Espacios públicos y suciedad pública

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Estimado radioyente

Los espacios públicos de las ciudades son un tema que cobra cada vez más importancia.

Hasta hace poco tiempo atrás lo que caracterizaba la belleza de una ciudad era su entorno geográfico, su belleza ambiental, la construcción de sus residencias, la distinción de sus habitantes, lo sabroso de su culinaria y otras mil características que provenían mucho más de la vida particular de sus habitantes que de aspectos externos impuestos por artistas callejeros.

Un caso característico de esta realidad son varias ciudades del sur de Chile. Tomemos por ejemplo la ciudad de Valdivia, cruzada por el caudaloso rio Calle Calle, con importantes construcciones alemanas del siglo XIX, con una culinaria de postres y kuchenes de recetas provenientes de los mismos colonos que construyeron esas casas y dotada hasta hoy con un cierto ritmo tranquilo provincial, que se mezcla con un agradable olor a humo que sube por las chimeneas de las cocinas a leña.

Esa misma realidad se repite, con distinta intensidad, en muchas otras ciudades sureñas.

Si recorremos nuestra geografía de norte a sur, nos encontraremos con distintas características que se han hecho la belleza y las características de sus habitantes y de su entorno. Precisamente en esto consiste la belleza de ellas. Es la marca de la historia, de quienes ahí han vivido y del entorno y del clima que los ha marcado.

Ahora, imagine nuestro radioyente, que un alcalde “imaginativo” contratara a un equipo de grafiteros para que “embelleciera la ciudad con sus creaciones.”

Inmediatamente ella dejaría de ser una ciudad auténtica para transformarse en algo postizo, impuesto e invasivo. Las paredes de edificios públicos o privados se transformarían en meras superficies para ser cubierta al capricho de los grafiteros y, en poco tiempo, la bonita ciudad se transformaría en un mamarracho de colores, formas y diseños donde lo bruto se mezclaría con lo sucio y lo pornográfico.

¿No es este el resultado de la invasión del grafiti en todas nuestras ciudades, otrora cuidadas, o al menos limpias?

Pareciera que un culto a lo feo y a lo grosero impera por doquier.

El fenómeno no es meramente nacional y proviene de no poco tiempo atrás.

Pero comencemos por decir que el tema dista mucho de ser una mera cuestión de gustos. Es antes que nada una imposición ideológica.

Por ello la Convención Constituyente presentó la siguiente indicación:

“Chile no es la excepción en este panorama regional. El lema patrio “por la razón o por la fuerza” la preocupación por instaurar un orden social centrado en la autoridad antes que en la cultura cívica, y el menosprecio hacia las “culturas populares” en desmedro de lo que se denomina “alta   cultura” o “bellas artes”, forman parte de un complejo imaginario nacional cimentado en la vieja aspiración europeizante de nuestras élites criollas, enraizado durante el período republicano  (…) Por ello creemos urgente e imprescindible problematizar, redefinir e incluir en nuestra nueva carta fundamental, el DERECHO AL ESPACIO PÚBLICO Y AL DESARROLLO LIBRE Y DIGNO DEL ARTE CALLEJERO, a partir del reconocimiento y la valorización de la dimensión popular de la cultura, con miras a garantizar horizontes plurales, libres, equitativos, solidarios y plenos en la refundación de nuestra convivencia social”.

La moción fue rechazada, pero ella muestra bien cuál es la ideología que subyace en este supuesto “arte callejero”.

Por lo anterior el tema merece una reflexión.

Comencemos por decir que este “arte” no tiene nada de ingenuo ni de preocupación por la belleza estética. Él no pasa de una forma de propaganda revolucionaria.

Es lo que afirma sin rodeos uno de sus propugnadores, el mexicano Angel Arce, Consultor político y presidente y director general del colectivo creativo y boutique de diseño Luciérnaga.

“Una característica de esta técnica que popularizó su utilización en el espacio público sobre todo durante los años 60, momento en que la liberación sexual y la lucha por los derechos civiles dominaron la escena activista y política de masas, fue la fácil producción de los carteles que permitían a sus creadores: producir una cantidad importante en poco tiempo y desde el anonimato. Justamente es en la década de los 60 es cuando se considera que el arte urbano se consolida como un medio de expresión y comunicación popular masivo con tintes subversivos en el contexto del desarrollo de grandes movimientos sociales y revolucionarios, por lo que las piezas como las etiquetas o “stickers”, los esténciles, los carteles y los murales establecieron lo que sería el tono de lo que también, sería una de las revoluciones artísticas más grandes de finales del siglo XX. “

No extraña entonces que algunos convencionales hayan querido dejar consagrado, en el texto constitucional, este supuesto “arte callejero”.

Otra página consagrada al tema nos entrega las características de este “arte callejero”

“El arte callejero, por lo general, se caracteriza por ser:

Efímero. las intervenciones de este tipo no duran por mucho, pues las paredes son pintadas de nuevo y las superficies limpiadas por el mantenimiento de los gobiernos locales. Sin embargo, quedan las fotografías y filmaciones de ellas.

Clandestino. La aparición de las obras de arte callejero suele ocurrir durante la noche o la madrugada, de modo que la gente al día siguiente se tropiece con ellas, en lugar de verlas ocurrir. Esto les da un factor sorpresa, pero también se debe a que en ocasiones los artistas se exponen al peligro (al treparse a superficies elevadas, por ejemplo), o eligen propiedad gubernamental para intervenir.

Casi anónimo. Si bien muchas de las intervenciones están firmadas con el seudónimo del artista, muchas otras no lo están. No siempre se sabe quién es tal o cual artista callejero en vida real.

Extra-muros. Como su nombre lo indica, el arte callejero se encuentra en la calle, en el transporte público, en lugares cotidianos, y no en museos o lugares de exposición artística “controlados”. Hay algo de desafiante en el street art.

Ahora, precisamente lo que caracteriza a toda obra de arte es lo contrario:

Una obra maestra debería de ser:

“Duradera. Debe poder conservarse y exhibirse a generaciones venideras.

Valiosa. Su valor no es necesariamente mensurable en dinero o en bienes preciosos, sino que posee un valor cultural, pues se trata de un objeto irrepetible.

Original. No existen otras idénticas a la obra de arte, sino que se trata de algo único e irrepetible”.

Habría muchas otras características de una verdadera obra de arte, como son la armonía, la estética, la belleza y todo aquello que hace de una verdadera obra de arte algo que todos reconocen y que se perpetúa por los siglos.

Nada de lo anterior encontramos en el supuesto “arte callejero”.

Pero lo peor de este supuesto arte es que él deseduca y brutaliza a las generaciones jóvenes.

En primer lugar, le indica que no hay límites ni de espacio ni de mensaje. Todo vale.

En segundo lugar, le representa lo feo como ideal y la confusión como objetivo.

Por último, le representa mucho más el mundo de abajo que el de encima. En otras palabras, es el mensaje del “padre de la mentira” contra Aquel que creó todo bueno:

Es lo que nos dice el Génesis: “Así terminó Dios la creación del cielo y de la tierra y de todo cuanto existe, y el séptimo día descansó. Dios bendijo ese día y lo apartó, para que todos lo adoraran”.

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