al cementerio no sólo son necesarias para recordarnos de rezar por los difuntos, sino también, según especialistas, son parte de los ritos necesarios para vivir un duelo santo. “La visita al cementerio y todos los rituales asociados, son saludables en la medida que permiten apuntalar el significado que hemos otorgado a la pérdida” comenta Rodrigo Morales, sicólogo de la Universidad Mayor.

Santos, Patria, familia, ritos, ¿cómo esto es diferente a lo que sufrimos en nuestros días? Elevemos nuestras vistas para el cielo, pues, como decía Santa Teresita del Niño Jesús: “Arriba de las nubes, el cielo es siempre azul.

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