El Respeto, fruto del amor a Dios

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Estimado radioyente:

Si Ud. ya pasó de los 40’, recordará que una de las cosas que siempre fueron consideradas graves por la sociedad chilena era la falta de respeto.

Empezaba con los padres de familia que amonestaban a sus hijos cuando “le faltaban el respeto”, dándoles a entender que estaban cometiendo una grave falta.

Seguía en el colegio, donde el respeto a los profesores era tema que no se discutía, por más que se los criticara por la espalda como causantes de las malas notas obtenidas en las pruebas. Pero, a pesar de todo, no se les faltaba el respeto.

¿Para qué decir al rector o director del colegio? Éste era una especie de eminencia, que se veía a lo lejos recorrer los patios con paso lento y mirada ausente, pero siempre una autoridad indiscutida y un respeto generalizado.

Por eso mismo, y siguiendo la cadena del respeto, cuando se salía a la calle, se debía respeto a los mayores a quienes había que darles el asiento, sin que hubiera necesidad de tener lugar señalizado para ellos. Pero también había que respetar a todos los transeúntes, a la propiedad ajena.

De la autoridad pública, los carabineros, ni se habla. Ellos eran vistos como los garantes del respeto general y además premunidos de los medios para hacerlo efectivo: un palo al costado y un arma de fuego. Argumentos más que disuasorios para quienes pretendieran poner en duda su autoridad.

Por último, el más alto de los respetos, se guardaba en relación a Dios y a su Madre Santísima. Ellos eran considerados por todos como supremos, perfectos, siempre prontos para ayudarnos. Incluso quienes no creían se referían a ellos con respeto.

Un ejemplo puede ayudarnos a ver cómo era este respeto: Hace pocos días nos encontrábamos tres amigos conversando en la calle, antes de entrar a nuestra oficina para una reunión de trabajo. De repente se nos acerca un hombre de unos 50 años, con aspecto decidido y rudo. Nos saluda con la mano, diciendo que la “educación era lo primero”, y luego pasa al pedido habitual de ayuda. Luego de nuestra primera recusa, pues el hombre en cuestión no nos inspiraba ninguna confianza, pasa a un segundo discurso: “soy preso en visita a mi familia, estoy volviendo a Colina, mire mis tajos (levanta su camiseta y se percibe una larga cicatriz) y quiero cumplir con mi compromiso para que pueda volver a mi familia, ya soy abuelo”. Uno de nosotros se apiada del preso y le da una propina superior a lo que él esperaba. Ahí, él preso agradece y le dice con cierta solemnidad al generoso, “mire, que El que está arriba le multiplique por tres lo que Ud.me dio, gracias”.

El preso guardaba, a pesar de todos sus delitos y quizá crímenes, un recuerdo del respeto que ciertamente a él mismo le enseñaron sus padres.

En definitiva, la sociedad chilena era un conjunto de familias que desde los primeros años de su existencia cultivaban la consideración por los otros de acuerdo al Primer Mandamiento de la Ley de Dios: Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”.

Es forzoso reconocer que a medida que fue disminuyendo el amor a Dios, fue declinando el amor al prójimo. Progresivamente la sociedad fue olvidando a Dios y mirando a los demás como competidores a vencer o destruir. “El hombre es un lobo para el hombre”, ya decían los antiguos romanos.

Sin embargo, a pesar de que este proceso comenzó hace muchas décadas atrás, al menos quedaba -hasta ahora- un vago recuerdo de lo que se practicaba en tiempos de nuestros abuelos y un consenso de que las cosas deberían ser idealmente así.

El combustible ya no era más la virtud del amor al prójimo por amor a Dios, pero la sociedad era como un vehículo que seguía avanzando lentamente por inercia, aún después que el motor se apagó, por el mero hábito de haber funcionado así durante siglos, que le daba un último impulso en la dirección del respeto a las personas y al conjunto de la sociedad.

Paulatinamente los padres fueron dejando de inculcar en sus hijos el respeto que les debían, prefiriendo pasar como amigos y camaradas (muchas veces como cómplices), antes que como autoridad a la que se le debe cariño pero también temor reverencial.

