El papel del Combate

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credo

El 19 de septiembre, celebramos los 200 años de las Glorias del Ejército. Es posible que Ud. haya visto en la TV la Parada Militar en la elipse del Parque O´Higgins. O que haya oído las marchas militares y se haya entusiasmado con el guaripola que comanda la banda de guerra de las Escuelas matrices  de cada una de las tres Armas. Puede ser que, como muchos, Ud. haya hecho  las consabidas comparaciones de la marcialidad, compás y alineamiento de las tropas de las diversas compañías.

Si no lo vio, le propongo un corto trecho de la marcha Radezky, que, como Ud. sabe, es la marcha de la Escuela Militar, tomada de la que compuso  Strauss en honor del General de ese país, después de sus triunfos en la Guerra de Italia.

(marcha)

Puede ser que alguno de nuestros auditores nos diga que todo eso no pasa de un mero folklore militar, al igual que las ramadas y las cuecas del mes de la Patria. Son resabios de un pasado que distraen un poco, pero que no constituyen en el fondo nada de serio ni de actual.

Para responder a este objetante y para comprender lo que sí se encuentra de profundamente auténtico detrás del despliegue militar de ayer, es que consagramos el programa de esta semana.

Como Ud. sabe, el lema del Ejército es “Si vis pacem para bellum”. Frase latina del tiempo del Imperio Romano que quiere decir, “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”.  Tal principio que han adoptado muchos ejércitos de Occidente, quiere decir que la mejor forma de conservar la paz es estar listo para la guerra.

Y ese principio a su vez es la consecuencia lógica de otros dos presupuestos. El Primero es que la concordia permanente entre los hombres no es posible en esta Tierra, una vez que ocurrió el pecado original de nuestros Primeros Padres.  El desorden que introdujo en las almas de sus descendientes, que somos todos nosotros, nos obliga a ver de frente que siempre tendremos que depararnos a situaciones de adversidad, de agresión o de injusticia y que tendremos que reaccionar frente a ellas.

El otro presupuesto que sostiene la idea de que debemos estar listos para la guerra, es que ella no es lo peor que puede suceder entre las personas. En realidad, como explica el Profesor Plinio Correa de Oliveira, nadie lamenta más que la Iglesia las guerras, ni se esfuerza tanto como ella por evitarlas. Sin embargo, la Iglesia está muy lejos de entender que, por esto, la guerra es la mayor de las catástrofes.  Ella comprende bien que hay cosas de valor mucho mayor que la vida terrena.

Ud. me podrá preguntar entonces, estimado radioyente, ¿cuáles son los valores que se sobreponen a la vida terrena por los cuales debemos estar dispuestos a  sacrificarla?

Antes de que todo, la vida eterna. ¿De qué le vale al hombre, pregunta San Pablo, ganar para sí al mundo entero, si pierde su propia alma? Así, también se podría preguntar ¿de qué le vale a una persona vivir más de cien años aquí si después cae al infierno por toda la eternidad? Así pues colocados entre apostatar de la verdadera Fe y la muerte, debemos preferir la última.

Y en este sentido, debe constituir un ejemplo para todos nosotros la resistencia heroica que están practicando católicos, precisamente  en estos precisos días, en tierras musulmanas, en Siria, Egipto o en los 23 países de mayoría islámica que persiguen a los cristianos, de forma inhumana, y donde es delito de muerte renunciar a Mahoma.

Éste debe ser también el sentido de todos los que se oponen en nuestros días a la expansión de doctrinas hostiles a las de Nuestro Señor Jesucristo. Fue en este espíritu que la Iglesia inspiró y bendijo el nacimiento de las Órdenes de Caballería, que fueron en todos los siglos ejemplo de dedicación, de abnegación y de heroísmo.

En segundo lugar, viene la defensa de la integridad y de la seguridad Nacional, a la cual se consagran precisamente las Fuerzas Armadas y en particular al Ejército cuyo día ayer celebramos.

El gran doctor de la Iglesia San Agustín enseña al respecto que el mal mayor no reside en la destrucción de las vidas humanas que, en esta tierra, tarde o temprano serán tragadas por la muerte, ni en la mutilación de los cuerpos que, días más o días menos, la corrupción del sepulcro mutilará también. El mal mayor está en la ofensa a Dios hecha por el agresor injusto, porque la ofensa a Dios es cosa mucho más lamentable de que la muerte de millares de hombres.

Quizás para algún auditor influenciado por la vida moderna que tiende a considerar esta vida terrena como lo más importante y placentero, tales verdades les puedan parecer demasiado duras y poco humanas.

Sin embargo, ellas son la consecuencia lógica del Primer Mandamiento de la Ley de Dios que manda “Amar a Dios sobre todas las cosas”. Lo que, en sentido opuesto, quiere decir que debemos rechazar sobre todas las cosas, aquello que se opone a Dios. Y como lo más contrario a Dios es el pecado, o sea la negación del orden puesto por Dios, es al pecado que debemos tener más temor, y no a perder la vida en un campo de batalla.

Ahora, precisamente la existencia de un Ejército es la afirmación de esta verdad. Es decir, el conjunto de hombres consagrados a la vocación de cuidar la Defensa y la Seguridad Nacional hasta el derramamiento de su propia sangre. Cuando esto se afirma con ufanía y valentía, surgen las marchas militares, los bonitos uniformes, las Paradas Militares como las que se vieron ayer.

Ud. me preguntará ¿qué relación tiene esto con la familia? Mucho, pues lo que vale para un País vale también para una familia. Si bien debemos querer que en ella siempre haya concordia, lo que más debemos evitar es el pecado y por eso no debemos omitirnos de censurarlo cuando sea necesario, y éste es el papel de la autoridad moral de los padres.

 

 

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