El secreto de la confesión y el Derecho (I)

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La prensa internacional informó que el Territorio de Canberra, donde se encuentra la capital de Australia, y el Estado de California en los Estados Unidos propusieron la semana pasada prohibir, por ley, el secreto de la confesión sacramental a los sacerdotes que oigan a algún penitente acusarse del pecado de abuso sexual de menores.
La medida es claramente persecutoria de la Iglesia, toda vez que impide la libre práctica de un sacramento que es fundamental para todos los católicos, cuanto es el sacramento de la confesión.
Además de lo anterior, ella es completamente inoperante pues si se obliga a un sacerdote a revelar la identidad de un penitente que se acusa de ese pecado, obviamente lo que obtendrá es que ninguno de quien lo haya cometido se acercará a la confesión por el riesgo de ser delatado. Por lo cual lejos de evitar la repetición de esos actos, lo que hará es que nadie se confiese sacramentalmente y reciba un buen consejo al respecto.
Más aún, uno de los puntos más sagrados e inviolables mandatos del ministerio sacerdotal es precisamente el secreto de la confesión. La historia de la Iglesia está llena de hechos en que la autoridad civil, por una u otra razón, quiso obligar a los sacerdotes a revelar la materia de confesión de los penitentes.
Sin entrar en la larga historia del sigilo sacramental de la confesión en la Iglesia, vamos a referirnos al interesante estudio realizado por ÁLVARO LINO DANIEL MORALES MARILEO y RAÚL EDUARDO PAILLALEVE ALMONACID en su Memoria para optar al grado de Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, de la Universidad de Chile, bajo el título de “ EL SECRETO RELIGIOSO EN EL DERECHO CHILENO”.
Los referidos profesionales abordan el tema desde el punto de vista de la libertad religiosa y de la objeción de conciencia.
Pasamos a ellos la palabra:
“La doctrina procesal habitualmente regula de manera conjunta al secreto religioso y a los llamados secretos profesionales. Este hecho ha determinado en gran medida la percepción que se tiene de la institución [del secreto religioso], ayudando a suponer que tiene ésta naturaleza [profesional]. Al respecto, si bien hemos dejado claro que tanto el secreto religioso como los secretos profesionales comparten una misma estructura, también hemos dejado claro que no es pacífico que exista una sinonimia entre ellos. (…)
“También existen, por supuesto, posiciones eclécticas, que, si bien reconocen una naturaleza de secreto profesional al secreto religioso, lo perfilan como un secreto profesional especialmente cualificado o sui generis, buscando con ello dotar al secreto religioso de una protección superior a los secretos profesionales, que permita en los casos concretos soluciones propias, pero manteniendo las estructuras y clasificaciones generales, logrando un equilibrio entre cohesión y protección.
“Siguiendo la posición de autores como el profesor [Rafael] Palomino –que reclama una entidad y categoría propia para la institución- nos encontraremos que se alzan diversas diferencias entre el secreto religioso y los secretos profesionales.
“La primera gran diferencia surgiría del examen de los intereses jurídicos que se cruzan bajo el secreto religioso. El secreto religioso sería la única forma de secreto reconocida donde, sumados a los intereses de búsqueda de la verdad en el proceso, el derecho a la información eficaz, las razones de utilidad social y la intimidad, se encuentra presente además el interés jurídico dado por la libertad religiosa. Para el profesor Palomino, las exigencias que la libertad religiosa introduce a la institución serían el principal factor que evita que se puedan equiparar -aún formalmente- el secreto religioso y los secretos profesionales., dado que las necesidades y caracteres del secreto ministerial. (…)
“Respecto al fundamento de las categorías de secreto, también sería posible encontrar diferencias. En el secreto profesional del abogado, por ejemplo, gran parte de su fundamente yacería en la necesidad que su labor reviste para la adecuada administración de justicia. En efecto, si el abogado no mantuviera esa clase de confidencialidad y lealtad obligada con su cliente sería muy difícil concebir un sistema de eficaz administración de justicia.
“El médico, por otro lado, funda su secreto profesional de otra manera, siendo la naturaleza de su labor misma la que sostiene el deber de discreción con el paciente. El secreto periodístico, por su parte, también se fundamenta de manera parecida, siendo su razón de ser la protección de la fuente de información de la que se abastece para realizar su labor.
“ El secreto del ministro de culto, por último, tiene otro fundamento, y estaría dado por ‘la función de ayuda espiritual que desempeñan los ministros de las distintas religiones y el interés social que esta actividad reporta’.
“Estas diferencias llevarían –en concreto- a que, si bien en todos los tipos de secreto se puede producir un choque entre el deber de testificar en juicio y el deber de guardar silencio, en la categoría de los secretos profesionales ese deber de guardar silencio se establecería ‘en beneficio del cliente y del normal desarrollo de ese tipo de relación social, mientras que en el caso del secreto religioso se establecería no en beneficio del penitente de forma directa, sino con el fin de observar fielmente una disciplina o unas normas confesionales, ajenas de suyo al ordenamiento estatal.’ Éste hecho no hace más que confirmar el peso que ha ido adquiriendo la libertad religiosa como interés jurídico [que] precisamente completa la protección de la institución poniendo énfasis en la situación del ministro de culto y las implicancias de la presencia del factor religioso.
“Respecto a la categoría subjetiva que posee el receptor entre los distintos secretos también existen diferencias significativas. Los llamados secretos profesionales se fundan en la categoría difusa de profesión.
“El ministro de culto, por otro lado, es habitualmente retratado por la doctrina sin subsumirse en la categoría difusa de profesión, sino que aludiéndose a una categoría particular dada por el estado (religioso). La diferenciación que se hace ha llevado a la doctrina a argumentar que no nos encontramos frente a una profesión en sentido estricto, sino más bien frente a lo que se ha denominado estado, que apuntaría más bien a un orden, clase, jerarquía o calidad, que no podría equipararse a una profesión, dado que –entre otras razones- no podría entenderse como trabajo o actividad remunerada, cuestión [que], para muchos, es consustancial al ejercicio profesional. El estado diría más bien relación con una forma determinada de vida, un compromiso existencial.
“Bajo estos supuestos el religioso no sería un profesional, lo que conllevaría el alejamiento entre secretos profesionales y secreto religioso. Sin embargo, también se llama la atención hacia el hecho [de] que los ministros de culto –a pesar de no ser actividad remunerada – no obstante, debemos dejar constancia de que en ordenamientos jurídicos afines al español, como el italiano, el secreto religioso se encuadra entre los secretos profesionales, pero queda especificado que trae su causa no de una profesión, sino de un estado.”
Hasta aquí los referidos juristas.
Pasando su estudio a palabras más fáciles, negar el derecho de sigilo sacramental a los sacerdotes, obligándolos a testimoniar en un eventual juicio lo confesado por sus penitentes constituye un atentado a la libertad religiosa, fundamento y principal libertad para una sociedad verdaderamente libre.
Estamos pues en la víspera de una especie de totalitarismo estatista que, en nombre de la protección de los menores de edad, terminará violando la más sagrada de las intimidades, que es la de la conciencia y de los deberes en relación a Dios.
Volveremos sobre el asunto, pues el tema es por demás grave y tiene otros importantes aspectos que el corto espacio de este programa no nos permite abordar.
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