Los profesores ya provenían de la generación que no había conocido el respeto dentro de las paredes domésticas y se sumaban a la cadena de la camaradería. El profesor renunciaba a su posición de superioridad por conocer y transmitir una ciencia a alumnos ignorantes de ella y se transformó en mero incentivador de las riquezas ocultas en cada niño.

Los sacerdotes se sacaron la sotana y se pusieron a cantar canciones de moda para no dar la impresión de que eran los representantes de Dios en la tierra, sino simples bautizados iguales a todo el resto.

Los propios carabineros fueron cambiando su uniforme por uno menos intimidador y más al día con la tendencias igualitarias, donde no exista ninguna autoridad y ninguna sanción. Desapareció el palo y comenzaron a circular carabineros de short en bicicletas.

Así por delante.

Entonces, no debemos sorprendernos tanto que a partir del 18 de octubre pasado hasta hoy, veamos la falta de respeto generalizada, violenta e impune, instalarse en nuestras calles.

La generación que hoy quema iglesias católicas, ataca carabineros, incendia edificios públicos y privados, destruye buses de movilización pública, etcétera es el resultado fatal de una sociedad cuyos miembros perdieron el sentido del respeto desde los primeros años de su existencia.

Ahora, Ud. me podrá preguntar, ¿cómo se puede recuperar el respeto?

La respuesta es más fácil de lo que parece.

Existe respeto cuando se admite que hay diferencias entre los niveles de las personas y que ellas son buenas en sí mismas. Hay respeto por los padres, cuando se reconoce la diferencia entre los que dan la vida y los que la reciben. Igualmente hay respeto a los profesores cuando se reconoce la diferencia entre el que sabe y el ignorante y cuando el maestro guarda su condición de tal, y no se deja pasar por encima. Hay respeto al sacerdote cuando se reconoce que fue ordenado y que tiene el poder de consagrar y de perdonar los pecados, que los demás no tienen.

En una palabra, el respeto es el fruto del reconocimiento agradecido de las desigualdades existentes entre todos.

La falta de respeto es la consecuencia fatal de la negación rabiosa y resentida de esas desigualdades. Por lo tanto, para volver a poseer la virtud del respeto, debemos comenzar por amar las desigualdades armónicas que Dios puso en la Creación.

 

Para concluir, le damos algunos consejos prácticos para educar a sus hijos en el respeto.

  1. Mantenga la calma y no grite

Si quiere enseñar a respetar es importante dar el ejemplo y mantener siempre un tono calmado. Gritar a una persona es una falta de respeto también. Aunque puede resultar difícil en algunos momentos de frustración con los hijos, hay que intentar no gritar.

 

  1. No utilice etiquetas negativas o insultos

Decirle a nuestro hijo: “eres un niño malo” o “eres un inútil” es muy perjudicial para la autoestima pero también fomenta una actitud irrespetuosa en él. Por ello, cuando se comporte mal, es mejor decirle: “Eso que has hecho está mal”, centrándonos en la maldad de su acción evitando comentarios despreciativos a su respecto.

  1. No permita que le falten al respeto

No permita que ni sus hijos ni nadie le falten al respeto. Así como tiene que ser un buen modelo de calma, también tiene que ser para ellos un modelo de dignidad, no permitiendo que nadie se aproveche de Ud.

  1. Ponga límites

Al enseñar respeto es importante poner límites a los niños acerca de lo que es correcto e incorrecto. Cuando se comporte de forma irrespetuosa, llamarle la atención, de forma calmada, sin gritar, como hemos mencionado antes. Y enseñarle las consecuencias de ese comportamiento.

  1. Discúlpese cuando se equivoca

Cuando se equivoca, no cumple lo que promete o es demasiado duro con su hijo es importante disculparse con él. No solo le transmitiremos humildad y la importancia de pedir perdón, sino también le enseñaremos el respeto a una ley superior y a Dios, creador de esa ley.

  1. Enseñarle que tenemos un Dios que nos premiará o nos castigará conforme sean nuestros actos.

Todo niño tiene un claro sentido de la justicia, de ahí que cuando él hace algo malo, se da cuenta sólo de su error y se avergüenza. Si le mostramos con cariño y respeto, que todos tenemos un Padre en el cielo que nos dará la recompensa eterna por lo bueno que hayamos hecho; o un castigo igualmente eterno por el mal que hicimos; nuestro hijos podrán con más facilidad practicar el bien.

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